Una historia de inequidad de género y
marginación
Mujeres que ejercen la prostitución en Colombia
Una
investigación realizada en Medellín durante el trabajo de campo con mujeres que
ejercen la prostitución quiere darles la palabra a ellas, rescatarlas desde la
tradicional visión de víctimas, visibilizando sus innumerables habilidades para
enfrentar las muchas barreras del medio socio-economico y cultural que habitan.
“Es ingenuo preguntarse qué motivos llevan a la mujer
a la prostitución… En verdad, en un mundo en donde hacen estragos la
desocupación y la miseria, desde que se abre una profesión hay gente para
ejercerla; mientras existan la policía y la prostitución, habrá policías y
prostitutas. Tanto más que, término medio, esos oficios producen más que muchos
otros. Es muy hipócrita asombrarse de los ofrecimientos que suscita la demanda
masculina: ése es un proceso económico rudimentario y universal… En muchos
casos la prostituta se hubiese podido ganar la vida de otro modo, pero si el
que ha elegido no le parece peor…, no por eso se prueba que lleva el vicio en
la sangre, sino que ello condena, antes, a una sociedad en la cual ese oficio
es todavía uno de los que les parecen menos desagradables a muchas mujeres”.
(Simone de Beauvoir, El segundo sexo)
Introducción
Este documento es el resultado de una investigación
sociológica cualitativa que se realizó en Medellín desde enero 2000 a diciembre
2002. La investigación fue
desarrollada en el Programa de Cooperación Internacional “Espacios de Mujer” y
publicada en Colombia en marzo 2003.
La elaboración de ese libro surgió desde la
importancia de guardar “memoria” de los “saberes” de las mujeres y las
intervenciones sociales, que siempre se quedan sin escribir. Además, quiso
ofrecer los aportes y conclusiones en términos filosóficos, estratégicos y
metodológicos a otras instituciones que quieran emprender una intervención
similar. Finalmente, visibilizar una experiencia que se fundamenta en los
intercambios técnicos de la cooperación internacional, para lograr la
experimentación de herramientas nuevas de abordajes a fenómenos que afectan —
en Colombia como en otros países— el real goce de los derechos humanos de las
mujeres.
El resultado de la investigación consiste de tres bloques. La primera parte hace el
recorrido a través de la historia del fenómeno, empezando desde la Edad Media,
hasta llegar al movimiento internacional de l@s trabajadora/es sexuales, que
surge en los años ochenta del siglo XX. En el caso de Colombia, la historia
empieza con la colonización y llega hasta la situación actual. Después, se deja
espacio a la parte referente a la construcción del programa y se hace un
importante análisis cuantitativo y cualitativo sobre el perfil de las mujeres
que participan en él.
Las mujeres que ejercen la prostitución en Colombia, y
específicamente en Medellín, viven indudablemente en condiciones de desventaja,
marginalidad socio-económica y cultural, son víctimas de graves y recurrentes
violaciones a sus derechos humanos. Los medios en los cuales viven y la manera
como se encuentra organizada la prostitución les significan un nivel de
vulnerabilidad muy alto a formas de violencias de género y situaciones de
explotación sexual y trata de personas. Pero, los resultados de la
investigación sobre 496 estudios de casos, permiten rescatarlas desde la visión
victimizante que siempre se maneja sobre ellas. De hecho, éstos demuestran los
recursos y talentos que ellas tienen y permiten sustentar la conclusión que la
prostitución no encuentra sus factores causantes en el perfil de las mujeres,
sino en las barreras de género que el contexto socio-económico y político les
impone.
La segunda parte recoge algunas de las historias de
vida que fueron material de estudio. Cada una cuenta un universo diferente,
confirmando la unicidad de cada ser, que tiene que tomarse en consideración en
la intervención social. Gloria es una mujer de 44 años que cuenta una Medellín
de otros tiempos; Gladis, una niña sencilla con una vida simple y una
sensibilidad especial; Lucero es una muchacha del barrio París, la cual carga
el dolor de haber sido una chica pobre de una zona marginada de la ciudad;
Marina es una muchacha de Urabá que empieza su vida en Medellín conociendo la
explotación en casas de familias y termina en San Diego; Mónica es una joven
desplazada por la violencia socio-política.
Finalmente, el trabajo se cierra con un breve compendio
que resume la estructura y metodología del programa.
Aunque lo ideal sería habitar un mundo en donde cada
mujer tenga la libertad de “elegir” si ejercer o no ejercer la prostitución,
ésta existe y no es un delito. Para algunas es sentida como una profesión y
viven bien en esto; para muchas otras es solamente una opción de vida, la única
posible; para otras más, una pesadilla de la cual quieren salir pronto. En todo
caso, una estrategia de intervención social tiene que ser enmarcada hacia sus
derechos y condiciones de vida. Además, tiene que ir de la mano con iniciativas
de información y sensibilización que logren tumbar estereotipos moralistas e irrespetuosos
e incidir sobre actitudes y comportamientos de los potenciales clientes y de la
comunidad entera.
Se dibujan aquí muchas de las preguntas, de los
cuestionamientos y de las conclusiones que han animado y siguen motivando el
camino de intervención del programa “Espacios de Mujer”. Frente a un idioma que en el equipo de trabajo ha
considerado encerrado y marginante, se ha también desarrollado un propio
glosario, introduciendo términos que explican y comprenden la misma filosofía
del programa. Empezando, por ejemplo, por rechazar los términos
“beneficiarias”, “usuarias”, “población objeto”, que se maneja siempre para
indicar los destinatarios de proyectos de este tipo. En el presente trabajo se
utiliza, en cambio, el término “población sujeto”, para resaltar que el
programa no se construye desde la perspectiva de “brindar servicio”, sino de
apoyar el proceso de empoderamiento de mujeres, quienes son sujetos de vida,
de decisiones y conciencia política.
La investigación
se ha realizado
en una época que presenta coyunturas especiales frente al fenómeno de la
prostitución en el mundo, y también en Colombia e Italia, los países aquí
involucrados. De hecho, mientras la globalización de la economía y el
incremento de los niveles de pobreza empujan un número siempre más alto de
mujeres y hombres al trabajo sexual, en su país y el extranjero, a la vez se
incrementan el rechazo y la represión, y consecuente a ello, la adopción de
leyes que vuelven a retomar la pasada inspiración reglamentista.
En Colombia se están aprobando Códigos de Policía que
vuelven a definir barrios de tolerancia; en Italia, una propuesta de ley de
inspiración gubernamental propone volver a penalizar el ejercicio de la
prostitución en la calle. Mientras disminuye en el mundo la población que tiene
a su propio alcance los derechos socio-económicos básicos, se penalizan
situaciones que son alternativas de vida que ofenden a la moral común.
Esperamos de verdad que estas páginas puedan mostrar la
otra cara de la realidad que los discursos políticos y los medios de
comunicación siempre esconden, ofreciendo así elementos de reflexión y cuestionamiento.
PARTE
I: El fenómeno
de la prostitución en la historia de Colombia y en la actualidad de Medellín
Capítulo 1
La prostitución: un mundo
que atraviesa el mundo
Lo que me distinguía de la
usual mocosa de campo era la idea de que más allá de la colina, más allá de los
graneros todo desconchado, más allá de la calle llena de polvo en verano, y en
invierno todo un charco, había otro mundo. Como un nuevo cielo, que mi tía
Letty decía fuese “azul como los pantalones de un holandés”.
(Nell Kimball, autobiografía
escrita a principios del siglo XX)
...Así empezó mi verdadera carrera
de prostituta. No, no ha sido dramático. Las diferentes fases han ido
deslizándose así, desde la primera vez hasta las siguientes, con naturalidad.
Al principio puede ser una decisión que te hace sufrir, pero no como piensan
los demás. Para empezar, no te hace padecer físicamente, porque la gente quiere
oírte decir que te has sentido violada, violentada, que has puesto a la venta
tu alma. En cambio, nunca me he sentido así, y tampoco las demás mujeres que
conozco y que trabajan en este oficio como yo...
Te pones a la venta porque
necesitas dinero. Muchas mujeres se han liberado de un pasado de trabajo, de
ínfima mano de obra —trabajaban de criadas, o en una fábrica—. Así se han
emancipado, porque ahora ganan bien, y tienen un tren de vida que nunca habrían
soñado...
Pero en mi caso, la causa
principal, lo que me empujó a prostituirme no ha sido sólo el dinero sino
fundamentalmente el rechazo a las reglas fijas.
(Carla Corso, historia de vida,
Italia, 1989)
Aunque muchas veces a uno le infunden que uno porque
está en la prostitución, uno es una basura, uno es una escoria de la sociedad y
si seremos escoria porque estamos en eso y la sociedad nos discrimina porque
estamos en esa vida; pero por ahora que he tenido tantas oportunidades, que
empecé a recibir cursos de autoestima y tengo estudio entonces yo digo:
“¡Hombre, yo valgo mucho; a pesar de que yo estoy en esta vida, yo valgo, cómo
así, yo soy un ser humano, yo valgo mucho!”.
(Patricia, historia de vida,
Medellín, 2000)
1.1. La Prostitución en la historia
La prostitución pertenece a la historia de la humanidad
y de Colombia y en cada época las mujeres que se han dedicado a este oficio se vieron
utilizadas, despreciadas, ignoradas, rechazadas, perseguidas, silenciadas, mas
casi nunca respetadas.
En Europa, durante la Edad Media la prostitución se
consideraba, por Iglesia y Estado, como un “mal necesario”, siendo funcional a
la estabilidad de la sociedad e impidiendo la realización de pecados como el
adulterio, la homosexualidad y la masturbación.
Escribe
Simone de Beauvoir en el Segundo Sexo:
“Hacen falta cloacas para garantizar la salubridad de los
palacios, decían los Padres de la Iglesia. Y dijo Madeville en una obra que
provocó alboroto: “Es evidente que existe la necesidad de sacrificar a una
parte de las mujeres para conservar la otra y para prevenir una suciedad de
naturaleza mucho peor”.
Esta visión, obviamente, estaba
enmarcada en la dicotomía entre función reproductora, de la mujer-madre, y
función genital de la mujer-puta. La mujer “honrada” no tenía que tener deseos
sexuales y su meta era la reproducción; mientras que los hombres tenían el derecho
de satisfacer sus pulsiones y la prostituta permitía preservar la honradez o la
virginidad de las muchachas “bien”.
La inevitabilidad del fenómeno,
entonces, iba de la mano con la idea de la sexualidad masculina como
insaciable, instintiva, incontrolable. Por esto había que legitimar formas para
aplacar ese instinto sin destruir lo que se consideraba el pilar del tejido
social, o sea la familia.
De hecho, la prostitución femenina
ha sido la forma más usual de inicio sexual de los jóvenes, se encargaba de
satisfacer a los hombres solteros y proporcionaba a los casados insatisfechos
lo que la intimidad conyugal no les permitía.
No obstante el estigma que se
imponía a las prostitutas, se miraba a ellas con suficiente tolerancia. Fue en
el siglo XVI cuando empezó a manifestarse persecución y represión. El pretexto
fue la primera grande epidemia de sífilis. La responsabilidad se hizo recaer en
ellas, quienes empezaron a encuadrarse entre l@s “desechables”.
Fue esa una época caracterizada por
una obsesiva “cacería de brujas”. La prostituta inspiraba tanto fastidio y
miedo que se le perseguía duramente. Era suficiente ser una mujer sola, sin
familia ni hombre que estuviera a “cargo” de ella para despertar la sospecha
de que fuera una prostituta; y si era flaca o tenía “cara de enferma” ya por
eso se la podía matar.
En el ámbito de instituciones, se empezaron a tomar
reglas que limitaban sus vidas. Empezaron a aparecer los primeros sifilicomios,
los barrios “juderías” en donde se tenían que quedar ellas, las horas cuando
podían salir a circular por la ciudad y muchas otras medidas de ese tipo. En
algunas ciudades, las mujeres debían tener un distintivo que permitiera
reconocerlas: una cinta de un determinado color, un zapato de cierto tipo u
otros accesorios de la vestimenta.
Esa época de ruptura no consiguió por cierto que la
prostitución desapareciera y las mismas actitudes de instituciones, analistas y
comunidades siempre han sido cambiantes.
Frente a coyunturas históricas como colonización,
inmigración o guerras, por ejemplo, la prostitución volvía a ser necesaria y
tolerada. En todo el “Nuevo Mundo”, la conquista estuvo estrechamente
relacionada con la prostitución. En la Tocaia Grande de Jorge Amado, las
“mujeres de vida” llegaban a las tierras vírgenes con los pioneros, los
ganaderos y los labradores de cacao. La costa californiana, al final del siglo
XIX, fue la meta de miles de buscadores de oro, que en los burdeles pagaban en
“pepitas” los servicios sexuales.
Así describe Isabel Allende, en la Hija de la
Fortuna, el mundo de las “sing song girls” en la San Francisco de mediados
del siglo XIX:
“El edificio de madera, de dos pisos, decorado con dragones
y lámparas de papel, quedaba en pleno centro del barrio. Sin mirarla dos veces
supo que se trataba de un burdel. A ambos lados de la puerta había ventanucos
con barrotes, donde asomaban rostros infantiles llamando en cantonés: “Entre
aquí y haga lo que quiere con una niña china muy bonita”. Y repetían en un
inglés imposible, para beneficio de visitantes blancos y marineros de todas las
razas: “dos por mirar, cuatro por tocar, seis por hacerlo...”. Las prostitutas
más pobres entre las pobres empezaban muy temprano y rara vez alcanzaban los
dieciocho años; a los veinte, si habían tenido la mala suerte de sobrevivir, ya
eran ancianas”.
En Barrancabermeja, “la ciudad de las tres p: petróleo,
plata y putas”, los sitios de prostitución surgieron
apenas se instalaron los pozos y solamente después se desarrolló la ciudad. Los
famosos prostíbulos de Aruba, Curazao, San Martín, Surinam fueron instituidos a
mediados del siglo pasado por el gobierno colonial holandés, con el objetivo de
que estuvieran atendidas las necesidades sexuales de marineros holandeses,
militares estadounidenses y obreros de las compañías multinacionales.
La prostitución, además, ha tenido históricamente un
papel importante en posibilitar las metas de la población femenina migrante.
Considerando que la decisión de mudarse tiene el objetivo de mejorar la
posición económica, social y cultural, tanto en los movimientos migratorios del
campo a la ciudad, cuanto de países del Sur del mundo rumbo al Norte rico y
sofisticado, la prostitución ha sido y sigue siendo la única salida atractiva
para obtener una rápida ganancia en un corto tiempo. Es precisamente lo que se
está observando en los países de Europa Occidental en las últimas dos décadas,
en donde muchas mujeres migrantes prefieren la prostitución a los trabajos de
“cuidado” o a los “servicios domésticos”, siendo la primera más rentable.
En determinados medios
socio-económicos, la prostitución ha asumido una función importante en épocas
de recesión. Por ejemplo, en Italia, después de la segunda guerra mundial,
para muchas mujeres —operarias, maestras, estudiantes— fue una manera para
incrementar sueldos insuficientes para las necesidades de la familia. En los
años sesenta y setenta, las mujeres del Sur de Italia que los padres
echaban de la casa cuando quedaban embarazadas y el muchacho no les
“respondía”, no tenían alternativas inmediatas que emigrar al Norte y
ejercer la prostitución.
En otras situaciones, la actividad permitió a las involucradas
escaparse de las imposiciones sociales y asumir actitudes desafiantes, capaces
de fisurar las convenciones morales y los arquetipos aceptados. Es el caso de
los travestis de Brasil o Colombia, que se iban a Europa para poder escapar de
una sociedad que no les aceptaba su opción de “transgénero”. O de los
travestis de las pequeñas ciudades italianas, quienes desde los años setenta y
ochenta empezaron a migrar a ciudades más abiertas, como Bolonia o Roma, para
buscar en la prostitución callejera la única opción que les permitiera ver
reconocida su propia identidad, establecer relaciones afectivas y sexuales y
tener ingresos económicos; considerando que en esa época todavía cuando un
hombre se declaraba travesti, no tenía acceso a los circuitos laborales.
Volviendo otra vez a la historia, siempre que se genera
un incremento en el fenómeno y se quiebran los equilibrios aceptados, el
rechazo es más fuerte, así como está pasando en este momento en Medellín y en
el mundo generalmente, en donde la prostitución se ha incrementado y vuelto más
visible.
Su existencia, sus dinámicas mutantes y las reacciones
que despiertan en una comunidad, han llevado en toda época a querer teorizar
frente al fenómeno o actuar con intervenciones, pero es en la segunda mitad del
siglo XX cuando empiezan a aparecer los primeros proyectos e iniciativas
sociales, impulsados por las asociaciones e instituciones no gubernamentales.
1.2. La
posición de las instituciones frente al fenómeno
Por el lado institucional y de la
ley, los principales discursos entre los cuales se ha desarrollado el debate
son tres:
• Prohibicionismo
• Reglamentarismo
• Abolicionismo
Para el discurso “prohibicionista”, la prostitución es un
acto ilícito, un signo de injusticia social y tiene que ser eliminada del todo,
empezando por penalizarla.
En el planteamiento de los
“reglamentistas”, en cambio, esa supuesta “enfermedad social” debe ser
controlada, y por ende regulada por el Estado mismo. Este planteamiento acepta
la prostitución pero exige reglamentar las condiciones higiénicas, ambientales
y sociales para su ejercicio, y estatus y edad de las personas que podían
ejercerla. Las consideraciones que sustentan esta postura son que no hay manera
de erradicar la prostitución —la “profesión más vieja del mundo”— y que tiene
entonces mejores resultados imponerle condiciones y controles.
A partir de los años sesenta del
siglo XIX, el discurso reglamentista —conocido también como “sistema francés”—
ya estaba inspirando las leyes de casi todos los países de Europa y algunos de
América, a pesar de las presiones de los prohibicionistas.
Fue a comienzos del siglo XX cuando
cobró importancia el tercer planteamiento, por el cual el Estado y las instituciones
locales no tenían derecho a ejercer un control tan indigno en la vida y la
salud de las mujeres que ejercían la prostitución.
El discurso abolicionista tenía como
meta justo la abolición de los reglamentos institucionales, para reconocer a la
prostitución despenalizada un estatus de actividad perteneciente a la esfera
privada e íntima de las personas. Lo que se siguió penalizando fue la
explotación, el proxenetismo, la inducción a la prostitución y su ejercicio en
espacios abiertos vetados en la ciudad. En cambio, la destinación de casas para
la prostitución era siempre una infracción a la ley.
Las leyes abolicionistas, que han
dominado hasta finales del siglo XX, aunque fueron un avance frente al pasado,
generalmente no permitieron superar el control público sobre la vida de las
mujeres y no definieron reglas claras que les permitieran no incurrir en
sanciones. Los delitos de proxenetismo y explotación de la prostitución, por
ejemplo, han permitido perseguir a amigos y compañeros que vivían con ellas;
las reglas de no ofender la moral pública dejaban a las autoridades la
discrecionalidad de decisión sobre cuándo se estaba cometiendo ese delito. La
situación que resultó fue que existieran sitios de prostitución en
contravención de la ley que funcionaban con el beneplácito de las autoridades
de orden público, y mujeres solas que ejercían en calles y pisos particulares
se perseguían con una rigurosidad extrema.
Es interesante anotar que esta última actitud ha sido
una constante en la historia de todos los países: se persigue la prostitución
visible, mas no la escondida. ¡Lo que no se ve no estorba!
1.3. El
movimiento por los derechos de las prostitutas en Europa y Norteamérica
A mediados de los años setenta, en el clima de ideas y
avances socio culturales que estaba generando la revolución estudiantil de
1968, la liberación sexual y el auge del feminismo, en Estados Unidos y Europa
empieza a surgir el “Movimiento por los derechos de las prostitutas”.
Hablar de este movimiento significa intentar contar una
historia que nunca se ha escrito y que es tan próxima al presente que tal vez
todavía no tenga unos rasgos claramente definidos.
En un clima de feminismo radical se desarrolló una
alianza entre feministas-prostitutas y feministas-no prostitutas, quienes por
primera vez en la historia consideraban la prostitución como resultado de la
elección por parte de la mujer y no solamente como obligación debida a la
pobreza y falta de alternativas.
La primera prostituta contemporánea que se manifestó
públicamente por los derechos fue Margo St. James en Estados Unidos. En
1973 ella fundó en San Francisco una organización llamada COYOTE, la cual
aunaba a prostitutas, artistas, periodistas, abogados, investigadores,
trabajadores sociales y políticos.
“Escogió el nombre COYOTE para simbolizar al animal que es
forzado a emigrar por los rancheros que lo persiguen y que, a pesar de tener
una reputación de promiscuidad, se apareja por toda la vida”.
En los años que siguieron,
organizaciones similares se formaron en otras ciudades de EE.UU.
En 1975 se realizó en París un mitin patrocinado por la
UNESCO y organizado por la “Federación Internacional de Abolicionistas”, una
organización dedicada a erradicar la prostitución. No se había invitado a
ninguna de las prostitutas activistas pero ellas pidieron hablar. En ese lugar
se encontraba también Simone de Beauvoir, que se reunió con Margo St. James:
fue la primera vez que se discutió de la fundación de una organización
internacional por los derechos de las prostitutas.
Desde mediados de los setentas hasta mediados de los
ochentas, surgieron en muchos países organizaciones parecidas. En 1974 las
prostitutas de París realizaron una manifestación en Montparnasse para
protestar en contra del asesinato de mujeres, la falta de intervención por
parte de instituciones judiciales y la represión policial que siempre las
afectaba. En 1975, en Inglaterra, Helen Buckingham se presentó como prostituta
en una conferencia de prensa y fundó la organización PLAN, a la cual siguieron
otras. En Alemania en 1980 fue fundada HYDRA, y en 1982 en Ginebra surgió
ASPASIE. En el mismo año, en Italia Carla Corso y Pia Covre fundaron el
“Comitato per i Diritti Civili delle Prostitute”, después de una manifestación
de protesta contra la violencia ejercida por los soldados norteamericanos en
ellas. En los años que siguieron, otras
organizaciones se formaron en Australia, Canadá, Austria, Holanda, Suecia,
Brasil y el resto de Suramérica y Caribe. Y si muchas son las que lograron
llegar a tener una existencia, hay que decir que numerosos intentos
organizativos han sido bloqueados por la violencia y el control social. Por
ejemplo:
“...en Ecuador los gerentes de los burdeles hacían rotar
deliberadamente cada semana a las prostitutas para impedirles que se agruparan
y expresaran sus quejas sobre los malos tratos y las pésimas condiciones de trabajo”.
1.4. El
feminismo frente al movimiento
En esa época y en esas organizaciones, las feministas
no-prostitutas trabajaron estrechamente junto a las prostitutas, pero no fue el
feminismo en su conjunto a acercarse y apoyar el proceso que se estaba
gestando, antes al contrario, sólo una minoría sintió la importancia de
insertar el tema de la prostitución entre las prioridades del feminismo.
La parte mayor del feminismo
tradicionalmente ha considerado —y sigue considerando— el fenomeno como la
expresión más extrema de la subordinación de las mujeres en una sociedad
patriarcal, mirando a las prostitutas como víctimas y objetos del placer de los
hombres. Con posturas tan radicales estas feministas despojaban a otras mujeres
de la capacidad de empoderarse y elegir por sí mismas, y no les reconocían
fuerzas y estrategias de orientación. Al mismo tiempo, excluían la posibilidad
de trabajar para mejorar sus condiciones de vida, aunque apuntando a un futuro
en donde la prostitución pudiera desaparecer.
En el movimiento que se iba formando,
en cambio, las prostitutas con algunas feministas sentían y planteaban, para
decirlo con palabras de Raquel Osborne:
“…que mientras haya una mujer discriminada por razón de su
vida sexual todas las mujeres nos hallamos en una posición vulnerable en materia
de discriminación; y que, por tanto, sólo una alianza entre mujeres puede
ayudar a combatir la opresión que a todas nos afecta más o menos directamente…
La conclusión obvia sería que el movimiento de prostitutas necesita del apoyo
feminista… La segunda conclusión, menos obvia, resulta ser la complementaria:
que el movimiento de mujeres necesita el apoyo de las prostitutas para
completar su proyecto”.
1.5. El acceso
a los espacios políticos
El movimiento tuvo dos momentos
fundamentales en los siguientes dos congresos internacionales:
• 1985, Primer Congreso Mundial de
Putas, Ámsterdam
• 1986, Segundo Congreso Mundial de Putas, Bruselas.
No existían prácticamente antecedentes de casos en los
cuales las prostitutas hablaran en su propio nombre y favor en un foro tan
amplio y visibilizado. En el Congreso, así como en el proceso de redacción de
las conclusiones y actas, las mujeres (con algunos hombres prostitutos) fueron
las organizadoras, relatoras y escritoras, si bien importante fue la
colaboración y el apoyo de activistas e intelectuales feministas que trabajaban
en vinculación con ellas.
El movimiento pretendía impulsar el desarrollo de una
nueva política que se basaría en dos pilares fundamentales:
• la auto-representación por parte
de l@s prostitut@s
• las alianzas entre mujeres, para superar las
divisiones.
Fue en aquellos espacios donde nació el término de “sex
worker”, en castellano: trabajador/a sexual (TS). El
término se generó para resaltar que para ell@s la prostitución es un trabajo.
Además, las palabras ‘prostitutas’ o ‘prostitución’ no lograban describir el
amplio abanico de servicios sexuales prestados por tod@s —hombres, mujeres y
transgéneros— en la industria del sexo.
Si había claridad frente a la visión política, no había
frente a las reivindicaciones concretas en el tema de derechos a exigir. O sea,
aunque ell@s se consideraran como trabajadora/es sujet@s a derechos, no había,
ni ha habido hasta ahora, uniformidad sobre bajo que consideración habría de
obtenerlos.
Fundamentalmente se pueden individualizar dos bloques:
el primero, encabezado por las inglesas, tenía como meta llegar al
reconocimiento legal como TS, con sus propios derechos sindicales y laborales y
obligaciones fiscales. Las segundas, entre las cuales las
italianas, pedían el reconocimiento de trabajadoras que no habrían de verse
interferidas por las autoridades y las leyes. Este enfoque se fundamenta en la
dificultad de reivindicar una etiqueta que se halla profundamente estigmatizada
y se enmarca en una concepción del derecho a la libertad individual y sexual de
las personas.
El primer enfoque significa que las mujeres que ejercen
la prostitución tendrían que estar reportadas en un registro, ser sometidas a
controles por las instituciones, pagar impuestos y acceder a servicios públicos
(salud, educación, jubilación) como TS. En los países en donde se ha aplicado,
la experiencia ha demostrado que no se trataba de una ganancia sino de una
nueva estigmatización disfrazada de derecho y que había muchas mujeres que no
aceptaban declararse como TS y preferían seguir su oficio en el respeto de su
privacidad. Esto sobre todo porque la sociedad no parece estar lista a
reconocerles dignidad al igual que a cualquiera otra trabajadora.
Claramente, para aquell@s TS que se habían adelantado
en la solicitud de claros derechos, fue un proceso doloroso llegar a admitir
que había que encontrar otras maneras menos explícitas de ser reconocid@s y
garantizad@s en sus derechos, por lo menos como seres humanos y ciudadan@s.
La experiencia de Holanda, que desde hace tres años ha
adoptado una ley que permite el reconocimiento del estatus laboral de TS,
demuestra que ha sido una manera para expulsar de ese mercado las emigrantes
irregulares. Estando sin papeles a ellas no se les acepta en los negocios y la
realidad demuestra que no les ha quedado sino “entregarse” totalmente a los
traficantes de personas.
1.6. La
trayectoria hacia la autonomía
Es a mediados de los ochentas cuando
podemos ubicar la primera definición teórica del movimiento, en su complejidad,
y es en los noventas cuando la trayectoria lleva a l@s TS a autonomizarse de
las feministas que han apoyado el proceso.
De hecho, la relación entre
feministas y prostitutas no había sido fácil, en tanto que las primeras
colocaban entre las prioridades la discusión sobre los patrones machistas que
estaban en la misma esencia y existencia de la prostitución; en cambio, las
prioridades de las segundas eran el discurso sobre la libre elección en la
prostitución y los derechos de l@s TS, incluyendo en ellos no solamente mujeres
sino también hombres y transgéneros.
Además, las prostitutas
paulatinamente escogieron dejar aparte un asunto que para las feministas era
prioritario y que había tenido un importante elemento de conjunción: el
cuestionamiento sobre la sexualidad masculina. Para las prostitutas era muy
difícil cuestionar al cliente en la misma forma como las feministas querían
hacerlo, simple y sencillamente porque él es la fuente de su ganancia. Además,
ellas empiezan a sentirse lejanas de mujeres que consideran su cuerpo como
símbolo de “explotación”.
El primer Congreso Europeo de las Prostitutas, que se
realizó en Frankfurt en octubre de 1991, fue el evento que formalizó la
división y exclusión de las feministas, puesto que en los momentos más
importantes del debate no se permitió a hombres y mujeres no-prostitut@s
participar. El cambio fue radical y l@s TS, hombres, mujeres y transgéneros
quisieron dar autonomía a sus propios espacios.
Constituido el movimiento, el proceso se alimentó de
otros elementos. La etapa de la autonomía coincidió con la alarma para la
difusión del SIDA, factor que contribuyó aún más a juntar a todas las
trabajadoras de la industria del sexo, que sentían tener más en común entre
ellas que con cualquier otro sujeto o grupo social. En todo el mundo empezaron
a exigir prácticas sexuales seguras por los clientes. Ya el elemento de
conjunción no era el ser mujer sino el desempeñarse en el mercado del sexo.
Así escribe Roberta Tatafiore, una
de las feministas que han acompañado el proceso del movimiento en Italia:
“Los “externos” al mundo de la
prostitución, a pesar de todas sus buenas intenciones, son propiamente los y
las que hay que mantener a distancia: sí amigos, pero también un poco enemigos.
Mientras jamás pueden ser considerados enemigos el travesti, el homosexual, el
trans que pertenecen a la misma condición, son titulares de los mismos
intereses y derechos”.
De hecho, frente a los “externos”, los
“profesionales”, empiezan a utilizar el término ingles de “supporter”, o sea
“personal de apoyo”.
Hoy en día, en Europa y Estados Unidos, muchos
voluntarios, sociólogos, médicos, políticos, trabajan en servicio y en posición
de contigüidad con las organizaciones de prostitutas, comparten sus análisis y
objetivos, o se inspiran en ellas en su propio trabajo de operador social,
investigador, coordinador de proyectos, profesional en servicios de salud.
El “Movimiento de l@s trabajadora/es sexuales” ha tenido
y tiene una vida y un desarrollo muy interesante también en el área latina de
América.
Desde finales de los años ochenta, numerosas
organizaciones han surgido, y en la segunda mitad de los noventas han
consolidado espacios de intercambio y coordinación transnacionales. Ha surgido,
por ejemplo, una “Red Latinoamericana y del Caribe”, se
han realizado encuentros continentales, y existe un red
telemática —la “Red Industria del Sexo”— a través de la cual dichas
organizaciones mantienen un dialogo constante.
En cada país están intentando hacerse presentes en los
espacios políticos de denuncia y propuesta. En noviembre del año pasado, para
celebrar el “Día Internacional de la No Violencia contra las Mujeres”, AMMAR de
Argentina, que en este momento preside la “Red
Latinoamericana y del Caribe”, realizó la marcha “Sí a la vida”, una
movilización de cuatro días que recorrió desde Buenos Aires hasta la ciudad de
La Plata. Bajo la consigna de “Sí a los derechos humanos, sí a la vida, sí a la
justicia independiente”, han marchado acompañadas por algunas madres de la
Plaza de Mayo y otros familiares de víctimas de la violencia institucional,
para exigir el esclarecimiento sobre las 28 mujeres asesinadas en esta ciudad
entre 1996 y 1998.
La “Red Mexicana de Trabajo Sexual” el pasado 2 de
diciembre, en ocasión del día internacional sobre SIDA, ha convocado en
Veracruz una “Marcha contra la intolerancia, la discriminación de las personas
dedicadas al trabajo sexual”. Entre las denuncias están los asesinatos de 66 TS
en el 2002, que han quedado impunes.
En Ecuador, las mujeres de la
“Asociación femenina de trabajadoras autónomas 22 de junio” en noviembre de
2002 enviaron desde Machal una carta a Lucio Gutiérrez, candidato a la
presidencia, anexando una propuesta de plan de acción a favor de los derechos
humanos de las mujeres TS y denunciando la difícil situación que las afecta.
“Son incontables los casos de violación de derechos, abuso y
situaciones de discriminación que vivimos diariamente las trabajadoras del
sexo, principalmente desde las esferas policiales y a nivel de las autoridades
de toda índole. Desde la falta de garantías para negociar mínimas condiciones
de seguridad, trabajo, salud y vida hasta el desconocimiento de nuestra palabra
como testigos en los tribunales de justicia; desde la amenaza permanente de
perder los hijos acusadas de “comportamiento deshonesto”, hasta el trato como
delincuentes a través de la ilegal exigencia de portar siempre récord policial;
desde las “batidas”, encarcelamientos y campañas de “limpieza social”, hasta la
extorsión, chantaje y explotación”.
La acción pública ha permitido
avanzar hacia el esclarecimiento de graves sucesos en contra de las TS. Por
ejemplo en Vancouver, en la década pasada se había registrado una serie de
desapariciones de mujeres que ejercían en la calle. Hace cinco años, las
familias de estas mujeres se organizaron para solicitar a la policía la
protección a las prostitutas que seguían trabajando. Mientras otras seguían
desapareciendo, el año pasado por fin se encontró una fosa común en donde
fueron enterrados 63 cuerpos de mujeres. Ahora el propósito que tiene la
organización es pintar un mural en la zona central de Montreal en memoria de
ellas “de sus vidas, del valor de las nuestras y del necesario interés de
seguir luchando”.
1.7. El
fenómeno de la trata y la posición neo-reglamentista de las instituciones
En los años ochenta en Europa y
Norteamérica ha tomado nueva consistencia un fenómeno que está influyendo en
las políticas sobre prostitución: la trata de mujeres.
La polarización entre un “Norte” del
mundo rico y un “Sur” afectado por situaciones de inseguridad, violencia,
violación de los derechos humanos y pobreza; la creciente inequidad y falta de
movilidad socio- económica que caracteriza al segundo; y la existencia en el
primero de espacios de mercado que la oferta nacional no cubre, funcionan como
mecanismos de “atracción” para poblaciones “vulnerables”. Pero, mientras por
una parte ese “Norte” atrae, por otra rechaza, mediante fronteras impenetrables
y barreras sociales, económicas y culturales que determinan las situaciones de
marginalidad y explotación en donde se encuentran muchos migrantes, hombres y
mujeres.
De hecho, las políticas y medidas de
contraste frente a la trata que las instituciones están implementando,
debilitan y afectan los avances del movimiento.
Por una parte, la alarma provocada
por la llegada masiva de migrantes en la industria del sexo ha causado la
ruptura de equilibrios, reglas y poder de negociación con las instituciones,
que el empoderamiento de l@s TS había asegurado. Por otra, la reacción
represiva de los gobiernos frente al nuevo fenómeno y la actitud xenófoba de
las comunidades, terminan por afectar a tod@s l@s TS: ciudadan@s del país al
igual que extranjer@s.
Seguramente, la oleada de represión
que se observa en este momento es más dura, generalizada y orgánica que nunca;
¡y en todo el mundo!
Esto tiene fundamentalmente dos
razones. Por una parte, porque, esta vez la ruptura de los equilibrios se da
cuando l@s TS están organizad@s y capaces de un discurso político; esto
significa que se consideran más peligros@s y por lo tanto la reacción es más
fuerte. Por otro lado, porque prostitución y migración se entrecruzan de una
forma tan tajante que los gobiernos del Norte han optado prioritariamente por
defender sus fronteras antes de crear las condiciones para que se respeten los
derechos de hombres y mujeres que habitan este mundo.
De hecho, en todos los países se
están registrando formas de represión manejadas por las instituciones de orden
público. Además, la postura de los gobiernos del Norte ha influenciado también
la de los gobiernos del Sur, a los cuales se les solicita controlar sus
fronteras, acondicionando en algunos casos a este cumplimiento las ayudas
económicas y de cooperación.
Por otro lado, vuelve a tomar fuerza el discurso
reglamentista, como los casos italiano y colombiano nos demuestran.
Capítulo 2
El
fenómeno de la prostitución en Colombia
“…Cada
martes por la ley, semana tras semana, las prostitutas de La Catunga debían
madrugar a la zona del centro, por la calle del Comercio, y hacer cola frente
al dispensario antivenéreo para que les renovaran el carné de sanidad…
Desgonzadas contra un muro, todas iguales ante la corruptela de la
administración, sin bombilla ventajosa ni nacionalidad que valiera, ni tarifa
diferencial, ni un color de piel mejor que otro. Los martes la dignidad de
cualquiera de ellas valía cincuenta pesos, ni uno menos ni uno más…”. (Laura Restrepo)
2.1. Un recorrido a través de la historia colombiana
Muy pocas informaciones acertadas se
tienen sobre la prostitución y la sexualidad prehispánica, mientras parece que
el fenómeno empieza a asumir sus características modernas y ya postmodernas —como
negocio de venta de servicios sexuales a cambio de plata— muy tarde en
Colombia.
Escribe la historiadora Pilar Jaramillo de Zuleta que:
“De acuerdo con los documentos consultados, en el nuevo Reino
de Granada no existió casas de mancebías públicas durante todo el período
colonial”.
Inmediatamente después de la
conquista, en el siglo XVI, eran la prostitución ritual y la esclavitud sexual
de las mujeres indígenas las que cumplían con las “necesidades sexuales” de los
hombres.
Las circunstancias como se dio la
conquista permitieron a los españoles convertir a las mujeres indígenas en
botín de guerra.
“...durante casi todo el siglo XVI
predominó la violencia, la sevicia y la fuerza sobre las mujeres indígenas.
Fueron muchos los soldados, incluso los mismos jefes de las huestes, sobre los
que cayeron acusaciones de abuso y maltrato a las mujeres de los pueblos
indígenas. En reiteradas oportunidades los caciques denunciaron a encomenderos
y a miembros de la justicia que les arrancaban a sus esposas y sus hijas de los
pueblos... Se sabe que abusaban con violencia de ellas, pero también que
preferían incorporarlas a su séquito de servidumbre doméstica”.
Dentro de las comunidades indígenas,
por el contrario, se presentaban formas de prostitución ritual que se supone
fueron herencia del pasado y que los conquistadores se encargaron de sancionar
hasta desaparecerlas, junto con todos “aquellos comportamientos que
consideraban contrarios a las costumbres “civilizadas” y a la moral cristiana
en materia de sexualidad y vida familiar”.
Ya en el mismo siglo XVI empezó a
desarrollarse una forma de prostitución que los históricos definen “doméstica”,
la cual siguió manifestándose hasta mediados del siglo XX.
“Es decir, muy excepcionalmente, y sólo a fines del siglo
XVIII, hubo casas dedicadas a la venalidad sexual. Normalmente los tratos
llamados de “prostitución” ocurrieron en el mismo lugar de la residencia de uno
u otro de los implicados y contó siempre con la colaboración de miembros de la
familia… Las relaciones que las mujeres establecían con sus amantes no eran
fugaces. Duraban por lo general más de dos años”.
En la estructura social colonial una “institución” era
también la “otra mujer” y cada hombre que se respetara, con posición social y
tradiciones familiares, tenía a una mujer y amantes de turno o mantenidas, respetadas
pero relegadas en una posición que marcaba su vida y la de sus hijos para
siempre.
Entre otras tantas expresiones artísticas, las novelas
de Gabriel García Márquez como los cuadros de Fernando Botero reproducen
fielmente la doble moral —la sociedad permisiva-represiva— que se radicó en la
cultura del país, sobre la cual se fundaba una doble realidad privada: de un
lado la familia unida, pintada en la vivencia más íntima, del otro las
“amantes” y luego las “venus” de las casas de citas. Y existieron algunas
famosas —como la casa de Marta Pintuco en Medellín— celebradas en las canciones
populares y recordadas todavía por centenares de hombres.
En Suramérica como en Europa, fue desde la difusión de
las enfermedades venéreas cuando la prostitución empezó a ser un problema grave
que demandaba solución. Y así fue como se tomaron soluciones prestadas de
experiencias previas en Europa, y el debate se enfocó entre las dos posiciones:
prohibicionistas y reglamentistas.
En Colombia las acciones reguladoras se miraron por
mucho tiempo con desconfianza porque no se podía concebir la participación de
las autoridades en una actividad que se consideraba moralmente execrable. Por
ello, durante la mayor parte del siglo XIX la prostitución estuvo prohibida y
penalizada, mas sin que las leyes pudieran obstaculizar la difusión del
fenómeno que la sociedad, en cambio, toleraba.
La aplicación de las normas fue irregular durante todo
el siglo, y en muchos casos documentados las intervenciones policiales se
concretaban en la expulsión de las mujeres que se encontraban cumpliendo tal
“delito”. Lo cual significaba, como escribe Aída Martínez Carreño:
“...el destierro a lugares
desiertos, de climas mortíferos, donde quedaban abandonadas a su propia
suerte... Las leyes colombianas habían optado por la prohibición y el castigo,
pero las prácticas de policía... iban más allá, imponiendo, “aun
inconscientemente”, la pena capital”.
Fue a principio del siglo XX, después de la Guerra de
los Mil Días, cuando empezaron a difundirse las primeras medidas
reglamentistas. En 1907, un decreto expedido por el Gobernador de la provincia
de Bogotá definía la prostitución como “una calamidad verdadera para la
sociedad, porque ultraja el pudor, corrompe la juventud, engrenda gérmenes de
terribles enfermedades que se propagan entre las familias y trae consigo la
degeneración de la raza”. Por esto, se sujetaba cualquier
establecimiento de prostitución a un permiso de la gobernación y se ponían
restricciones al desplazamiento de las prostitutas dentro de la ciudad, quienes
estaban obligadas a inscribirse para el control médico.
En Medellín, en 1914 el Código de Policía incorporaba
normas reglamentistas, sobre todo con relación a la ubicación de los sitios en
donde se ejercía el oficio, y en 1917 se reabrió el Instituto Profiláctico,
para atender a pacientes víctimas del contagio venéreo.
2.2. El camino
de la legislación en el siglo XX
En el siglo XX la legislación sobre el fenómeno fue
caracterizada por un conjunto de leyes de la República, normas penales,
acuerdos, decisiones y decretos de Asambleas y Concejos, códigos de policía que
se expresan a veces en formas contradictorias y sin respetar la jerarquía de
las fuentes. En este caso no se puede hablar de abolicionismo, reglamentarismo
o prohibicionismo; sino de una orientación hacia la “tolerancia reglamentada”,
con unas pocas normas vigentes a nivel nacional y dejando a los gobiernos
locales (asambleas y concejos) los detalles del tipo de reglamentación y de las
normas de orden público.
Seguramente, la primera norma completa expedida a nivel
nacional fue la Resolución 282 de 4 mayo de 1942 del Ministerio de Trabajo,
Higiene y Prevención Social, por la cual se dictaron disposiciones de la
campaña antivenérea y se estableció la inscripción y vigilancia de las “mujeres
públicas”.
La norma fue vigente en todo el territorio nacional,
con excepción de Bogotá, y establecía que para ejercer la prostitución era obligatoria
la inscripción como “mujer pública” en los registros oficiales de las
inspecciones de higiene. La presencia de prejuicios morales que acompañaron la
redacción de los artículos resalta ya en la definición del fenómeno:
Artículo 5: Será inscrita como prostituta, toda mujer que
habitualmente practica el coito con varios hombres indistintamente, y vive en
prostíbulos y casas de lenocinio o las frecuenta...
Artículo 12: …es prostituta, pues por tal debe entenderse la
que no está sometida a la patria potestad, a la potestad marital, tutela o
curaduría…
Según esta ley, cada mujer tenía que someterse a
exámenes periódicos y tratamientos obligatorios, recibiendo una “ficha
antropométrica” en donde se anotaban eventuales enfermedades. Las habitaciones
destinadas a la prostitución tenían que cumplir unos requisitos específicos, y
la prostitución clandestina, así como el proxenetismo, estaba sujeta a castigos. Entre las conductas sancionadas,
estaban también aquellas que la ley define “obscenas”:
Artículo 19. La prostituta que en público profiera palabras
obscenas, se muestre desnuda o vestida de una manera que ofenda a la moral
pública, o por medio de cantos o en otra forma incite a cometer actos sexuales u
ofender la decencia y pudor públicos, será castigada con la pena de cuatro a
treinta días de arresto.
El carné de sanidad siguió siendo obligatorio hasta que
el desarrollo legislativo de la Constitución de 1991 lo anuló.
De hecho, ya el antecedente Código de 1936 estaba
inspirado por fuertes prejuicios morales y en su título “Delitos contra la
libertad y el honor sexuales” establecía un dualismo entre los delitos de
inducción a la prostitución de una “persona honesta” y los actos de
constreñimiento de una “mujer pública”. Claramente, los primeros eran mucho más
graves y las penas podían llegar hasta cuatro años de prisión mientras que en
el segundo caso llegaban a un máximo de un año y medio. Además, se disminuía
hacia la mitad la pena para quien había violado una “mujer pública”.
Según las líneas de estas dos normas
nacionales, los departamentos y municipios expidieron reglas diferentes, que
tenían unos o todos los elementos del reglamentarismo: ubicación de zonas de
tolerancia, prohibición para menores, expedición de carnés, control venéreo,
horas y días de salida de la prostituta al centro de la ciudad. Menos el
Municipio de Bogotá, que en 1948 optó por el prohibicionismo, con el Acuerdo 95
del Concejo.
Artículo 1: Se prohíbe el funcionamiento en todo el
territorio del Municipio de casas, tiendas, establecimientos de cualquier
índole en donde principal o secundariamente, una o más personas ejerzan
habitualmente la prostitución y a los cuales el público tenga libre acceso.
Pero, como en cualquier otra época y
país en donde se expidieron rígidas disposiciones, más allá de las leyes, la
prostitución se siguió ejerciendo en mayor porcentaje de forma autónoma y
escondida: en calles, burdeles, casas de citas, hoteles y establecimientos de
varios tipos. Se calcula que, hasta cuando fue vigente la inscripción, el
subregistro se daba en una escala de una mujer a cinco.
En 1970, el Código Nacional de
Policía (Ley 1355), dentro de la sección dedicada al ejercicio de los derechos
y las libertades públicas (Libro II), dio consistencia al principio
abolicionista, afirmando que “el sólo ejercicio de la prostitución no es
punible” (Art. 178). La definición de prostituta cambió de esta manera:
Artículo 178: Ejerce la prostitución la persona que trafica
habitualmente con su cuerpo, para satisfacción erótica de otras varias, con el
fin de asegurar, completar o mejorar la propia subsistencia o la de otro.
La prostitución ya empezó a no
referirse solo a las mujeres y en la expresión que se utiliza desaparece la
definición juzgante frente al ejercicio de un fenómeno que no deja de ser una
actividad despreciable. Por esta razón, el Estado tenía que tomar medidas para
contrarrestar su difusión.
Artículo 178: El Estado utilizará los medios de protección a
su disposición para prevenir la prostitución y facilitar la rehabilitación de
la persona prostituida.
Artículo 181: La Nación, los departamentos y los
ayuntamientos organizarán institutos en los que cada persona que practica la
prostitución encuentre medios gratuitos y eficaces para rehabilitarse.
No obstante que fue definida como actividad
lícita, la prostitución debía ser prevenida y desincentivada y las MEP “rehabilitadas”. Las
expresiones utilizadas parecían catalogar a las mujeres como “desviadoras”,
ciudadanas que habían salido de la “normal existencia social” y se tenían que
volver a “rehabilitar”. A esta filosofía, de hecho, se enmarcaron las
intervenciones impulsadas o manejadas directamente en los últimos treinta años
por las instituciones del Estado.
Adecuando las normas penales al nuevo principio
abolicionista, el Código de 1980 (Ley 100) supera la vieja distinción entre
“persona honesta” y “mujer pública” y establece las penas y el tratamiento
procesal para inducción y constreñimiento a la prostitución y trata de
personas.
2.3. Prostitución
e industria del sexo en las últimas décadas
Según una investigación realizada en 1970 por Saturnino
Sepúlveda, con base en informaciones contenidas en los informes policiales, las
ciudades en donde más se presentaba el fenómeno eran Bogotá, Medellín, Cali,
Pereira y Armenia. También las hoyas de los ríos Cauca y Magdalena aparecen
como “grandes arterias de prostitución”.
En ese entonces como ahora, los departamentos de
Antioquia, antiguo Caldas y Valle ocupan los primeros lugares en índices
absolutos de prostitución.
Con referencia a las dimensiones que
alcanzaba el negocio, Sepúlveda escribe lo siguiente:
“Asumiendo que hay 150.000 prostitutas en Colombia y con un
promedio de entrada personal de $ 400 mensuales, la cantidad pagada por los
clientes a las prostitutas subiría a la suma de $ 60.000.000. Pero en promedio,
cada cliente puede gastar entre $ 80 y $ 90 por visita al prostíbulo, lo que
representaría un movimiento de dinero de $ 135.000.000 mensuales”.
Las estadísticas policiales, resaltan que desde
mediados del siglo XX a 1975 el número de prostitutas se incrementó, hasta
alcanzar un pico de 52.967, mientras que en los años siguientes se registró un
descenso hasta mediados de los años ochenta, cuando volvió a subir.
Entre los efectos de la crisis que atraviesa Colombia
desde finales de los ochentas, se observa un cambio en las dinámicas del
fenómeno de la prostitución, sobre todo en las ciudades principales.
La “industria del sexo”, aquí como en otros lugares, ha
crecido y se ha diversificado. A los tradicionales bares y casas de citas se
han sumado las casas de masajes, locales de strip tease, salas de vídeo donde
es posible probar el gusto de ser filmados durante la relación sexual, para
luego volverse a mirar: como ser protagonistas de vídeos pornográficos, sólo
por 40.000 pesos. Y después cabaret, líneas telefónicas eróticas,
saunas, servicios de acompañantes, algunas agencias matrimoniales,
apartamentos, restaurantes eróticos, cines pornográficos. Y finalmente, los
productos de consumo: revistas, vídeo, artículos eróticos en venta en los sexyshop.
El incremento numérico y la diversificación de la
oferta han comportado la reducción de las ganancias. Por una parte, porque la
demanda de servicios sexuales es tendencialmente constante en el tiempo; por
otra, porque las tarifas están sometidas a una progresiva pérdida de poder
adquisitivo. En una entrevista reportada en El Tiempo en 2001, una
prostituta de 50 años afirma:
“Hoy las habitaciones de hotel son más caras y la prestación
vale menos de lo que valiera en los pueblos hace 29 años, cuando yo empecé”.
Abundan en los periódicos los clasificados que ofrecen
“masajes profesionales” realizados por “jóvenes universitarias”. Sus servicios
hace algunos años podían llegar a costar un millón de pesos y solamente a raíz
de la “inflación de la oferta” el precio ha rebajado mucho. Ellas ejercen en
centros de masajes o realizan servicios a domicilio y en los hoteles, con
disponibilidad las 24 horas. Generalmente, tienen beeper o celular para
poderlas contactar los clientes directamente o las personas que administran la
red. Cuando no operan solas y están insertadas en un negocio bien organizado,
el nivel de inseguridad que enfrentan disminuye.
“La organización para la que
trabaja Juliana opera en un apartamento del norte de Bogotá en el que tres
empleadas atienden ocho líneas telefónicas que reciben llamadas de clientes que
han leído el aviso de prensa. El interesado debe dar su nombre y su número de
teléfono para recibir una llamada de respuesta en la que será posible concretar
la cita. Antes de responder, la oficina confronta las identidades y los
teléfonos con centrales de empresas de taxi a domicilio que almacenan en sus
computadores los números telefónicos y las direcciones de todas las personas
que emplean sus servicios. Si la información coincide (nombre con teléfono) la
contestación se produce de inmediato”.
Entre las nuevas formas del sexo a pago, se encuentran
también las redes de Internet, utilizadas como instrumento de contacto con los
clientes sobre todo de estudiantes de colegio o de universidad o profesionales.
Para la mayoría de ellas se trata de un oficio ocasional que se mantiene
separado y se concilia perfectamente con la vida familiar y amistosa, los
programas escolares y académicos.
Pero Internet puede ser el lugar mismo en el que el
servicio sexual se consume. La publicidad de los medios de comunicación
presenta el “cybersexo” como el acceso “seguro” al sexo, considerado que impide
la transmisión del virus del VIH. En un artículo del semanal Cromos
dedicado al fenómeno se lee:
“Es posible lograr un orgasmo cibernético. Sólo hacen falta
mucha imaginación y velocidad en los dedos. Charlas eróticas, relatos íntimos,
cámaras escondidas, pulsos eléctricos. En solo un motor de búsqueda hay más de
dos millones y medio de chat romos con sexo para adultos. ...Aunque no lo
busque, ningún navegante está a salvo del sexo —continúa el reportaje— porque
es la forma más segura de practicarlo. Una cámara puede reemplazar al psiquiatra
o a quitar de tajo cualquier inhibición... Como en cualquier novela rosa, en
las relaciones por Internet hay intriga, pasión, peleas, celos. Algunas
historias se pasan al plano real y hasta terminan en una inolvidable luna de
miel”.
La prostitución y las otras miles de
ofertas de la industria del sexo representan un manantial de renta, de
movilidad socio-económica o de afirmación por miles de colombianos, hombres
pero sobre todo mujeres. Sin embargo, la estigmatización que sigue afectando a
estas mujeres y la falta de un cuadro legislativo que permita a personas
implicadas tutelarse, hacen que tales actividades se conviertan en espacios de
explotación y, a veces, pesadas violaciones de los derechos humanos. Cuando los
implicados son menores de edad, la dimensión del abuso se hace realmente grave.
Según una investigación realizada en 1991, en Bogotá
existían 1.067 locales de lenocinio, en donde ejercían 14.211 mujeres, 1.200 de
las cuales menores de catorce años; el 15% de ellas eran analfabetas.
La Fiscalía General de la Nación
estimó en 25.000 los menores implicados en la prostitución en todo el país, el
72% de los cuales serían niñas. Según el Instituto Colombiano de Bienestar
Familiar, en los últimos cuatro años la prostitución infantil se ha
cuadruplicado y es manejada en buena parte por una industria que mueve millones
de dólares y tiene conexiones en el extranjero. Además, si hasta hace pocos
años se ejercía por niños maltratados, abandonados, sin oportunidad de estudio
o pertenecientes a clases sociales bajas, ahora se registra una creciente
presencia de menores pertenecientes a clases medias y altas.
Mientras en el nivel más bajo, la
tarifa varía de $ 5.000 a 20.000, en los más elevados la ganancia puede llegar
hasta $ 600.000 por noche. En el primer caso generalmente se trata de
actividades autogestionadas por el mismo menor; en el segundo, es más probable
la presencia de organizaciones criminales.
Por una niña virgen se puede llegar a pagar hasta un
millón o más. En 1997 causó sensación el caso de una cirujana descubierta en
Bogotá mientras practicaba la reconstrucción del himen de una menor, vendida
por 5 millones. Un vídeo pornográfico “casero” se vende al extranjero por 5.000
dólares y más, mientras el menor es premiado con $ 5.000, una comida y un
regalo, como revela una investigación del Departamento Administrativo de
Seguridad, DAS, realizada sobre una muestra de tres mil personas, entre las
cuales había mil niños.
También en 1997, una investigación de la Defensoría del
Pueblo ha localizado la presencia de dos mil niños integrados a la prostitución
en Cartagena, principal ciudad turística del país. Además, han sido
descubiertas oficinas de turismo nacionales y extranjeras que ofrecían paquetes
comprensivos de billete aéreo, hotel de cinco estrellas, comidas y “niños”.
Al principio del 2000 se denunció en Barranquilla un
incremento del 30% de la prostitución infantil en la calle: en el 70% de los casos
se trata de niños de la misma ciudad. En el departamento del Quindío el
incremento se registró después del terremoto del 25 de enero de 1999.
En Cali, en la primera mitad del 2000 ha sido
descubierta una red que realizaba vídeos pornográficos con menores de edad. En
la operación han sido secuestrados 18.000 revistas pornográficas, 3.000 fotos y
500 vídeos.
Sin embargo, del riesgo de abusos no se exime la
población adulta, perjudicada por una ley discriminatoria, por la ausencia de
servicios públicos específicos y la amplia marginalización social.
Indudablemente, el fenómeno de la venta de servicios
sexuales se ha vuelto cada vez más visible y menos controlable con los sistemas
tradicionales. La ruptura de los equilibrios aceptados ha empezado a provocar
el rechazo de la comunidad y la represión de las instituciones de orden
público; en algunos casos la intolerancia ha llevado a formas de “limpieza
social”.
De hecho, en la década de los noventas, mientras el
fenómeno se hacía más visible, aumentaban las reflexiones sobre la necesidad de
encontrar un diagnóstico y una cura rápida para un fenómeno que ofende a los
bienpensantes. Y mientras las situaciones de desprotección se multiplican, a
menudo las medidas encontradas se alejan de las reales necesidades de las
personas implicadas.
La respuesta de las instituciones es de represión
violenta, mientras que por el lado normativo, aquí como en otros países, se ha
abierto una nueva era de reglamentarismo, como demuestran los nuevos códigos de
policía de Bogotá y Medellín. Analizar más a fondo el caso de Medellín,
permitirá poner en evidencia las orientaciones políticas actuales.
2.4. El
ejercicio de la prostitución en Medellín
La ciudad colombiana que se ha caracterizado durante
todo el siglo XX por la presencia de un alto número de mujeres en la
prostitución es justamente Medellín.
Según las estadísticas policiales mencionadas por
Saturnino Sepúlveda, a principios de los años sesenta en el Departamento de
Antioquia se encontraba más del 30% de las prostitutas computadas a nivel
nacional y, de este porcentaje, casi el 70% vivía en Medellín.
“En Antioquia se presenta con
mayor nitidez el conflicto de la prostitución, especialmente en el Municipio de
Medellín, que ocupa el primer lugar en todo el país. El 35% del total de las
prostitutas comprobadas en el país se encontró en el departamento de Antioquia,
y de este porcentaje, el 69,25% está radicado en Medellín. ... Puede afirmarse
que el fenómeno de la prostitución en ese departamento tiene un alto grado de
dispersión y se encuentra particularmente en la hoya del río Cauca, en los
puertos sobre el Magdalena, en la zona minera de Segovia, Zaragoza y Remedios,
y en las líneas de las carreteras Medellín-Cartagena, Medellín-Turbo y
Medellín-Anserma-Manizales”.
No de prostitutas
Año Colombia
Antioquia
%
1962
18.280
6.122
33,5
1964
21.199
3.777
17,8
1965
23.252
3.978
17,1
1966
16.375
4.120
25,2
1967
19.368
4.046
20,9
1968
18.470
2.258
12,2
Antioquia era también el departamento que aparecía como
lugar de nacimiento del mayor número de prostitutas del país: las estadísticas
policiales las computaron en el 30,6% del total.
Este autor relaciona la difusión de la prostitución en
el Departamento de Antioquia, entre otros elementos, con la “cultura paisa” de
la familia.
“Respecto al complejo cultural antioqueño, se estableció que
hay otros factores predisponentes a la prostitución, tales como las normas y
valores sexuales estrictos respecto a la conducta sexual prematrimonial de la
joven, reforzados por sanciones extremas y una ignorancia o tabú sexual y un
ambiente social desfavorable en muchos casos”.
Catalina Reyes C., en una interesante reconstrucción de
la primera mitad del siglo XX, coloca las causas del significativo incremento
que tuvo lugar al principio de siglo en los procesos de industrialización que
se realizaron, acompañados por una fuerte migración desde el campo y por lo
tanto una rápida urbanización.
“Los pueblos antioqueños con una intensa y dinámica vida
fueron eclipsados por la capital, que se convirtió en centro industrial,
comercial, educativo y cultural de la región”.
La estructura de tenencia de la tierra en la
región antioqueña hizo que migraran hacia la ciudad más mujeres que hombres.
Los hombres de las familias eran los que heredaban la tierra o que tenían
acceso a las pocas oportunidades laborales, mientras para las mujeres la única
alternativa de “subsistencia” era el matrimonio. Se lee en un número de Familia
Católica de 1920:
“La suerte de una mujer es criar
hijos para la humanidad… a veces toda la vida, durante muchos años, sin
descanso…”
Frente a este conjunto de normas que
amarraban sus vidas a los quehaceres domésticos, muchas mujeres jóvenes
desafiaron la autoridad paterna y decidieron marcharse para la ciudad, en
búsqueda de una vida diferente.
En 1924 la fuerza de trabajo fabril
se componía en el 73% de mujeres jóvenes, de las cuales sólo el 10% eran
casadas. Su condición de soltera y sin hijos era la única que garantizaba la
permanencia en el trabajo, y si se casaban o quedaban embarazadas se despedían.
Influían sobre estas políticas empresariales, seguramente, por una parte,
discursos morales, según los cuales una mujer casada no tenía que trabajar; y,
por otra, razones de eficiencia productiva.
En los años treinta, debido también
a un proceso de reestructuración de la fábrica, que introdujo las jornadas
nocturnas, se observó un proceso de masculinización de la fuerza laboral
obrera, que alcanzó en pocos años el 60% del total.
Para mujeres solas que llegaban del
campo ya los trabajos domésticos, las actividades informales y la prostitución
empezaban a figurar como las únicas opciones que podían garantizar un ingreso.
Pero las condiciones de explotación y los tratos humillativos que estas jóvenes
encontraban en los servicios domésticos no podían ser la respuesta para aquel
deseo de emancipación que las había llevado a marcharse solas, sin temerle a lo
incógnito y a la vida de la ciudad. Además, en la fábrica como en las casas de
familia, se encontraban sujetas muy a menudo al acoso sexual de patrones y
compañeros. En ese entonces, un número elevado de mujeres empezó a llegar a la
prostitución después de haber sido “muchachas de servicio”.
Lo absurdo es que, mientras en dicho proceso —que
algunos autores han definido de “modernización sin modernidad”—, estaba el
origen del incremento de la prostitución, las elites del poder empezaron a
querer regular y castigar este y otros fenómenos que consideraban “desviadores”
en el camino que hubiera permitido alcanzar el “sueño americano”. Pobres,
indigentes, prostitutas, niños de la calle y otros “indeseados” retardarían y
afectarían negativamente el desarrollo socio-económico, político y ético del
país. De discursos como éste, de hecho, surgen fenómenos como la “limpieza
social”.
En los años veinte y treinta, el
lugar privilegiado para la prostitución en Medellín era Guayaquil, tanto que
apareció el verbo “guayaquiliar” como sinónimo de prostituirse. Por la cercanía a la plaza de
mercado y a la estación del Ferrocarril, se incrementaron aquí almacenes,
hoteles y cantinas. La estación era también un importante sitio de enganche
para los proxenetas y traficantes de mujeres.
“Su carácter de puerto le confería un aire de libertad, de lugar
en donde todo era posible, incluso romper los códigos de una sociedad católica,
reprimida e hipócrita. La cantina era el lugar predilecto; en ella se bebía y
se aflojaba la rigidez social”.
Teniendo como su epicentro esa zona,
la prostitución se ejercía también en las cantinas que surgían en el centro, en
los “graneros mixtos” de los barrios populares, en
los bares de Lovaina, en donde tocaban los grupos musicales de guitarras,
tiples y liras. Aquí la leyenda dice que las primeras “casas de citas” fueron
fundadas por mujeres francesas. Entre los años treinta y cincuenta, empezó a
difundirse la modalidad de los burdeles, en donde los hombres iban no sólo a
comprar servicios sexuales sino también a disfrutar de la música, la
conversación y el baile.
Según el Hand Book de la Unites States Army,
en Medellín en 1930 la proporción de prostitutas era de una por cada 50
hombres; en 1946, de una por cada 30, y en 1957 había llegado a una por cada 13
hombres adultos. En 1963 un censo realizado por la División de Epidemiología
del Municipio identificó en la ciudad 273 lugares donde se contaron 8.376
prostitutas; el mismo censo estimaba que incluyendo las clandestinas el número
total tenía que ascender a 20.000. En 1970, Sepúlveda escribe:
“Es voz común que el departamento cuenta con 25.000 a 30.000
mujeres de vida licenciosa”.
2.5. Los años
ochenta y noventa en Medellín
En la época del narcotráfico llegaban a lujosas casas
de citas mujeres y niñas “compradas” en Venezuela, Ecuador y México. En la
recesión económica que siguió a la disolución del cartel de Pablo Escobar,
contemporáneamente al derrumbamiento económico del país y de los sectores
portantes de la economía de la región antioqueña, la prostitución ha funcionado
como “amortiguador social” para muchos hogares.
Medellín es la ciudad que más ha padecido de las
distorsiones culturales aportadas por el narcotráfico. En los años ochenta,
millares de familias recibieron sustento de él, directa o indirectamente. Pero
aún más relevante que la participación en el asunto de la droga, fue el
producido sobre la economía local, sobre todo en los sectores de comercio y
construcciones.
La rápida urbanización, el crecimiento desmedido de la
ciudad y su economía han creado el sobredimensionamiento de las necesidades
básicas. El modelo de referencia se ha vuelto el estilo de vida de las ciudades
norteamericanas y europeas; los mensajes procedentes del mundo occidental han
empezado a interesar de manera particular la existencia de las mujeres, que
debían ser bonitas y de éxito, tener vestidos a la moda, joyas, perfumes. Es de
aquel tiempo el origen del dicho: “No existen mujeres feas sino mujeres
pobres”. De hecho, en Medellín se realiza un número muy elevado de
intervenciones de cirugía estética, que a veces se realizan con sistemas
“caseros” y peligrosos. Se entrega, en fin, a algunas características
exteriores y a la posesión de algunos objetos materiales la definición de la
identidad, y este mensaje consumista tiene gran impacto en un contexto
caracterizado por una inseguridad creciente.
Hoy en día varias entidades arriesgan estimaciones y
reportan cifras sobre el número de prostitutas en la ciudad, pero la verdad es
que no existe un censo que permita cuantificar la difusión del fenómeno.
Entre los millares que ejercen la prostitución, hay
mujeres que han padecido dramáticas historias de violencia, madres cabeza de
familia que no encuentran otras formas para mantener a los hijos; pero también
chicas y mujeres de clase mediana, estudiantes de bachillerato y universidad.
De hecho, hoy una joven, también cuando es diplomada o licenciada, tiene
escasas posibilidades de encontrar una colocación laboral que corresponda a su
preparación y le permita tener un estándar de vida comparable a los modelos que
llegan del extranjero.
Para una parte de ellas la prostitución es la única
ocupación, para otras es una alternativa en momentos de crisis familiar, o un
instrumento para integrar las rentas procedentes de otra ocupación.
2.6. Desplazadas
de un lugar a otro, según las exigencias de la ciudad
La historia de las MEP en la segunda mitad del siglo XX
está caracterizada en Medellín por formas de expulsión de un barrio a otro
—directas o indirectas— que se han realizado según lógicas de planificación de
la ciudad decididas por los gobernantes, de acuerdo con los principales grupos
de poder económico.
El primer traumático desplazamiento tuvo lugar en 1951,
cuando el alcalde de la ciudad declaró al Barrio Antioquia como zona única de
tolerancia.
Artículo 2: Todas las mujeres públicas que actualmente estén
radicadas en zonas no consideradas como de tolerancia con anterioridad a la
fecha de este Decreto, procederán inmediatamente a trasladarse a la zona
señalada en el Art. 1.
Artículo 3: Las mujeres públicas que habiten en zonas de
tolerancia establecidas como tales con anterioridad al presente Decreto,
tendrán un plazo de cuarenta y cinco días (45), a partir de la fecha de éste,
para trasladarse a la zona demarcada en el Art.1.
Las prostitutas fueron recogidas en
Lovaina, Guayaquil y otros sectores de la ciudad y transportadas en volquetas
hacia el Barrio Antioquia. Éste queda en el Sur Occidente de Medellín y es uno
de los más viejos barrios de invasión que están en la cintura periférica de la
ciudad. Sus orígenes se remontan a los años veinte, cuando se asentaron
emigrantes del campo de diversas regiones del Departamento de Antioquia. Como
muchas áreas urbanas del país, el barrio recibió un nuevo flujo de llegada
durante el período de la “Violencia” de los años cincuenta. En su interior se
sintió fuertemente esta guerra, representando para sus habitantes la primera
oleada de violencia interna.
El decreto 517 tuvo un éxito
traumático y ese momento se quedó impreso en la memoria de los habitantes del
barrio como evento crítico, como “el momento del pecado original”, cuando todo
cambió.
El rechazo de la población obligó
paulatinamente a muchas MEP a desplazarse otra vez, para encontrar un
asentamiento natural en las áreas degradadas del casco histórico, que
gravitaban alrededor del barrio Guayaquil. Pero, en los años setenta, justo al
lado de esta zona, se construyeron los nuevos edificios de la Alpujarra, y
nuevamente se generó un desplazamiento, esta vez hacia el núcleo central del
casco histórico, o sea, a la zona circundante a la iglesia de La Veracruz.
En el corazón del centro, dos
momentos de desestabilización fueron aportados por la construcción del Metro,
iniciada a finales de los ochentas y completada en 1995; y, en el 2000, por la
construcción del nuevo “Museo de Antioquia” y la “Plazoleta de las Esculturas”
de Fernando Botero.
El “Maestro”, originario de la ciudad, decidió donar
numerosas obras escultóricas y pinturas, propias y de otros artistas contemporáneos,
y para acogerlas se necesitaba encontrarle una sede más amplia al Museo de
Antioquia. Las hipótesis eran varias: se podía escoger entre la Fábrica de
Licores, la realización de una nueva construcción en un área verde contigua a
la Universidad de Antioquia, o la vieja sede del Municipio, situada junto a la
iglesia de La Veracruz. La elección recayó sobre este último edificio,
considerando que el proyecto artístico brindaba una razón noble al inicio de un
plan de transformación urbanística del casco antiguo.
La implementación del proyecto “Ciudad Botero” ha
significado la demolición de edificios, el cierre de tiendas, bares y hoteles,
y la expulsión de much@s vendedores ambulantes.
En las primeras décadas del siglo pasado, mientras la
ciudad crecía y se extendía, las clases mediano-altas empezaron a abandonar el
centro, desplazándose hacia los nuevos barrios residenciales del sur: en
edificios elegantes, unidades encerradas, complejos en el campo o fincas. Los
antiguos edificios del centro empezaron a deteriorarse, en la zona se
difundieron ventas ambulantes, bares, hoteles, mercados populares y las calles
comenzaron a habitarse por niños, indigentes y MEP.
Pero ahora hay una inversión de tendencia y se están
diseñando planes de reestructuración que apuntan a “rehacer” y transformar a
Medellín en la “mejor esquina de Suramérica”. Sin
resolver los problemas socio-económicos que afectan a la ciudad, estos planes
tendrán como consecuencia la expulsión hacia los barrios populares de l@s “sin
perspectivas”, l@s “sin trabajo”, l@s “indigentes”; en fin, de l@s que no
tienen suficiente nivel académico o social o económico para habitarlo. Con el
resultado de concentrar en los barrios periféricos a l@s más necesitad@s,
incrementando el conflicto.
El aspecto más dramático es que estas modificaciones de
los equilibrios nunca ocurren de manera “soft”; los conflictos y las
resistencias de las personas implicadas generan mecanismos propios de la
limpieza social. Durante la construcción del Metro, tal como durante la
realización del proyecto Ciudad Botero, han sido denunciados asesinatos de
prostitutas, niños de la calle e indigentes.
Actualmente, en el sector de Guayaquil se están
adelantando tres proyectos edilicios: la construcción de la “Biblioteca
Telemática de EPM”, la “Plaza de la Luz” y la reestructuración de los edificios
Vásquez y Carré, a donde se trasladará la Secretaría de Educación y se
adecuarán oficinas para entidades bancarias. Uno de los edificios más viejos
del centro, el Pasaje Sucre de 1920, considerado bien patrimonial de la ciudad,
fue destruido; en las maquetas y planes quedan cancelados los nombres
tradicionales que guardaban la memoria del centro: la vieja Plaza Cisneros del
mercado es el sitio en donde surgirá un espacio de pies descalzos y relajación
que llevará el nuevo nombre de Plaza de la Luz. Todo para posibilitar un
proyecto arquitectónico que parece sacado de una película futurista y que
tendría que “contribuir a la construcción de una ciudad más equilibrada”.
En Niquitao el plan es derrumbar los viejos
inquilinatos, para edificar viviendas. En La Veracruz se quiere “recuperar” la
zona a través de varios amoblamientos y bulevares, “con el compromiso de mejorar
el entorno del lugar”.
De un proceso de “expulsión” similar está afectado
también uno de los nuevos sectores de prostitución: aquel de San Diego. Se
trata de un barrio que hospeda un importante centro comercial y figura entre
los más grandes planes de desarrollo residencial y comercial. Sobre las aceras
alrededor de la glorieta ejercen niñas y adolescentes y los clientes son
profesionales entre los 30 y los 40 años: “hombres de corbata y maletín”, como
los definen las mismas chicas. En los últimos años (1999 y 2000 sobre todo), la
presencia de estas mujeres se había incrementado, causando continuas quejas y
presiones de parte de los habitantes y de comerciantes de la zona. A las quejas
siguieron las formas de violencia: en el año 2000, quince de ellas han sido
asesinadas en la vía pública, y un número no determinado en moteles y
residencias.
La medida adoptada por la administración pública ha
sido arrancarlas a la fuerza, mediante batidas sistemáticas, alejándolas tal
vez de la dimensión de lo “visible” para obligarlas a espacios “escondidos”. Lo
peor es que a las batidas están sometidas también las menores, que la Policía
se lleva al calabozo con la adultas, mientras que según la ley colombiana el
Estado tiene en sus compromisos la obligación de protegerlas.
A nivel institucional y legislativo, la nueva política
de represión ha encontrado expresión concreta y programática en el “Plan de
Desarrollo” y en el nuevo Código de Policía.
En el “Plan de Desarrollo 2000-2003”, en la parte
intitulada “Por una ciudad de 24 horas”, se lee:
“…hay que desestigmatizar la noche, habitarla, volverla segura
y enriquecerla de opciones. La noche llena de gente se vuelve grata, gana en
productividad y encanto. Hay que rescatar el encanto de la noche de la sordidez
de la prostitución callejera, la delincuencia, las licoreras en la vía pública,
la embriaguez y el peligro de los carros locos”.
Y en el punto 2.3: “Política de equidad de género”:
“Al interior de este grupo poblacional se presenta una
patología social como la prostitución, la cual se convierte en una alternativa
económica para la mujer en condiciones de marginalidad social. Ante este
fenómeno social la Administración no ha escatimado esfuerzos en la búsqueda de
alternativas que dignifiquen la condición de la mujer”.
Mujeres que ejercen la prostitución, violencia y
licores parecen ser parte de una única “patología social”. De hecho, la
administración presente ha dado mayor intensidad a las
medidas de orden público y no ha querido tomar en consideración en ningún
momento la negociación con las MEP.
Oposición a esta política se ha expresado en varias
ocasiones por parte de la sociedad civil organizada en general, y de manera
particular por parte de todas las entidades que trabajan con menores y adultas
que ejercen la prostitución.
Finalmente, genera preocupación la aprobación del nuevo
Código de Policía, con la Ordenanza 018 de 2002 de la Gobernación de Antioquia,
“Por la cual se expide el código de convivencia ciudadana para el Departamento
de Antioquia”, que empezó a regir al principio de este año 2003. El Capítulo IV
del Libro II (Seguridad, tranquilidad y salubridad públicas) está dedicado a la
prostitución.
Artículo 69: Ejerce la
prostitución la persona que comercia habitualmente con su cuerpo para la
satisfacción erótica de otros, mediante relaciones sexuales.
La prostitución, en sí misma, no constituye contravención.
Artículo 70: Los concejos municipales dentro del plan
de ordenamiento territorial señalarán, mediante acuerdo, zonas especiales para
el funcionamiento de casas de lenocinio. Estos establecimientos no podrán
ubicarse a menos de 300 metros de: plazas de mercado, parques, sitios populares
de recreación, centros docentes y asistenciales, casas de beneficencia,
templos, cuarteles, cárceles y fábricas. Determinadas las zonas, los
establecimientos que se encuentren fuera de éstas, dispondrán de seis meses
para trasladarse a las indicadas por los concejos.
Artículo 72. Las administraciones municipales en
forma periódica deberán desarrollar campañas educativas de prevención y tratamiento
de enfermedades de transmisión sexual y Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida
(SIDA).
Artículo 73. Corresponderá a la Secretaría de
Gobierno de cada municipio en coordinación con las autoridades de salud,
ejercer los controles respectivos sobre el ejercicio de la prostitución con el
objeto de evitar la infección por el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH),
el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) y las demás enfermedades de
transmisión sexual.
El paso atrás es muy grave. La prostitución, no
obstante tantas investigaciones y diagnósticos realizados, queda confinada
entre las cuestiones de orden público. Además, se retorna a la “guetización” de
las MEP en “barrios”, se relacionan las enfermedades de transmisión sexual y el
SIDA con la prostitución, y se dictan orientaciones de control y vigilancia que
podrían llevar otra vez a la indigna inscripción obligatoria.
7. La asunción al debate político
En Colombia el tema llegó al debate político sólo en la
década de los noventas, propiamente cuando nacen las primeras asociaciones de
mujeres prostitutas o ex-prostitutas.
En el primer semestre de 1991, se reunió en Bogotá la
Asamblea Nacional Constituyente, convocada para reformar la vieja constitución
de 1886. El proceso fue acompañado por la movilización de numerosos sectores
sociales. En aquel contexto, un grupo de MEP marchó por las calles de Bogotá y
se hizo presente en la escena del Constituyente como sector específico. En las
elecciones que siguieron, un grupo de “reinsertados” procedentes del “M 19”
incluyó en la lista de los candidatos una de las líderes del movimiento.
Mientras tanto, en las principales ciudades del país empezaron a conformarse
las primeras asociaciones.
En Medellín, el inicio de un debate político análogo a
aquel de la capital se cruza con la institución de la “Consejería Presidencial
para Medellín”, surgida por iniciativa del Gobierno de Bogotá en 1993, con el
objetivo de apoyar a la ciudad hacia la superación de la crisis de la época del
narcotráfico. La Consejería tuvo la tarea de negociar con la comunidad un plan
de intervenciones que lograran dar aliento a una ciudad sumergida en la
violencia.
Se abrieron mesas de concertación en las que
participaron OGs y ONGs y una de éstas fue dirigida expresamente a analizar la
situación de las MEP y planear intervenciones. El estímulo vino de un grupo de
feministas, académicas y religiosas de la ciudad, junto a las primeras
asociaciones y grupos informales de MEP. Nacieron así varios proyectos e
intervenciones.
Así como los discursos
institucionales y jurídicos y las investigaciones, también los proyectos han
tenido enfoques diferentes.
En los últimos veinte años, en
Medellín han coexistido:
• Proyectos de instituciones
religiosas
• Proyectos impulsados y
manejados por instituciones del Estado
• Iniciativas y acciones
impulsadas y apoyadas por el movimiento de mujeres o feministas
académicas
• Proyectos realizados por organizaciones de
MEP.
Los primeros son los que se remontan más atrás en el
tiempo y generalmente se han manejado por parte de los sectores más avanzados
del mundo religioso institucional. Los proyectos de las instituciones del
Estado han sido enfocados en la filosofía de la “rehabilitación”, mientras que
la participación a instancias del movimiento de mujeres parece haber sido
esporádica y discontinua.
Cada uno ha tenido o tiene filosofías, contenidos y
metas diferentes y cada uno incorpora o ha incorporado a las mismas mujeres con
una inspiración diferente: como usuarias o como participantes activas o como
sujetas mismas de construcción.
Finalmente, el movimiento de las MEP o ex MEP en
Medellín está en una importante etapa de desarrollo y hasta ahora ha apuntado a
resolver necesidades básicas más que a reivindicaciones políticas y de
derechos. De todas maneras, sería extremadamente interesante hacer un trabajo
de análisis y recopilación a partir de testimonios directos, para guardar
memoria de este proceso organizativo y poderlo evaluar.
Capítulo 3
Mitos, prejuicios y
representaciones sociales
sobre
la prostitución
3.1. Los diferentes enfoques en la mirada a la
prostitución
Empezando un trabajo de investigación y una intervención
sobre el fenómeno resulta extremadamente interesante recopilar, analizar y
evaluar todos los documentos, artículos de prensa, tesis de grado e
investigaciones que están a nuestro propio alcance.
Se trata de un trabajo de conocimiento fundamental y es
un ejercicio que permite “desenmascarar” los prejuicios y los mitos que,
también en el caso de profesionales o investigadores, pueden caracterizar los
primeros acercamientos a un fenómeno tan complejo y controvertido.
La primera característica que impacta frente a la
literatura disponible es el idioma fuertemente ofensivo que siempre se ha
manejado.
“La prostitución socava la moralidad pública provocando el
escándalo de la juventud e incitando a las más bajas pasiones al pueblo
ignorante, minándolo de complejos sexuales y sembrándole las más funestas
enfermedades” .
La prostitución se ha definido de las formas más
repugnantes: comercio carnal, vergonzoso tráfico, execrable vicio, infame
profesión, abominable flagelo. Y sólo recientemente se ha pasado a expresiones
menos indignas pero tampoco respetuosas, como: problemática que afecta a la
sociedad, patología o enfermedad social.
“El flagelo se extiende por toda la República… Las
enfermedades, mientras más peligrosas para la sociedad, más estudiadas deben
ser en beneficio de la misma sociedad”.
Las mujeres que ejercen la prostitución se han nombrado
de varias maneras: rameras, damas de la seducción, obreras de la lujuria,
Magdalenas de la noche, vendedoras de piel, vírgenes de medianoche; mujeres de
vida airada, alegre, mala o licenciosa; mujeres perdidas, escandalosas, vagas;
mujeres “horizontales”, voraces o arrepentidas.
Este último término se utilizaba en la época colonial y
probablemente se origina en la actitud que las autoridades civiles —pero sobre
todo las eclesiásticas— tenían frente a ellas, buscando su arrepentimiento. Por
esto, todas las mujeres que ejercían la prostitución eran para ellos unas
“arrepentidas” en potencia.
Las investigaciones que se han realizado tienen todo
tipo de enfoque: desde el biológico, al psicológico o psiquiátrico, al
histórico, antropológico o social; mientras no existen estudios con clara
perspectiva de género y menos estudios realizados con la participación activa
de las mismas MEP.
Ya se ha dicho que desde finales del siglo XIX hasta
las primeras décadas del XX, las MEP se consideraban como principales
responsables de la difusión de las enfermedades de transmisión sexual. La
sífilis y, en dimensión más reducida la gonorrea, se consideraban enfermedades
“peligrosas para el porvenir de la raza”. Esta prioridad orientaba la atención
a ellas.
En su libro La tragedia biológica del pueblo
colombiano, el médico Laurentino Muñoz sostuvo con ímpetu la necesidad de
que el Estado colombiano impulsara una campaña contundente en contra de la
prostitución.
Las tesis “criminalísticas” de los antropólogos franceses
Lombroso y Ferrero, quienes consideraban que las prostitutas tenían los mismos
caracteres físicos y morales de los delincuentes, tuvieron una fuerte
influencia en el país en la primera mitad del siglo pasado. Por esta teoría,
las prostitutas eran unas criminales desde su nacimiento, y sus deficiencias
psico-patológicas, determinadas por la ley de la herencia, eran responsables de
la presencia en ellas de una personalidad “psicópata” y “anormal”. A partir de
este discurso se ha desarrollado toda una tradición de estudios con enfoque de
salud mental.
Ya en la segunda mitad del siglo XX, con el desarrollo
de las ciencias humanas en sus componentes históricos, antropológicos y
sociales, han empezado a aparecer explicaciones que miran a las precariedades
socio-económicas como principales causas determinantes del ingreso a la
prostitución.
A la investigación académica se sumaron los
“diagnósticos” realizados por OGs y ONGs, que apuntaban a la búsqueda de
informaciones para orientar las intervenciones. La raíz idiomática del término
mismo mucho nos dice sobre la filosofía que los inspira, considerando que se
diagnostican las enfermedades, para encontrar una “terapia” y “eliminarlas”.
La mayoría de estos análisis generalmente concuerdan en
reconocer un rango de factores sociales y psicológicos que contribuyen a la
decisión de las mujeres de ingresar a esta actividad.
En cada caso, el tipo de intervención que se recomienda
como conclusión depende de los factores que los investigadores o los
profesionales que han realizado el estudio enfatizan.
Por lo general, cuando se identifican algunas carencias
psicológicas como núcleo del problema (pereza, indolencia, debilidad mental,
derroche, pesimismo, entrega sexual como sustituto de un vacío emocional o
exageración insaciable del instinto sexual, etc.), su condición se tiende a
considerar sin salida. Cuando, en cambio, se acentúan “los factores sociales”,
el comportamiento de las mujeres no está condenado, sino enmarcado como
comprensible y sus posibilidades de “redención” o “rehabilitación” o
“recuperación” o “salida” de la prostitución son favorables.
En este segundo caso, el abanico de los factores
causantes es amplísimo: violación a muy temprana edad, bajo nivel académico,
pertenencia a familias disfuncionales, embarazo precoz, abandono por parte del
esposo o compañero, y otros. Sin embargo, el factor determinante principal
siempre es la pobreza, sin aclarar siquiera qué se entiende por pobreza.
En el Diagnóstico Social de Medellín, publicado
en el año 2000 por la Secretaría de Bienestar Social, se lee en la sección
referente a la prostitución:
“Estudios realizados en 1969, 1984, 1986 y 1998 en Medellín
han señalado causales diversas del fenómeno, entre ellas: el ambiente familiar
que parece un precipitante decisivo; la ignorancia, más específicamente la
falta de conocimiento, en lo que al campo sexual se refiere, lo que demuestra
una vez más la necesidad de fortalecer los programas de educación sexual en los
colegios y población en general; el ambiente social como medio de difusión y
proyección humana; y por último el sistema económico en el cual se desenvuelve
la joven”.
Entre las causales del fenómeno se atribuye importancia
principal a los factores intrínsecos de las mujeres —condiciones de la familia
e ignorancia acerca de la sexualidad—, y de todas maneras no se sustentan con
cifras o informaciones detalladas las conclusiones.
3.2. Diagnósticos
e investigaciones socio-económicas
Los factores socio-económicos son por supuesto
importantes elementos de conocimientos de la “población sujeto” y por lo tanto
indispensables para orientar las intervenciones; pero más complicado es asumir
que los componentes del perfil son automáticamente causas.
De hecho, en varios países el
análisis comparativo de estudios realizados sobre la población femenina en su
totalidad y estudios realizados con muestras de MEP, permiten presumir que los
factores socio-económicos no son los únicos o principales factores
determinantes, puesto que el perfil de las MEP no se diferencia de forma
significativa del perfil de las mujeres que pertenecen a su mismo estrato
socio-económico.
En una investigación realizada en
los años noventa en Perú, Lorena Nencel comparó los resultados de tres censos
realizados en Lima sobre la población femenina —en 1908, 1920, 1931— con una
investigación que en 1936 describía el perfil de las mujeres prostitutas de la
ciudad. Después de esta comparación concluye que:
“...las prostitutas corresponden al retrato (bosquejado por
Miller) sobre la mujer de clase media limeña, las cuales estaban limitadas en
sus opciones como las mismas prostitutas”.
También en el caso de Medellín, el análisis
sobre el perfil de las MEP que participan de Espacios de Mujer, que se
presenta en el capítulo 5, ofrece interesantes elementos de reflexión.
Las producciones teóricas abundan
también sobre las consecuencias que la prostitución deja en la vida de las
mujeres, sobre todo referente al manejo de la sexualidad. En este asunto,
también entre las publicaciones más recientes se encuentran conclusiones que no
se fundan sobre investigaciones científicamente sustentadas.
“El ejercicio de la prostitución comporta profundas
consecuencias disintegradoras del yo, en cuanto compromete la totalidad
de la persona con sus distintas capacidades incluido su cuerpo... En efecto, en
la conciencia de las mujeres prostituidas opera una disociación muy clara entre
la(s) parte(s) del cuerpo que se alquilan y el resto”.
Conclusiones como éstas parecerían conceptualizar a la
prostitución como el oficio más alienante, sin considerar que otros empleos,
como el servicio doméstico, la maquila o la venta ambulante, tienen muchas de
las mismas características alienantes.
Hablando de los discursos victimizantes que se manejan
en Europa frente a la situación de las MEP migrantes, Laura Agustín expresa lo
siguiente:
“Un elemento fundamental sobre el cual se basa esta reacción
generalizada tiene su raíz en el supuesto de que el cuerpo de la mujer es sobre
todo un “lugar” sexual. Según este supuesto, las experiencias y los órganos
sexuales de las mujeres son elementos esenciales de su auto-estima. Aunque este
concepto puede ser cierto para algunas, no lo es para todas, y la utilización
del cuerpo para obtener una ganancia económica no resulta ni perturbador ni tan
importante para muchas prostitutas, quienes generalmente manifiestan que la
primera semana de trabajo les resultó difícil pero que después se adaptaron.
Algunos teóricos suponen que algo como el alma o el verdadero yo es “alienado”
cuando se mantienen relaciones sexuales fuera del contexto de “amor”, y que las
mujeres quedan irremediablemente dañadas por esa experiencia, pero son sólo
hipótesis moralizantes imposibles de comprobar. Algunas mujeres se sienten así
y otras derivan placer de la prostitución, lo cual sólo significa que no existe
una única experiencia corporal compartida por todos, un resultado no tan
sorprendente, después de todo. En cualquier caso, incluso las prostitutas a
quienes no les gusta lo que hacen dicen que es mejor que muchas otras opciones
que tampoco les gustan; aprender a adaptarse a las circunstancias e
ignorar los aspectos desagradables del trabajo es una estrategia humana normal”.
Pocas, en cambio, son las investigaciones que tengan la
meta de averiguar cuántas mujeres harían la elección de pasar a otra actividad,
pero a las condiciones que el mercado del trabajo puede garantizar actualmente
en el país. Y cuando se han hecho, los resultados han desmentido la opinión
común que las MEP sufren y se someten a la fuerza a las condiciones de su
oficio y que aceptarían cualquier condición para salir de él.
Según una investigación realizada en 1966 por un grupo
de estudiantes de la Academia Superior de Policía en Bogotá, de las mil
encuestadas un 34% afirmó que prefería la eliminación del fenómeno, un 19%
estaba por su tolerancia y un 47% solicitaba normas de reglamentación. Siempre en Bogotá, treinta años
después en un estudio de la Universidad Nacional, el 39% de las entrevistadas
ha declarado no querer dejar la prostitución.
Finalmente, de una investigación realizada en 1968 en Medellín sobre una
muestra de 184 mujeres, resultó que el 23% no pensaba retirarse de inmediato y
el 76% lo haría, pero bajo condiciones tales como regresar al hogar, tener un
hombre que la sostuviera, encontrar empleo o emprender un negocio propio.
El porcentaje elevado de mujeres que declaran no querer
dejar el oficio es elevado y se supone que sea más alto de cuanto se ha
declarado; considerando que muchas barreras culturales impiden a las MEP
confesar a un extraño su opinión en propósito.
3.3. El
análisis de las dinámicas
No es solamente en referencia al perfil de la
“población sujeto” que las investigaciones parecen viciadas por prejuicios,
sino también en referencia a las dinámicas del fenómeno. Por ejemplo, la
mayoría de los estudios que se encuentran hablan de incremento del fenómeno;
pero, si se mira más a fondo, estas conclusiones resultan por estimaciones y no
por censos, como se podría entender al comienzo.
Además, se tienen también datos y estimaciones
diferentes referentes a la misma época. Por ejemplo, según cifras del Distrito
de Bogotá en 1950, dos años después de la aprobación del decreto 95, había
40.000 prostitutas, distribuidas en 12.000 casas. Escribe Sepúlveda que:
“De los 300 barrios capitalinos no hay uno solo que no esté
afectado por la modalidad de la prostitución...”
Pero la cifra no parece atendible, considerando que
equivaldría al 8% de la población total en esa época. Sepúlveda reporta que en
el mismo año una investigación particular hablaba de 100.000 mujeres, y una
dependencia del Ministerio de Justicia de 30.000. Los datos se encontraban en
un artículo intitulado “Ventas de mujeres” de la revista La Hora editada
por Caritas Colombiana, que lanzaba la alarma para las “proporciones
gigantescas del problema”.
Esto es sólo un ejemplo entre muchos de lo que
podríamos llamar el “juego de las cifras”, que caracteriza toda época y
la historia de cada país, en donde cada sujeto cuantifica el fenómeno
respondiendo a sus exigencias, que pueden ser de orden público, políticas o de
otro tipo. Generalmente, la alarma clama una intervención urgente, asustando la
comunidad y asegurándose apoyo por parte de ella sobre las políticas
represivas.
Prácticamente, es lo que está pasando hoy en día en
Europa, en donde un discurso hegemónico sustenta la alarma sobre la “trata de
mujeres” presentando cifras “hinchadas”, y esta política, en lugar de
resolverse en apoyo a las supuestas víctimas, se resuelve en represión y
deportación.
La verdad es que resulta muy difícil tener datos
estadísticos confiables, primero que todo por efecto de la marginalidad y
clandestinidad que envuelven el fenómeno.
Otro elemento que en las investigaciones parece ser
sólo una característica actual es la presencia de niñas de clase media y alta;
sin embargo, recorriendo la bibliografía se resalta que también en el pasado se
ha encontrado esta presencia.
“La visita de las niñas de bachillerato a tales lugares es
bien sabida por institutores y padres de familia… Los proxenetas —hombres y
mujeres— se han dado la tarea de conquistarse a las jóvenes estudiantes de
escuela superior” .
En los últimos años se ha incrementado el ejercicio de
la prostitución en cohortes de mujeres jóvenes y sin cargos familiares. Pero
también aquí resulta importante comparar el fenómeno con el contexto general,
en donde la frecuencia de las menores aumenta en varias otras situaciones:
conflicto armado, muertes violentas, embarazos precoces, unión libre y
separación, entre otras. Este dato nos sugiere un generalizado “enfrentamiento
precoz a la vida” que l@s colombian@s están teniendo y no es exclusivo de la
prostitución.
Los resultados de la Encuesta Nacional de Demografía
y Salud (ENDS) de Profamilia de 2000, nos dicen que los jóvenes cada vez
ejercen su sexualidad a una edad más temprana: los hombres a los 13 y las
mujeres a los 15, cuando a mediados de los años noventa era a los 16 y a los 19. Así mismo está aumentando el número
de embarazos precoces, los bebés no deseados y las enfermedades de transmisión
sexual.
3.4. “Imágenes
fijas sin escapatorias” o trampas explicativas
La prostitución es un fenómeno complejo, que abarca a
varios sujetos “protagónicos”, que van desde las prostitutas, a los clientes, a
l@s dueñ@s y administradores de los negocios, a los patrones culturales que se
han construido sobre el fenómeno. Apostar los reflectores siempre sobre las
mujeres, oscureciendo todo el resto, no permite contextualizar el fenómeno.
Además, hay algo de muy perverso y
por lo tanto peligroso en seguir limitando los “diagnósticos” a ellas; a veces
esto significa basarse sobre un prejuicio, aunque inconsciente, que quiere ver
en sus seres y sus vidas las causas de la existencia del fenómeno. En el mismo
tiempo, buscar las causas de la prostitución significa considerarla como un
problema social que habría que atacar, disminuir o desaparecer.
Como subraya justamente Lorena
Nencel:
“Los patrones subyacentes que ordenan y estructuran la versión
escrita de la prostituta no solo contribuyen a su marginalización y privan a la
mujer que se prostituye de su libre albedrío: también legitiman los intentos
por combatir el problema de la prostitución atacando a la prostituta”.
Estos modelos explicatorios originan
lo que esta investigadora llama “imágenes fijas sin escapatorias” o “callejones
sin salida”, en los cuales las mujeres quedan atrapadas, transformadas en
víctimas de las circunstancias y simultáneamente víctimas de sí mismas. Y todo esto porque no se puede
aceptar en ningún caso la elección, como factor determinante.
Los medios de comunicación son la fuente más adecuada
para desmantelar el imaginario de género cargado de valores que caracteriza el
fenómeno. Las noticias que se reportan generalmente son sensacionalistas y
ofrecen imágenes que despiertan compasión, excitación sexual o aversión. El
perfil de la mujer oscila entre la puta, la niña que se voló de papás
violentos, la sardina sin disciplina, la madre abandonada o soltera que ingresa
a la prostitución por sus niños. A menudo, la prostitución se pone en relación
con la droga y la criminalidad. Se caracteriza el fenómeno como “venta del
cuerpo” mientras lo que se vende es un servicio, que puede ser el acto sexual o
la alegría o la disponibilidad a escuchar y ser confiada.
3.5. Representaciones
sociales y percepciones personales
Las representaciones sociales que
definen el concepto de la prostitución y el perfil de la MEP no guían sólo
comportamientos y actitudes de la comunidad, sino también la percepción que la
MEP tiene de ella misma. Se trata de una relación “circular” en donde la
representación alimenta la percepción personal y ésta reproduce y sigue
alimentando la primera. El resultado es una falta de libertad hasta en los
sentimientos que se generan sobre sí misma.
Para romper ese círculo es necesario trabajar sobre las
representaciones sociales para permitir a las MEP conquistar la libertad de ser
y elegir; pero también es necesario que ellas asuman un papel político
fundamental frente a sí mismas, empezando por rechazar la percepción que les
impone la sociedad. De hecho, el movimiento de las TS surge porque había unas
condiciones culturales y políticas que permitían una abertura y porque las TS
asumen la decisión política de expresarse e interactuar con la historia de su
marginación.
Un aprendizaje muy importante hacia la importancia de
lo fundamental de este componente fue para el programa Espacios de Mujer
el trabajo con un grupo de MEP que estaban en el proyecto desde hacía algunos
años y que habían participado en varios talleres de “ética”, “autoestima”,
“crecimiento personal”, “desarrollo humano”.
Desde el comienzo de nuestro trabajo con este grupo lo
que impactaba era el grado de uniformidad en las representaciones y
proyecciones de las mujeres respecto a sus identidades. Todas utilizaban el
mismo idioma: “Caí en la prostitución”, “quiero salir de este fango”, “quiero
salir adelante”, “caí en la prostitución porque no me valoraba”.
Sus palabras y discursos parecían moverse a la par de
las nociones producidas en el discurso hegemónico y patriarcal dominante.
Cuando recorrían sus historias, las reinterpretaban y el relato empezaba con la
búsqueda de la razón o más bien justificación del porqué habían empezado a
ejercer la prostitución. Cuando se trataba de una mujer que había dejado la
prostitución, la época de la prostitución se relataba como “un limbo sin luz”.
Muchas manejaban sobre ellas mismas estereotipos que
corresponden a los que frecuentemente se escuchan: “Nuestra plata es mal
ganada, por eso como viene así se va”, “nosotras no tenemos autoestima”,
“estamos en la prostitución porque no hemos aprendido a valorarnos” o “porque
nadie nos ha valorado”, “lo que pasa es que somos muy individualistas”.
Un estereotipo común de quien ha trabajado con MEP es
que ellas son individualistas y les falta conciencia política; pero se trata de
un asunto más complejo. La marginación que ellas reciben no les permite
involucrarse en la vida del barrio, lo cual las hace muy poco políticas en sus
expresiones y manera de pensar.
Fue necesario profundizar la relación y ganar la
confianza para que ellas empezaran a contar una vivencia diferente y más
compleja de aquella que creían que todo mundo quisiera escuchar. Empezaron,
así, a dibujarse los sentimientos contradictorios que viven frente a su oficio,
las satisfacciones que existen al lado de los dolores, las preguntas que los
estereotipos ocultan, las realidades que para muchos es un esfuerzo reconocer.
Empezar a trabajar con jóvenes que no tienen intención
de dejar la prostitución y que no manejan fuertes sentidos de culpa, ha
permitido instaurar una relación más directa y menos mediada por percepciones
culturales.
Capítulo 4
“Espacios
de Mujer”, un camino de construcción
4.1. La difícil situación social, económica y
política que atraviesa Colombia
Indudablemente, las MEP en el transcurso de la historia
han sido silenciadas, marginadas, juzgadas, estigmatizadas, lo cual ha tenido
como consecuencia que esta actividad se organizara en espacios “oscuros”, que
no permiten un ejercicio seguro del oficio.
Leyes, decretos, ordenanzas, pero también
investigaciones y diagnósticos siguen manteniendo a estas mujeres en un
“callejón sin salida”; las atrapan como en una especie de película que
privilegia el relato de violencia y horror, a la visibilización de talentos y
habilidades.
La mayoría de los discursos prefieren expresar que no hubo
libertad en la elección de las mujeres de ejercer la prostitución, y sus sueños
y anhelos son “desaparecidos” atrás del cuento de su cruel situación.
Pero las MEP son primero que todo mujeres en un país
afectado por la guerra y una grave situación socio-económica, y este factor es
fundamental para la lectura del fenómeno.
La política neoliberal que se ha afirmado a partir de
finales de los ochentas, ha generado una crisis que tiene como consecuencia el
desempleo, la pérdida de poder adquisitivo de los sueldos, y una polarización
económica siempre más amplia. Según el Informe de Desarrollo Humano para
Colombia 1999 del Departamento Nacional de Planeación (DNP), en ese año, el
50% de la población tuvo que repartirse el 13,8% del PIB,
mientras un 20% ha tenido acceso al 62,4% de ello. Buena parte de la población
recibió ingresos tan bajos —el 45% en las áreas urbanas y el 80% en áreas
rurales— que no ha podido satisfacer necesidades básicas como vivienda, salud,
educación. El 77% de los trabajadores recibe apenas un salario mínimo, otro 15%
dos y sólo el 8% más de dos.
Según la misma fuente, los ajustes macroeconómicos
están significando altos costos sociales, y el “índice de desarrollo humano” de
Colombia en los tres años antecedentes a 1999 retrocedió 11 puntos; sólo “la
inequidad equivale a un retroceso de más de diez años”, dice el informe.
La crisis incide fuertemente sobre las condiciones de
trabajo, determinando el incremento de la economía informal y la pérdida de las
garantías mínimas. Actualmente, sólo el 7,5% de los trabajadores colombianos
serían vinculados, mientras los demás se encuentran en condiciones precarias.
El sistema de los contratos temporales y de la maquila
está sustituyendo paulatinamente la modalidad de la vinculación, con todas las
garantías de ley que ésta significa. La contratación a terceros termina con
entregar la relación laboral a pequeñas empresas, que en la mayoría de los
casos no pagan ni siquiera el salario mínimo legal vigente (s.m.l.v.), el cual
además no ha crecido en los últimos quince años como la inflación.
Actualmente en Colombia el s.m.l.v. es de $ 332.000,
mientras se calcula que una familia para satisfacer sus necesidades básicas
tiene que disponer de tres, cuatro sueldos mínimos.
El costo de la educación para la
población se ha incrementado y un número siempre mayor de padres no puede
garantizar la educación de l@s hij@s. Según el Informe del DNP, en la ciudad
las familias gastan en promedio 1/5 de los ingresos para el colegio, y el 20%
más pobre de la población tiene que reservar el 40% de los gastos mensuales.
Aún aceptando las condiciones que el
mercado posibilita, no es fácil conseguir una inserción laboral. Hay que decir
que frente a la reducción de la demanda laboral, los mismos empresarios han
implantado más rígidos criterios de selección; hoy en Colombia hay que ser
bachiller y tener una edad inferior a los 33-35 años para ser contratada de
obrera en una fábrica de confecciones. Generalmente, una mujer que no tenga
dicho perfil, puede lograr sólo empleos en servicios varios o en pequeñas
unidades productivas, con un sueldo que a veces no alcanza ni la mitad del
mínimo; o puede desempeñarse en la venta ambulante u otras formas de
autoempleo, con un nivel de inestabilidad e inseguridad aún más alto.
De igual manera están afectados por
las políticas neoliberales los sectores gubernamentales y no gubernamentales;
por ejemplo, la Ley 617 de reestructuración causó hace poco la expulsión de la
administración pública de cantidad de mano de obra especializada.
Tal situación económica tiene
consecuencias dramáticas sobre la vida y posición de las mujeres, quienes son
las primeras en perder su trabajo, y son paulatinamente empujadas hacia el
sector informal.
Según una investigación realizada
por Profamilia, en la actualidad las mujeres que tienen un trabajo son menos de
la mitad de la población femenina. De ellas, el 55% está empleado en el sector
de los servicios, el 6% ejerce actividades manuales no calificadas y sólo el
23% se desempeña en actividades profesionales y técnicas. Según
la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) en Colombia los salarios de las
mujeres son hasta un 30% inferiores a aquellos que tienen los hombres. Además,
a paridad de trabajo y nivel académico, ellas ganan en promedio un 15.2% menos.
Las mujeres son la minoría entre los trabajadores con función directiva (22%),
los trabajadores independientes con actividad registrada (34.1%) y los
empleados (39.1%); las más afectadas por la discriminación salarial son las
campesinas.
De acuerdo con los estudios del
Centro de Investigación sobre el Desarrollo Económico (CEDE) de la Universidad
de los Andes, las profesionales que trabajan en empresas se desempeñan
generalmente en los sectores de contabilidad, administración, relaciones
industriales o públicas, compras, ventas o informática. Es raro encontrarlas en
planeación de producción, seguridad o mantenimiento. Entre los cargos más
elevados que logran: jefe de departamento, gerente de sucursal,
asistente, secretaria del presidente o administradora.
En la esfera de la “reproducción”,
en cambio, el cuidado de hij@s y de la familia les toca totalmente a ellas,
quienes trabajan cada día de dos a diez horas más que los hombres.
A las insatisfacciones que
caracterizan la vida social se añade la situación de violencia que las mujeres
viven en sus hogares, que en los últimos años ha registrado un grave
incremento.
Según los datos del Instituto de
Medicina Legal, en 1999 el 95% de las víctimas de violencia conyugal fueron
mujeres; el 92% de las mujeres agredidas eran amas de casa. En Colombia, la
primera causa de muerte violenta para las mujeres entre los 15 y 44 años es el
homicidio por parte del compañero o esposo.
La Encuesta Nacional de
Demografía y Salud (ENDS) de Profamilia revela que a nivel nacional el 65%
de las mujeres fue objeto de violencia por parte de la pareja y que el 47% fue
sometido a violencia física; el 11% de las mujeres fue violado por su pareja y
el 68% ha declarado que el marido abusa de licores.
Igualmente dramáticas son las cifras sobre el maltrato
a menores de edad. La Procuraduría General de la Nación afirma que el 60% de
l@s niñ@s sufren maltrato en familia y según el Instituto Colombiano de
Bienestar Familiar (ICBF) el número de menores que han sufrido violencia sexual
subió muchísimo entre 1996 y 1998.
4.2. Las consecuencias de la crisis sobre la
vida de la mujeres en Medellín
Medellín es la segunda ciudad de
Colombia, tanto en tamaño como en importancia socio-económica. En total alberga
una población aproximada de tres millones de habitantes, incluyendo los demás
municipios del Área Metropolitana. En el siglo XX se ha caracterizado por ser
un centro industrial y comercial de gran importancia, motivo por el cual es
fácilmente afectada por los problemas macroeconómicos del país. Con la
recesión, la economía ha sufrido problemas importantes, generando masas de
desempleados calificados y por lo tanto con mayores expectativas que las otras
regiones.
La tasa de desempleo urbano ha alcanzado
cifras promedias de 23-25%, mientras que en los barrios más pobres de la ciudad
el desempleo alcanza la cifra del 62%.
La mitad de este desempleo se debe a
los continuos cambios estructurales y a la inestabilidad del mercado, en donde
la demanda busca en la mano de obra calificaciones siempre nuevas y diferentes.
La otra mitad obedece al menor crecimiento de la economía.
A las altas tasas de desempleo están
asociados la deserción escolar y los bajos niveles de capacitación laboral,
esto por razón también de los bajos ingresos familiares que no permiten
sufragar el costo del estudio; y la falta de capacitación no permite obtener
empleos con buenas remuneraciones.
Una investigación realizada en 1998 ha revelado que en
la ciudad el 66% de las mujeres gana menos de 1 s.m.l.v. frente al 43% de los
hombres, y tiene ingresos superiores a 2 s.m.l.v. el 16% frente al 25% de los
hombres.
Tabla 4.1: Ingresos de hombres y mujeres
Ingresos
Mujeres
Hombres
½ salario
s.m.l.v.
64,13 %
32,46 %
1 salario
32,43 %
64,6 %
Mayor a 3
salarios
0,36
%
0,37 %
La tasa de mujeres “jefas de hogar” es del 41% en
promedio. En los niveles de puntaje del SISBEN, en el nivel 1 las mujeres
constituyen un 47% mientras en el nivel 6 son 24,5%, frente a los hombres con
53% y 75,5% respectivamente.
En cuanto al sistema de afiliación a la seguridad
social, se tiene un 22,7% de afiliadas directamente, un 6% como beneficiarias y
un 71,3% de no afiliadas.
Según otra investigación, la tasa de hogares con
jefatura femenina es del 28,1% (en 1996); de estos hogares, el 90,8% se ubican
en los estratos bajo bajo y bajo medio bajo. Para 1997 el 97,8% de los hogares
de los niveles 1, 2, 3 y 4 del SISBEN tienen jefatura femenina.
“La apremiante necesidad de las jefas de hogar de adquirir
ingresos, genera además un alto grado de subempleo. En Medellín es del 18%.
Para jefas de estratos bajos es del 23,8%. Una de las características del
empleo de las mujeres cabeza de hogar pobres en la ciudad, es la tasa de
rotación que corresponde al 25,6%, lo que significa una alta inestabilidad en
los empleos, fenómeno que se da incluso en los empleos independientes (22,3%)”.
Medellín es también la ciudad en donde se registran los
niveles más elevados de violencia intrafamiliar. Aquí, el porcentaje de mujeres
que han recibido violencia física por su pareja asciende desde el promedio
nacional de 47% al 61% y son más frecuentes los estupros en las familias que
fuera de ellas.
Los casos de violencia en familia examinados hasta
finales de noviembre de 2002 por el Instituto de Medicina Legal son 2.485 (7,5 casos
por cada día). El mayor número de agresiones es causado por el cónyuge de la
víctima (58,8%), y seguida por hermanos (11,4%), un familiar (10,6%), el padre
(7,8%), la madre (5%), y el padrastro (2,1%).
El Instituto de Medicina Legal ha registrado en particular,
613 casos de violencia sexual (casi dos por cada día): 499 de los agredidos son
menores de edad y, de éstos, 85 son de sexo masculino y 414 de sexo femenino,
un hombre por cada 11 mujeres. Los agresores son desconocidos en el 33,5% de
los casos, son conocidos en el 32,6% y se trata de familiares en 30,2% de los
ataques.
Es evidente, en la lectura de estas cifras, cuán
dramática es la situación que enfrentan las mujeres en Colombia, y de manera
particular en Medellín; no debe ser tan sorprendente, entonces, que la
prostitución pueda ser para muchas una opción.
4.3. Filosofía
y ejes estratégicos del programa Espacios de Mujer
Desde el comienzo, el programa Espacios de Mujer
se ha fijado el objetivo de contribuir a mejorar el nivel de vida de las
mujeres que ejercen la prostitución en Medellín, en su vivencia privada, su
oficio, y su presencia social en la comunidad en la cual viven. Este objetivo
se cumple apoyándolas para adquirir herramientas que les puedan permitir
fortalecer el goce de sus derechos como mujeres y en el oficio que desempeñan;
empezando por el primer derecho que tienen como grupo específico: a poder
ejercer su oficio de forma digna y segura.
El programa no busca propiciar la
decisión de abandonar la prostitución, por la inconsistencia de este objetivo,
que se fundamenta en una visión moralista y asistencialista, que no quiere
reconocer voz y voluntad en ellas.
La población sujeto es casi
exclusivamente de mujeres adultas, no siendo parte de nuestro trabajo la
prostitución de menores, que requiere de otras estrategias y metodologías de
intervención. El programa quiere dirigirse a las mujeres que por su propia
decisión, o sobre la base de necesidades concretas, o inducidas por alguien que
pertenece a su entorno primario o secundario, optaron por ejercer la
prostitución en algún momento de la vida.
Las “palabras claves” que elegimos
utilizar para nombrar a la población sujeto son Mujeres que Ejercen la
Prostitución (MEP), definición que abraza buena parte de la filosofía del
proyecto mismo.
No utilizamos la definición prostituta,
por la acepción negativa que ha tenido en el transcurso de la historia de cada
país; y además, porque ésta invisibiliza el sujeto a quien nos dirigimos: las
mujeres.
No utilizamos la palabra prostituida,
porque consideramos que es una palabra que se pueda referir solamente a mujeres
que están obligadas a la prostitución por un sujeto externo. Utilizar este
término para todas las MEP significa quitarles voluntad y las hace aparecer
como víctimas.
No utilizamos la definición trabajadora
sexual porque consideramos que solamente ellas mismas pueden exigirla. Si
se sienten trabajadoras como otras en su oficio está en ellas reivindicar, asumir
y expresar esta identidad política, así como se ha hecho en otros países.
Además, el término, como se dijo en
los anteriores capítulos, incluye tod@s l@s trabajador@s del sexo: mujeres,
hombres y transgéneros. Pero el programa está dirigido solo a mujeres. Además,
hasta ahora no han surgido aquí, como en otros países, alianzas de las MEP con
otr@s trabajadora/es del sexo.
No utilizamos la expresión mujeres en situación de
prostitución porque la prostitución no es una situación que se sufre
pasivamente, como por ejemplo la pobreza, la guerra o la violencia, sino una opción
que en algún momento una mujer puede tomar, si bien bajo condicionamiento de
las circunstancias.
Cada una de las definiciones precedentes, más allá de
incluir filosofías lejanas de nuestra trayectoria, puede referirse a una parte
de las mujeres que ejercen la prostitución; pero MEP las abarca a todas, las
que están obligadas, las que quieren, las que les encanta, o las que lo
empezaron porque algún familiar o amiga lo hacía. Es una definición neutra y
resalta que a todas se dirige el programa.
Además, nos parece una definición más respetuosa
porque insiste sobre la subjetividad (son ellas las que cumplen la acción de
ejercer). Su subjetividad se queda íntegra (son mujeres, por supuesto, aunque
ejerzan este oficio), pero quitar de su definición la subjetividad significa
tener dificultad en reconocer que algunas mujeres pueden ser actoras de su
“hacer” en la prostitución, y, por otro lado, querer justificarlas, como si
fueran culpables de algo.
4.4. Los ejes fundamentales de un camino de
intervención
Espacios de Mujer es un “punto de encuentro”, un
centro de atención, escucha y empoderamiento para mujeres que ejercen o han
ejercido la prostitución; es un taller de trabajo y un espacio de construcción
conjunta. Para la población sujeto es un lugar en el cual aprenden a conocer
derechos y descubrir habilidades; para profesionales y expert@s, un espacio de
aprendizaje, que está permitiendo derribar representaciones y modelos
interpretativos corrientes sobre el tema; antes que todo, el estereotipo que
las MEP no tienen “autoestima” o que no son capaces de definir un proyecto de
vida. En cambio, ellas son mujeres con una fuerte subjetividad, son conscientes
del valor de que son portadoras y tienen sueños y proyectos puntuales: lo
cierto es que la barrera al logro de sus metas les viene del medio
socio-económico en el cual viven.
Desde el principio, el programa ha realizado un
análisis de las intervenciones hasta aquí realizadas en Colombia sobre el
fenómeno, con el intento de llegar a experimentar metodologías propias.
La estrategia que se escogió está centrada sobre los
derechos humanos de las mujeres y las condiciones de vida específicas de las
MEP. De hecho, hasta ahora se ha insistido demasiado sobre sus deberes y sobre
la necesidad de un cambio en ellas, en sus actitudes y en su manera de vivir.
Los ejes estratégicos
alrededor de los cuales se está desarrollando el programa son los siguientes:
• Reducción del daño
• Empoderamiento
• Sensibilización, información y educación en la
comunidad.
• Reducción del daño
La prostitución es un hecho que hace parte de la
experiencia social, no es delito ni pecado. A pesar de ser un oficio que provee
recursos económicos así como otros trabajos, la doble moral que siempre ha
caracterizado la mirada a ella hace que la prostitución sea el oficio en el
cual más se violen los derechos de las mujeres involucradas: por razón de la
actitud irresponsable o violenta de los clientes, de los dueños de los negocios,
y de muchos actores sociales que dirigen formas adicionales de marginación,
violencia o abuso a mujeres conocidas por ser prostitutas.
La presencia de organizaciones embrionales entre ellas
ha hecho además que no desarrollen formas compartidas de autocuidado frente a
los peligros que enfrentan.
Desde estas reflexiones surge la aplicación de
estrategias de reducción del daño, que se experimentaron en trabajos con otras
categorías marginadas.
Los “daños” que ellas reciben en su salud física y emocional
y por razón de la inseguridad del medio donde trabajan se pueden prevenir y
reducir mediante actividades de información y educación al “autocuidado”. De
hecho, cada una de ellas desarrolla cotidianamente estrategias de protección,
pero es importante que estas espontáneas formas de “defensa” se potencien y se
compartan entre ellas y con los sujetos con quienes se relacionan.
Lo anterior en el sentido que cada una de ellas asuma
ejercer libre y responsablemente su oficio, adoptando reglas como la utilización
siempre del preservativo y de métodos anticonceptivos; la protección frente a
la violencia y colaboración entre compañeras para este fin; el conocimiento de
sus derechos y la posibilidad de hacer cualquier denuncia ante las violencias
recibidas por parte de las autoridades que por sus condiciones de poder
generalmente abusan de la situación que ellas viven.
Una estrategia de reducción del daño involucra
también a los clientes, entre los cuales es importante crear conciencia de la necesidad
de acatar las reglas del “sexo seguro” y respetar la integridad y dignidad de
las mujeres a las cuales piden el servicio.
También se tienen que involucrar dueñ@s y
administradores de bares, hoteles, casas de citas y demás sitios en donde el
oficio se ejerce, para involucrarlos en los procesos formativos frente a los
grupos y para que garanticen a las MEP apoyo, protección, seguridad e higiene
en los lugares de trabajo.
• Empoderamiento
Este eje estratégico surge del convencimiento de que
las MEP tienen que ser las actoras de los cambios, para lograr condiciones de
vida y de trabajo más respetuosas de sus derechos humanos.
El empoderamiento es la posibilidad para los grupos
minoritarios de tomar sus vivencias en sus propias manos, de imponer sus
razones y desarrollar un sentimiento positivo de control sobre su propia vida.
Es un concepto que parte de la valoración y consideración del sí individual y
debe apuntar a producir promoción social y comunitaria.
En este caso el papel del programa se concretiza en un
acompañamiento hacia la autonomía, para la construcción de un proyecto de vida
basado en la libertad de elegir, en la prostitución o en otras opciones
laborales.
De hecho, en su vida en la calle las mujeres
desarrollan habilidades que les permiten llevar a cabo importantes procesos de
fortalecimiento personal, y la historia del programa lo demuestra ampliamente,
como demuestra también que los procesos de apoyo y acompañamiento psico-social
no pueden ser de corto plazo.
La estrategia del empoderamiento está enfocada también
en la óptica de la “reparación”. Los daños que han sufrido por la manera en la
cual la prostitución está organizada y la falta de respeto de sus derechos
exigen una reparación por parte de la sociedad: a esto apunta también
posibilitarles acceder a espacios especiales de apoyo psico-social,
capacitación, nivelación, recreación, soporte económico y acceso a créditos.
En cuanto al empoderamiento grupal, la conformación de
asociaciones en torno a la tutela de sus derechos permitiría —como ha ocurrido
en otros países del área latina o en Europa— fortalecer su posición frente al
cliente, a la comunidad y al Estado.
Sin embargo, para las MEP no se necesita un
empoderamiento en cuanto minoría y grupo marginado, sino también frente a las
barreras que ser mujer les significa a diario. Empoderamiento, entonces,
significa también asumir un conciencia crítica frente a la inequidad que sufren
en los medios familiares y frente a los mecanismos de discriminación que
acondicionan su acceso a los principales derechos socio-económicos y políticos.
• Sensibilización, información y educación en la
comunidad
Las representaciones sociales que se han generado sobre
el fenómeno de la prostitución y la identidad de las MEP, influyen en la
marginación de la cual son víctimas.
Por esta razón, uno de los ejes del programa apunta a
impulsar el análisis de dichas representaciones en la comunidad,
responsabilizándola en un camino que quiera superar todas las barreras de tipo
cultural que impiden a las MEP mejorar sus condiciones de vida.
En esta perspectiva, se tiene que dar una atención
particular al trabajo con las instituciones del Estado, las instancias del
poder popular y la sociedad civil; en su ámbito, más que todo, con el
movimiento de mujeres, para que a través de su trabajo impulsen la reflexión
entre las mujeres populares sobre la discriminación que sufren las MEP.
Capítulo 5
Perfil
de las mujeres que participan en el programa “Espacios de mujer”
“Se ha advertido que entre las
sirvientas se encontraba un gran número de las “prostitutas”: Parent-Duchaletlo
estableció para todos los países… alrededor de la mitad de las prostitutas han
sido primero sirvientas. Una ojeada a las “habitaciones de servicio” basta para
explicar el hecho. Explotada, esclavizada y antes tratada como objeto que como
persona, la sirvienta para todo “servicio” no espera de porvenir ninguna mejora
de su suerte; a veces tiene que sufrir los caprichos del dueño de la casa y de
la esclavitud doméstica… Además, las mujeres de servicio son muy a menudo
mujeres desarraigadas; se estima que el 80% de las prostitutas parisienses
llegan de la provincia o del campo”. (Simone de Beauvoir, El Segundo sexo)
5.1. Investigación
cuantitativa y cualitativa
Después de haber analizado filosofía, ejes estratégicos
y metodología del programa Espacios de Mujer, es importante
“dibujar” los rostros de las mujeres que lo conforman y definen, porque desde
la relación desarrollada con ellas en los tres años surgen las conclusiones que
se quieren socializar a través de este libro.
Una metodología que ha acompañado el
trabajo desde el principio es la que se enmarca en la investigación permanente
y la observación participada. El proceso de investigación empezó con la
recopilación, análisis y evaluación de la bibliografía existente: artículos de
prensa y revistas, investigaciones, pero también leyes; además, se recurrió a
entrevistas con “personajes clave” de OGs y ONGs, expertos o conocedores del
ramo en Medellín, Bogotá, Eje Cafetero. Un papel importante
en el proceso tuvieron también los encuentros interinstitucionales y académicos
en los cuales se participó, y de manera particular los debates que se
desarrollaron en el ámbito de la “Mesa de Información y Prevención sobre Trata
de Personas”, impulsada por el mismo programa.
Sin embargo, los saberes más
importantes son los que derivaron del trabajo directo con la población sujeto:
salidas de campo, escuchas, conversaciones individuales, encuentros y talleres,
han proporcionado el espacio para llevar adelante una observación participada
del fenómeno y de la población. Los grupos de nivelación, capacitación,
formación y todos los otros que se conformaron para la asistencia a talleres y
conversatorios fungieron también de “grupos focales”.
Finalizando, entonces, los tres años
de trabajo (2000-2002), se han elaborado datos, informaciones y testimonios
documentados, permitiendo así tener un perfil cuantitativo y unas interesantes
anotaciones de tipo cualitativo sobre una muestra de 496 MEP.
Las herramientas que dispusimos para
analizar el perfil de ellas son:
• 496 estudios de casos
• 253 cuestionarios
• 36 historias de vida.
Las informaciones que emergieron de
esta forma fueron complementadas por otras derivadas de la observación en:
• 85 grupos focales
• 891 contactos en el “Punto de Encuentro”
• alrededor de 2.000 contactos
telefónicos
• 120 salidas de campo
• alrededor de 3.500 contactos en
las salidas de campo
• 87 visitas
domiciliares
• documentos del programa: informes
del equipo de trabajo y de las instituciones que han apoyado o realizado las
actividades.
La elaboración de los datos de las
fichas de registro y las respuestas a los cuestionarios han permitido sacar
unos indicadores estadísticos, mientras las informaciones que emergen de
entrevistas, historias de vida e informes del personal técnico, permiten
profundizar, aclarar o desmentir algunas de las cifras cuantitativas.
Claramente, dicha muestra no se
puede considerar representativa del total de mujeres que ejercen la
prostitución en la ciudad de Medellín. Sin embargo, la dimensión de la muestra
y la precisión de las informaciones que se han podido elaborar permiten
reconocer a esta investigación un gran valor científico.
La mayoría de las investigaciones
sociológicas realizadas hasta ahora, tienen varias limitantes. Primero que
todo, es casi imposible llegar a constituir una muestra representativa sin
antes haber realizado un censo de todas las MEP que existen en Medellín y un
mapa detallado de sectores y sitios, con sus diferentes características.
En segundo lugar, si se tuvieran los parámetros para
llegar a tener una muestra rigurosamente representativa, ninguna herramienta de
relevación puede garantizar la credibilidad de la información, la cual se
deriva solo de una relación de confianza con las MEP. La estigmatización que
sufren y la actitud de defensa que están obligadas a manejar frente a sujetos
desconocidos hacen que puedan contestar sin sinceridad a las preguntas.
5.2. Perfil de la población sujeto
De las mujeres que componen la
muestra, en cuanto a las edades la frecuencia más alta se registra entre los 26
y 35 años (36,5%) y el 34,8% tiene menos de 25 años. La gran mayoría (67,3%) se
coloca así entre los 19 y 35 años.
Tabla 5.1: Edad de la muestra
Edad
Número
Porcentaje
Menor de
18
20
4%
Entre 19 y
25
153
30,8%
Entre 26 y 35
181
36,5%
Entre 36 y
45
108
21,8%
Mayor de
46
34
6,9%
Referente al lugar de origen, el 54,7% nació en
Medellín, el 33,8% procede de demás municipios de Antioquia y el 11,5% de los
otros departamentos.
Analizando el grado de escolaridad,
resulta que el 5,1% de ellas es analfabeta, el 14,9% tiene la primaria
incompleta y el 34,5% no ha terminado el bachillerato.
Tabla 5.2: Nivel académico
Escolaridad
Número
%
Ninguna
25
5,1%
Primaria incompleta
73
14,9%
Primaria
completa
142
28,9%
Secundaria
incompleta
184
34,5%
Bachilleras
67
13,6%
En promedio, la escolaridad de la muestra es de 6,2 años,
resultado que equivale al valor revelado por la Encuesta Nacional de
Demografía y Salud (2000) de Profamilia en toda la población femenina de la
ciudad, que es de 6.5.
Además, el porcentaje de MEP con
primaria completa y que han frecuentado la secundaria es, por ejemplo, superior
del nivel promedio de las mujeres de Medellín.
Sobre este resultado, incide seguramente la nivelación
ofrecida en el programa, considerando que 246 mujeres se han beneficiado de los
programas escolares en los tres años. Pero considerando también que la muestra
no representa todos los niveles sociales sino sólo los estratos 1, 2 y 3, se concluye que el nivel de
escolaridad de las MEP no es tan bajo como se pudiera pensar.
La comparación con las estadísticas elaboradas en el
año 2000, durante la primera etapa del programa (proyecto “Por una Vida más
Digna”), demuestra que se ha reducido en la mitad el número de mujeres
analfabetas y se ha incrementado en casi 2 puntos el porcentaje de mujeres con
primaria completa y bachilleras.
Aquí hay que anexar una reflexión: el nivel académico
de la muestra se ha elevado no solamente por razón del ofrecimiento de
programas de educación escolar; sino también porque con el tiempo se han
involucrado al programa mujeres de menor edad y de un nivel social un poquito más
elevado.
Obviamente, mientras más joven es la
población, más alto resulta el nivel académico: por ejemplo, en el grupo entre
los 19 y 25 años, el 67% de las MEP ha realizado por lo menos un año de bachillerato
o lo tiene completo. Mientras el porcentaje de mujeres analfabetas mayores de
36 años sube al 10,4%.
Tabla
5.3: Cruces entre escolaridad y edad
Grado
Menor de 18 19 - 25 26 -
35 36 - 45 Mayor de 46
Ninguno
10%
1,3%
4,5% 10,4%
5,9%
Prim.
Incompl.
10%
10,5% 14,5%
19,8% 23,5%
Prim.
Completa
35%
21,1% 27,9%
37,7% 38,2%
Bach.
Incom.
40%
51,3% 35,8%
24,5% 23,5%
Bach.
Compl.
5%
15,8%
17,3% 7,6%
8,8%
Promedio/años
5,65
6,91
6,52
5,07 5,09
Referente a la residencia, el 21,2%
vive en el centro de Medellín y el 50,4% en barrios de la zonas 1 y 2
(Noroccidental y Nororiental) que sufren altos niveles de marginación y
pobreza; lo cual significa además que, sumando los dos grupos, 7 MEP sobre 10
habitan los lugares que sufren los más altos índices de violencia del país.
Tabla 5.4: Zonas de residencia
Zonas
Número
%
Área
metropolitana
61
12,4%
Corregimientos
18
3,7%
Zona
1
173
35,3%
Zona 2
74
15, 1%
Zona
3
104
21,2%
Zona
4
38
7,8%
Zona
6
18
3,7%
5.2. Responsabilidades económicas
No obstante el ostracismo cultural, la marginación y el
rechazo que las afecta, las MEP tienen un papel fundamental en el sostenimiento
económico de la familia.
“Yo empecé la prostitución a los 31 años. Trabajaba en un
supermercado cuando se murió mi hermana y dejó tres hijas. El papá de ellas es
un hombre muy horrible, entonces yo me las traje para mi casa pero no podía con
los gastos. Fue allí que una amiga me dijo que me fuera con ella para un pueblo
y así empecé. A mis sobrinas hasta ahora les di comida, estudio y todo. La
mayor es bachiller, le pagué una capacitación en sistema avanzado y ahora está
vinculada en una empresa de confecciones”. (María del Carmen, 42 años)
El 85,4% tiene hij@s a cargo y el 34,8% ha tenido en su
vida más de tres hij@s; pero hay que añadir que cuatro mujeres sobre diez
tienen además otros familiares a su cargo.
Tabla 5.5: Número total de hij@s
Número de
hij@s
%
Ninguno
12,1
Entre 1 y 2
53,1
Entre 3 y
4
26,9
Más de cuatro
7,9
Número total de
hij@s
1.091
Tabla 5.6: Número de hij@s a cargo
Número de
hij@s
%
Ninguno
14,6
Entre 1 y 2
55,6
Entre 3 y
4
24,7%
Más de cuatro
5,1%
Número total de
hij@s
969
Tabla 5.7: Otros familiares a cargo
Número
familiares
%
Ninguno
60,6%
Uno
17,3%
Entre 2 y 3
15,6%
Más de 4
6,5%
El 82,9% no tiene esposo ni
compañero pero sólo el 47,4% declara ser única proveedora de ingresos, mientras
las otras tienen un entorno familiar que las apoya (mamás, papás, herman@s, tí@s, prim@s, abuel@s,
hij@s). La situación de abandono, entonces, no es más dramática de la que
sufren en promedio las mujeres de estratos 1, 2 y 3 en la ciudad, y la
presencia de compañero no es menos frecuente en MEP que en otras mujeres
populares.
Tabla 5.8: Estado civil
Estado civil
Número
%
Soltera
339
68,3
Unión
libre
66
13,3
Casada
19
3,8
Separada
50
10,1
Viuda
22
4,4
Tabla 5.9: Principal proveedor/a de ingresos
¿Quién?
%
Sólo ella
47,4
Ella y otr@s
26
Mamás/papás
10,9
Compañeros/esposos
10
Otr@s
5,7
Un gran porcentaje de ellas no es propietaria de
vivienda (69,3%) y el 26% vive en casa familiar. En cuanto a las condiciones de
la vivienda, el 17% vive en inquilinato, pieza o rancho y el 67,7% ha declarado
vivir en casa. Pero en la mayoría de las situaciones, estas no son
construcciones funcionales, porque han sido realizadas con materiales de
segunda, en terrenos de alto riesgo o no cuentan con condiciones higiénicas
adecuadas. Varias viviendas no tienen divisiones internas que permitan la
intimidad o tienen espacios muy pequeños que obligan al hacinamiento; o,
finalmente, están ubicadas en una parte del barrio que les dificulta el
desplazamiento para ir al colegio o al trabajo. Por lo que se refiere a los
estratos de los servicios el 89,9% se encuentra en los niveles más bajos (1 y
2).
Tabla 5.10: Tenencia habitación
La vivienda es
%
Alquilada
37,9
Familiar
26
Prestada
5,4
Propia
30,7
Tabla 5.11: Tipología de vivienda
Tipología
%
Apartamento
16
Casa
67,7
Inquilinato
1
Pieza
11,5
Rancho
3,5
Sin
vivienda
0,3
5.3. Trabajos
antecedentes o alternativos a la prostitución
El ejercicio de la prostitución no fue el primer
trabajo de la vida para más de una mujer entre tres. De hecho, 188 mujeres fueron
empleadas domésticas o de servicios varios, venteras ambulantes, meseras de
bares y restaurantes, recicladoras, o desempeñaron otros oficios informales y
marginales. Este resultado permite sustentar que el bajo nivel de los sueldos y
las violaciones que caracterizan el mundo de la economía informal representan
factores determinantes para el ingreso en la prostitución.
“En Bogotá lo explotaban a uno como les daba la gana. Uno
trabajaba de empleada del servicio y cuando menos pensaba no le pagaban, le
daban muy poquito sueldo y “haga y trabaje y lave ventanas grandes” y una cosa
y la otra. Esa no era mi vida, por esto me salí”. (Nubia, 44 años)
“Yo trabajé algunos años en casas de familia. Pero te
maltratan mucho, te explotan. Y luego, el dueño siempre prueba y si tú dices
que no te despide él, si dices que sí, cuando lo descubre te despide la señora.
Pues, si tengo que estar con un hombre entonces pido que me pague. ¿No?”
(Marina, 24 años).
Tabla 5.12: Otras actividades laborales
¿Cuándo?
Sí
No
En pasado
37,9%
62,1%
Ahora
28%
72%
La alternancia entre prostitución y otros oficios es
una constante de la vida de las MEP y si el 28% de la muestra al momento está
realizando también otros trabajos pero no ha dejado la prostitución, esto
sucede porque se trata de trabajos temporales o mal pagados, que no permiten
ingresos económicos suficientes para las necesidades del hogar. “¿Por qué tengo
que matarme en una empresa si en la calle gano más?”, dice María Isabel.
De las 139 mujeres que tienen una actividad laboral
alternativa o contemporánea a la prostitución, sólo 5 resultaron actualmente
asalariadas, mediante vinculación a empresas del sector de confecciones. Para
ellas el sueldo consiste de un solo salario mínimo, con el auxilio de pasajes y
almuerzo. Una es contratada por una cooperativa que maneja una cafetería en una
institución universitaria, y recibe $12.000 diarios, más almuerzo y auxilios de
pasaje. Otra es auxiliar de sistemas en una empresa privada. Cinco más tienen
una famiempresa en el sector de preparación de comidas o producción de
confecciones para terceros; 11 ejercen la peluquería y belleza en su casa o a
domicilio.
Además, sólo el 19,4% de las que tienen un trabajo
diferente de la prostitución (27 entre 139) se están desempeñando en una
actividad conforme a la capacitación y nivelación recibida. Todas las otras se
desempeñan en la venta ambulante de comida, oficios varios, aseo por días en
casas, lavado de ropa, cuidado de niños y otras actividades que no corresponden
al perfil escolar y de capacitación que, gracias a la participación en este
programa u otros que existen en Medellín, han podido lograr.
De hecho, 238 mujeres han recibido
capacitaciones en artes y oficios por el Programa u otras entidades (SENA,
Cajas de compensación, ONGs) y entre ellas el 10% ha recibido varios niveles de
capacitación en diferentes artes.
Tabla 5.13: Beneficiarias de
actividades educativas
y capacitaciones técnicas
Formación
recibida
No mujeres
Nivelación
académica
244
Capacitación
técnica
203
Capac. técnica en otros
programas
35
Becas
universitarias
2
Tabla 5.14: Capacitaciones recibidas
Capacitación
%
1 capacitación técnica
41,5
2 capacitaciones
técnicas
5,2
3 y más capacitaciones
técnicas 1,2
Ninguna
capacitación
53,1
En este sentido los resultados permiten desmentir todos
aquellos análisis que hasta ahora han querido individualizar en la falta de
capacitación técnica la barrera principal al ingreso de las MEP en el mercado
laboral.
5.4. El
ingreso en la prostitución
El 37,1% de las mujeres de la
muestra ha empezado el ejercicio de la prostitución cuando tenía menos de 18
años, y casi la mitad ha ingresado entre los 18 y 25.
Tabla 5.15: Edad de inicio
¿Cuándo?
%
Antes de los 14
años
5,3
Entre 14 y
17
31,9
Entre 18 y 25
43,1
Entre 26 y
40
19,5
Después de los 41
0,2
“Yo empecé en los bares de 14 años. El local se llamaba “El
Grill la Luciérnaga” y yo tenía que trabajar de siete de la noche a tres de la
mañana, entonces ahí comencé. “El Grill la Luciérnaga” se mantenía lleno de policías,
de ladrones, de gente así. Cada vez que llegaba la policía para hacer batida,
me tenía que esconder, porque los menores de edad no los permitían”. (Nubia, 44
años)
Una parte del cuestionario que se manejó estaba
dirigida a individualizar la interpretación que ellas dan sobre las
circunstancias y razones que las han llevado a ingresar a la prostitución.
Casi la totalidad de las entrevistadas ha declarado
que la decisión fue tomada por motivos económicos. Algunas circunstancias se
resaltan de su parte como determinantes: la migración hacia la ciudad, la
imposibilidad de continuar los estudios o de encontrar trabajo al llegar a la
edad adulta o a la muerte de los papás; los bajos sueldos de los anteriores
trabajos, la separación de la pareja o su muerte; los embarazos inesperados o
indeseados y la asunción de inesperadas responsabilidades económicas.
Rocío tiene 34 años y tres hijos. Ha empezado a
ejercer la prostitución desde hace siete años, después de la muerte de su
marido. Rubiela tiene 38 años, siete hijos y también una nieta bebé. Ejerce la
prostitución en los fines de semana en los pueblos y cuida de la familia
durante la semana. Ellos saben que va a vender ropa. Doris tiene 33 años, dos
hijas y un hijo minusválido. Su relación con el marido siempre ha sido mala:
“Porque soy muy mala clase”, dice ella. Cuando se separan ella empieza a
ejercer.
Nubia huye de casa a los 12 años, después de haber
sido violada por el novio de la hermana, y empieza a trabajar en un bar. Mónica
es desplazada por la violencia; se vino para Medellín hace seis años, después
que los paramilitares en Tarazá le mataron tres hermanos.
El 54% se ha sentido motivado a
ingresar a la prostitución por amigas y el 25% por un familiar (madre, esposo,
compañero, hermanas, primas, etc.); pero el 22% ha declarado haber empezado
“por iniciativa propia”. Sólo dos mujeres han contestando a un aviso salido en
la prensa local.
El 64,4% de la muestra ha declarado tener uno o más
familiares que ha ejercido la prostitución: sobre todo hermanas, primas y tías.
Este es uno de los resultados que no se pueden generalizar a todas la MEP de la
ciudad, considerando que probablemente la cercanía familiar ha facilitado el
ingreso al programa.
Algunas han relatado graves formas de violencia
familiar o un abuso sexual como el “momento que ha cambiado el rumbo de la
vida”.
“Yo me salí de mi casa de 9 años. Nosotros fuimos doce hijos
y vivíamos en Bogotá. Mi papá era muy bravo, él nos pegaba siempre y a mi mamá
le daba muy mala vida, la trataba mal y le decía palabras groseras y soeces.
Cuando se emborrachaba la echaba: “Váyase perra, hijuetantas, esto y esto...”,
pero no le abría la puerta, sino que la echaba pa' el rincón a pegarle. Esa fue
una de las causas por las que yo me fui de mi casa. Mi mamá, pobrecita, fue a
buscarme, a decirme que fuera, que le pidiera perdón a mi papá, que no sé qué,
yo le dije: “No vuelvo, no vuelvo, no vuelvo”. (Rubiela, 38 años)
5.5. La
relación con la familia de origen y actual
Pero, según las respuestas que dan
en el cuestionario, sólo una minoría procede de familias disfuncionales. De
facto, sólo el 20,8% de las entrevistadas ha declarado que la relación con
papás y herman@s era muy negativa, mientras casi la mitad de ellas la define
como buena o excelente.
Tabla
5.16: Evaluación sobre las relaciones con la familia de origen
¿Cómo
era?
%
Buena
39,3
Excelente
8,1
Mala
20,9
Regular
30,8
No
contesta
0,9
El contexto familiar garantiza un
referente positivo, en donde no hace falta la solidaridad, la ayuda, la
condivisión, como lo confirman también las evaluaciones sobre el hogar actual.
Tabla 5.17: Evaluación sobre su relación con la familia
actual
¿Cómo
es?
%
Buena
50,3
Excelente
14,1
Mala
9
Regular
25,6
No
contesta
1
Solo el 9% de las mujeres expone una
mala evaluación sobre su relación intrafamiliar, mientras casi dos mujeres
sobre tres declaran tener buenas o excelentes relaciones con su familia actual.
Claramente, estas respuestas nos hablan de los nexos
afectivos que la familia garantiza, pero no permiten concluir que el hogar es
un espacio de reconocimiento y equidad para la mujer. De hecho, por los relatos
parece justo lo contrario.

Algunas hacen saber a sus familiares, otras no, aunque
en algunos casos por el estilo de vida que ellas llevan parece imposible que la
familia no se dé cuenta. Probablemente, también en la familia funciona una
doble moral que induce a “silenciar” la sospecha y el juicio si la mujer provee
las necesidades.
“No, mi familia nunca me ha preguntado. Yo creo que ellos
han entendido pero lo que quieren es el dinero. Yo con mis viajes a Panamá y a
las Antillas le he comprado a mi madre una casa de tres pisos y allí viven
también mis hermanas y mi hermano”. (Rosa, 42 años)
La sensación de llevar una doble vida es un sufrimiento
para algunas.
“Yo actualmente trabajo en un bar de Caldas de mañana, día y
noche. Tengo que consumir clarita y ahora estoy el doble de gorda. En mi casa
tuve que decir que me había conseguido trabajo como muchacha del servicio
interna y que me dejaban salir los miércoles que es el día que cierran el bar”.
(María, 34 años)
Los hijos son los que sobre todo las mujeres quieren proteger y mantener
en el desconocimiento, y cuando ellos crecen, sienten la angustia de ser
descubiertas. Con el crecimiento de los hijos e hijas tienden a sentir ansiedad
por el temor de ser descubiertas.
Beatriz es una de las mujeres que participan en el proyecto. Sólo tiene
un hijo al cual mantenía escondido cuál era su oficio. Hasta cuando él la vio
por la calle y desde ese momento no ha querido saber más de ella.
Sin embargo, la reacción de los hijos en los casos
relatados no ha sido siempre de rechazo sino a veces de reconocimiento al
sacrificio de la madre.
“Mi hijo me respeta mucho. Él dice: “Mi mamá se sacrificó
mucho por nosotros; siempre nos compró ropa buena y nos dio el estudio y si yo
ahora tengo mi empresa es por ella”. Mi hijo vive en Barranquilla y cuando necesito
plata me la manda. Pero yo no le quiero pedir porque él tiene esposa y dos
hijos y tiene que pensar en su hogar”. (Mercedes, 36 años)
5.6. Lugar de
ejercicio y autocuidado
Por lo que se refiere al lugar de ejercicio, casi una
mujer entre dos trabaja sólo en la ciudad de Medellín, el 31,5% alterna el
trabajo en la ciudad y en los pueblos de Antioquia y una minoría (18,7%)
prefiere viajar a otros departamentos del país o al extranjero.
Para la gran mayoría de las mujeres
de estratos 1 y 2, calle, bares y cantinas siguen siendo los lugares
principales de presencia. Sólo el 6,7% de la muestra ejerce a domicilio, en
casas de citas, centros de masajes y strip tease.
Tabla 5.19: Sitio de ejercicio
¿Dónde
ejercen?
%
Sólo a
domicilio
5,9
Sólo en
bares
21,9
Sólo en
calles
40,8
Sólo en residencias /
hoteles
6,4
En varios de los precedentes
lugares
24,2
Otros
sitios
0,8
Esto significa que las mujeres que pertenecen a una
clase de prostitución más alta no han llegado al programa. Las explicaciones
son varias; seguramente el mundo de la prostitución “elegante” privilegia a
muchachas de muy joven edad y alto nivel académico. Además, las MEP que ejercen
en lugares sofisticados y ocultos a “la luz pública”, por su ganancia, no son
motivadas a la búsqueda de espacios de apoyo; por otra parte, probablemente
están sometidas a formas de control que les impiden buscar espacios colectivos.
Ya se ha dicho que la modalidad tradicional en la
ciudad es aquella de los bares y cantinas, en donde los clientes van para
escuchar música, beber y bailar. Aquí la mujer tiene la tarea de atraer,
divertir y hacer beber al cliente. Si éste quiere llevarla afuera, tiene que
pagar una “multa” al propietario, el cuarto del hotel y la tarifa por la
prestación, directamente a la mujer. Ésta también recibe un porcentaje sobre
los tragos que el cliente consume; por esto a menudo ellas logran ganar sin
acostarse con los clientes.
“En mi guerra de prostitución han sido pocas las veces en
que he estado con un cliente, porque yo salía para divertirme, para bailar, para
beber, para estar bien. Y también ganaba sin acostarme con ellos”. (Rosario, 42
años)
Las mujeres que ejercen la prostitución en bares y
tabernas son expuestas de forma particular al consumo de licores. De hecho, es
preocupante el abuso de alcohol en la muestra: el 38,7% actualmente abusa del
alcohol y la mitad de ellas abusaba en el pasado.
En cambio, a pesar de los
estereotipos vigentes que consideran las MEP habituales consumidoras de
substancias psico-activas, solo el 10,5% de la muestra consume drogas que
causan dependencia (perico, bazuco, cocaína, pepas, etc.). Y la relación
droga-prostitución es un fenómeno que caracteriza más las menores de edad que
las mujeres adultas.
Tabla
5.20: Abuso de drogas y alcohol
Abuso de:
Ahora En el
pasado
Drogas
10,5%
21%
Alcohol
38,7%
48,1%
El 79,7% de las MEP ha declarado
utilizar el condón con los clientes, pero, ampliando la información con las
entrevistas de profundidad, se relevó que para ellas la respuesta positiva
significa que utilizan el condón con los clientes desconocidos. Diferente es la
actitud que asumen con conocidos o amigos y casi nunca lo utilizan con novios,
compañeros y esposos. Más alto el índice de autoprotección para las
mujeres de edad entre los 18 y 35 años (alrededor de 85%), mientras se reduce
al 28,9% para las menores. Finalmente, la comparación de los resultados sobre
utilizar del condón y grado académico, demuestra cómo un buen nivel de
escolaridad significa una mayor tendencia a cuidarse (alrededor del 83% para
las mujeres con primaria completa y secundaria utilizan el condón).
Tabla
5.21: Uso del condón en relación con la edad
Edad
%
Menor de 18
años
28,6
Entre 18 y
25
86,7
Entre 26 y
35
84,1
Entre 36 y
45
64
Porcentaje
promedio
79,7
Tabla
5.22: Uso del condón en relación con la escolaridad
Nivel
académico
%
Analfabeta
50
Primaria
incompleta
61,3
Primaria
completa
82,5
Secundaria
incompleta
85
Secundaria
completa
81,3
5.7. Un medio violento pero solidario
El 29,2% de la muestra (145 mujeres) ha declarado haber
sido víctima de graves violaciones, entre las cuales estupros, golpes, hurtos,
heridas, amenazas, violencia psicológica por los siguientes responsables:
Tabla 5.23: Mujeres que han sido
víctimas de graves casos
de violencia
Responsables
Número mujeres
Clientes
98
Compañeras
58
Patrón
11
Policías
42
Ladrones /
delincuentes
21
Convivir / vigilantes
privados
6
El responsable principal parece ser el cliente y sólo
42 mujeres han relatado violencias por parte de los policías y apenas 6 de la
Convivir o los vigilantes privados.
Sin embargo, este resultado podría ser “subestimado”,
considerando que las MEP no siempre tienen un suficiente nivel de conciencia
sobre sus propios derechos, lo cual, junto a la idea de ser culpables de
ejercer una actividad “indigna”, las puede llevar a considerar “normal” ser
atropelladas por terceros, sobre todo cuando se trata de representantes del
Estado y funcionarios públicos.
“Estaba bautizando a mi hijo cuando la policía me ha
invitado a salir de la iglesia porque dijeron que somos la vergüenza de la
ciudad, delante de todos, delante también a mi familia. Ciertamente, ellos nos
conocen bien, nos ven allí todos los días y no pierden la ocasión de
humillarnos cuando pueden”. (Luz Marina, 27 años)
“Una vez descubrimos que en un hotel en donde íbamos con los
clientes, nos filmaban a hurtadillas y luego se vendían las películas, a
nuestras espaldas. Yo propuse hacer un grupo e ir a la policía. Hicimos mucho
ruido y nos tuvieron que escuchar. Así el propietario del hotel ha sido
desenmascarado y parece que detrás había también un extranjero” (María, 22
años)
“Aquí en La Veracruz hubo hace como más de 10 años una época
de violencia y empezaron a matar a muchas mujeres. Lo que dolió mucho fue que
ninguno de esos delitos ha sido castigado. ¿Por qué? ¡Porque somos las escorias
de la sociedad! Entonces eso es muy injusto, yo digo que eso es muy injusto,
porque nosotros somos seres humanos como lo son todos”. (Patricia, 45 años)
“En la costa me quedé 3 años, entre Barranquilla y
Cartagena. Me vine a Medellín porque la policía de emigración empezó a molestar
mucho y nos mantenían deteniendo. Muchas veces si uno tenía un pesito ahorrado
tenía que gastárselo para darle a ellos, porque si no, no te soltaban. En 3
años estuve encerrada 5 veces. La policía era muy agresiva, nos maltrataban,
nos aporreaban y decían: “Sí, aporreemos estas putas que a toda hora tienen que
estar viniendo por aquí a buscar enfermedades para írselas a pegar a los de
aquí”. (Amanda, 43 años)
En una ciudad como Medellín que padece índices muy
elevados de violencia, en la actualidad las formas de agresión son varias y no
ocurren sólo en los sitios de prostitución, sino en el mismo barrio. Es bien
conocido que los actores armados están imponiendo reglas sobre la vida de la
comunidad tales como: la hora límite para el regreso en la noche, la prohibición
a volver borrach@ o bajo efectos de droga, la prohibición a utilizar minifaldas
o descaderados o escotes. Claramente, reglas como éstas influyen más sobre las
MEP que sobre las demás mujeres.
“Yo vivo en el barrio San Blas y los paracos desde el año
pasado nos están jodiendo la vida. Imagínese cómo puedo trabajar si en la noche
tengo que volver temprano; ¡y si me cogen enguayabada me dan una pela! A veces,
cuando me coge la noche, me tengo que quedar por ahí dormida en una silla y
esperar que amanezca”. (María Isabel, 21 años)
No obstante que el cliente se anota
como principal responsable de casos de violencia, existe un grado de
satisfacción acerca de la relación con él: el 85,6% de las mujeres la considera
buena o excelente.
Tabla
5.24: Evaluación sobre la relación con los clientes
¿Cómo es la
relación?
%
Buena
73
Excelente
12,6
Mala
0,6
Regular
13,8
Los clientes “proporcionan” la posibilidad de tener ingresos,
entonces es normal que se vean positivamente; en muchos casos representan
referentes indispensables en la vida de las MEP, las apoyan, las ayudan a
solucionar problemas y las aconsejan; algunos pasan de ser clientes a
compañeros y pueden apoyar un cambio de vida.
Las vivencias de la calle las vuelven duras, cautelosas
y desconfiadas; para sobrevivir ahí, tienen que aprender a usar intuición y
astucia para reconocer el peligro: “El mundo es de los fuertes”, dice Liliana.
Sin embargo, el medio de la prostitución proporciona también seguridad
emocional y social.
Las respuestas a preguntas sobre las
relaciones con las compañeras, confirman la presencia de un alto nivel de
solidaridad entre ellas: sólo el 1% las considera malas. Claro que hay
conflictos, pero el contexto impone cohesión frente a los posibles agresores y
peligros.
Tabla
5.25: Evaluación sobre la relación con las compañeras
¿Cómo es la
relación?
%
Buena
74,7
Excelente
16,3
Mala
1
Regular
7,9
También los patrones, los taxistas, los empleados de
hotel pueden ser una presencia de apoyo, solidaridad y amistad.
“Los patrones no son todos iguales, hay también los buenos.
El dueño del bar en donde trabajé casi toda mi vida aquí en Medellín cuando nació
mi hijo, fue muy bueno conmigo, me dio una indemnización, por el tiempo que
duré incapacitada me daba plata para el sustento para mí, para la leche del
niño, fue muy, muy... Él es de una calidad humana impresionante”. (Esperanza,
35 años)
“…Una se hace muchas compañeras allí. Yo soy de muy pocas
amigas, charlo muy poco con la gente, soy como malgeniada, pero entonces allá
hay mucha gente que le conversa a uno, tengo una muchacha que es muy confidente
y muy amigable. Los taxistas son muy queridos, hasta le fían a uno. Los hoteles
son muy buenos, cambian las sábanas todas la veces, están pendientes de
escuchar si nos pasa algo en la habitación, te golpean a la puerta después de
15 minutos. Esto le ayuda mucho a uno porque los clientes, si es el hotel que dice
que se acabó el tiempo, no dicen nada y lo aceptan”. (Mónica, 21 años)
5.8. La ida a los pueblos y el peligro de la
trata interna
En la segunda mitad del siglo pasado, el desarrollo de
las vías de comunicación, la industrialización de la agricultura y la
realización de obras infraestructurales han hecho que la prostitución se
desarrolle en forma migratoria. Las MEP han empezado a desplazarse para las
cosechas de café, algodón y caña de azúcar; o a dirigirse hacia los puertos de
la costa o a donde haya concentración de fuerza masculina por razón de la
construcción de puentes, fábricas, carreteras, represas. A estos factores, se
tienen que anexar las dinámicas del conflicto armado, como factores de
atracción.
De hecho, las MEP se desplazan dentro del país en
condiciones de inseguridad a veces extrema, sobre todo cuando van a las zonas
controladas por los actores armados, y son engañadas frecuentemente sobre las
condiciones de trabajo. Si ir a los pueblos permite mantener el anonimato y a
veces tener buena ganancia, siempre somete a riesgos grandes.
“Nunca he trabajado en Medellín, no me gusta, me moriría de
pena que alguien me conociera. Prefiero los pueblos porque de mi familia nadie
sabe, ¿usted se imagina cómo sería si se dieran cuenta? Yo siempre les digo que
voy a vender mercancía, ropa y cositas. Y el dinero lo manejo disimuladamente,
es decir, lo voy sacando de a poquitos para que no sospechen nada”. (María, 33
años)
“Cuando íbamos a la costa, pedíamos un aventón a los
camioneros. ¿Quién tenía el dinero para pagar el billete? Pues los camioneros
no te llevaban gratis. Una vez, en la carretera Barranquilla-Bogotá he tenido
una experiencia amarga con un camionero”. (Fabiola, 38 años)
“Nunca me olvido del primer local en donde estuve. Unas
amigas me dijeron: “¿Vienes con nosotros?, se gana bien. Tú eres tan joven y
bonita”. Por supuesto no quería empezar aquí en Medellín: ¿y si me veía alguien
conocido, un familiar, un amigo? Entonces me fui con ellas para Barbosa. El
trato era terrible. Nos mantenían encerradas, la dueña dijo que había pagado
por nosotras y que antes de recibir su ganancia no nos dejaba ir. El dinero el
cliente se lo entregaba a ella, la cual nos daba sólo una parte, yo creo no más
del 25%. Cuando me pude ir, decidí que no iba a volver jamás a los pueblos”.
(Francy, 26 años)
“Ah no, yo no, nunca me fui pa’ pueblos, a mí me da miedo,
porque una comadre mía nunca volvió y no sabemos nada de ella. Ella era muy
buena amiga y buena mamá. Apenas era la primera salida que hacía pa’ pueblos,
vino dos veces de por allá y al tercer viaje ya no volvió más. Nosotros no
sabemos, si fue que la mataron, porque yo la estuve buscando. Me fui con
Horacio un día desde las 9 de la mañana como hasta las 11 de la noche en
Guarne, nadie nos dio razón de ella, nos dijeron que la habían visto en
Rionegro, fuimos a Rionegro y nada. La hemos buscado por muchas partes y nada”.
(Nubia, 44 años)
“Yo fui explotada en Magangué, por acá por el Magdalena,
cerca de Mompós. Una amiga vino por mujeres y nos dijo que eso era muy bueno
por allá, que ella tenía la conexión con un turco. Nos fuimos cuatro de aquí,
del lado de La Veracruz. El trato era encerradas, el cliente no nos pagaba a
nosotras sino a la administración. Podíamos salir a la calle sólo una vez a la
semana, para ir donde el médico. Allá me quedé dos años, dos años sin saber,
sin salir a la calle, no más que mirar ahí la gente que entraba. Allá habíamos
19 mujeres. Y estábamos muy estancadas, empezando que cuando nos venía el
período teníamos que taparnos para poder trabajar”. (Patricia, 45 años)
5.9. La trata internacional de mujeres
En total de la muestra, 19 mujeres han ejercido la
prostitución en países latinoamericanos (Curazao, Ecuador, Panamá, Perú, Venezuela),
en Japón, Tailandia y Europa (Alemania, España, Holanda, Italia). Además, casi
la mitad de las entrevistadas (48,5%) ha declarado haber recibido propuestas de
trabajo en el exterior.
La búsqueda de oportunidades de trabajo más rentables
hace vulnerables a las MEP a ser enganchadas por redes o individuos
involucrados en la trata de personas.
Las propuestas engañosas de los “traficantes de sueños”
tienen un impacto más profundo en mujeres que se han mostrado rebeldes y a la
continua búsqueda de una oportunidad para “aferrarse” a condiciones más
respetuosas de vida.
“Una amiga me dijo que en España por medio del Sena estaban
necesitando mujeres que supieran manejar computadores, pero yo no soy de buenas,
nunca me ha salido y no me voy para España porque me da miedo y no quiero dejar
a mi hijo y a mis padres”. (María, 33 años)
“A mí también me propusieron ir al extranjero, cuando era
más joven, cuando se podía llevar droga y no lo molestaban tanto por ser mula,
y yo pues, a mí me pintaron “pajaritos en el aire” y a mí no, nunca, a mí no me
interesaba salir de mi país”. (Carmenza, 39 años)
“Me propusieron irme hace dos años, pero no tenía plata,
tenía que prestar 2 millones de pesos y una amiga me explicó que después me
cobrarían en dólares y con un interés muy alto. Ahora que tengo plata me iría
sin pensarlo, pero me da pena por mi mamá, que es muy vieja. Si le pasa algo
cuando esté por allá yo me voy a volver loca, por no poderla acompañar. Yo sé muy
bien que han pasado cosas muy feas a algunas mujeres pero otras han ganado
tanta plata y uno piensa siempre que va a tener suerte. ¿No?” (Milena, 21 años)
Para muchas de ellas, ha sido fácil creer que en el
mundo rico pueden tener a su alcance varias posibilidades de empleo entre las
cuales escoger, pero apenas llegan descubren las barreras que impiden a un
migrante tener una inserción laboral satisfactoria, sobre todo si él no tiene
papeles.
“Primero te tapa los ojos la ilusión de viajar y de que
vamos a conseguir dinero y que voy a cambiar de vida. Pero la ilusión se va a
destapar cuando descubres cuánto vas a ganar y cuánto tienes que trabajar”.
(Ruth, 32 años).
“Cuando llegué a Alemania estuve ocho días en la casa de mi
hermana, hasta cuando ella me dijo: “Bueno, Lucero, se va a quedar ocho días
aquí y después nos vamos a Frankfurt, porque usted sabe que hay que guerrear…
Aquí hay tres cosas pa’ hacer: robar, prostituir o narcotráfico, usted verá”
(Lucero, 30 años)
Entre las barreras que descubren, el estigma que las
acompaña por ser colombianas.
“Aquí en Italia, si dices que eres colombiana es como si
llevaras escrito “puta” en la frente”. (Rubi, 36 años)
“Te tratan muy mal si saben que eres colombiana; uno tiene
que decir española o americana, porque ellos no identifican bien el dialecto.
Tú les dices que eres mexicana, española y basta”. (Ruth, 32 años)
Finalmente, en el extranjero la vida es muy cara y la
prostitución tiene características diferentes a las que acostumbran aquí, lo
cual representa otro factor de choque.
“Uno tiene 5 millones, 3 millones te vale el pasaje y te
quedan 2. Allá la plata se va ligero. O sea se gana dinero pero se gasta
dinero. Una Coca-Cola vale 1.500, un almuerzo 15.000… Mucha gente que regresa
dice: “¿Europa? ¡Allí hay mucha plata!”, pero para conseguir esta plata ellos
tuvieron que hacer cosas…” (Helena, 36 años)
“Cuando yo estaba en Colombia, por muchos hombres que
pasaran por mi cuerpo, serían digamos 5 en el día y allí el primer día de
trabajo fueron 57, porque yo conté los condones al terminar el horario”.
(Lucero, 30 años)
“En los teatros de Japón había que hacer un show que se
llamaba “open”. El “open” es uno totalmente desnudo, abiertas las piernas sobre
una plataforma que gira. Entonces cuando una va girando se abre la vagina y los
hombres le ponen plata. Solamente se refleja la luz sobre el cuerpo de uno y
los hombres allí al lado, mirando y se acumulan y se vienen de la fila del
fondo a mirar como si fuera una película. Y de allí sigue. Después se suben
ellos, se suben hasta ocho… mejor dicho, el tiempo que dure…” (Gloria, 44 años)
La vida en el extranjero obliga a condiciones de
soledad que pesan más que la violencia.
“Salí para Italia con el sueño americano de que sí, la casa,
el colegio para las hijas... Cuando llegué allá no... todo muy diferente. Muy
bonito, se ve plata, cosas muy bonitas pero la soledad es impresionante, la
discriminación para uno, no hay amigas porque todo mundo está trabajando,
entonces te dejan en el apartamento por ahí tirada. Todas las mujeres que
llaman son llorando. Acá uno se compra un pan. Comparte una Coca-Cola, pero
estamos, vivimos muy bien y es la misma pobreza, la misma barbarie de uno,
pasamos muy rico”. (Helena, 36 años)
5.10.
Los
ingresos que garantiza la prostitución
Para las mujeres de bajos estratos, la prostitución
garantiza solo una parte de los ingresos indispensables a las necesidades
básicas de la familia; y no es casual, como ya se ha dicho, que el 41,5% de la muestra
recibe otros ingresos (empleos informales, ayudas financieras de familiares,
compañeros o esposos, arriendos, etc.).
La tarifa que cobran varía según factores como el
sector en donde ejercen, la edad de las mujeres, el estrato social de los clientes.
Para las mujeres que ejercen en los bares o en las calles del centro varía
entre los 8 y los 15 mil pesos. En casas de citas, casas de masaje y locales de
strip tease, la tarifa varía de los 20 a los 40 mil pesos. En el barrio de San
Diego, frecuentado por mujeres jóvenes y clientes ejecutivos, se pueden
encontrar clientes que paguen hasta 200 mil pesos y más.
Hay que resaltar que las MEP demuestran dificultades al
cuantificar sus ingresos mensuales, y por esta razón no se han considerado
atendibles las respuestas que han dado con relación al asunto en el
cuestionario. Para profundizar el tema, entonces, habría que definir
herramientas de investigación más acordes a lo delicado que resultó el asunto.
La normal variabilidad de las
ganancias, debida a los días de la semana o a las épocas del año, es una de las
razones que impiden tener una evaluación realista de sus ingresos; pero no es
la única. De hecho, la relación con la plata siempre ha sido para las MEP
contradictoria y afectada por mitos que las llevan a considerarla “plata mal
ganada”. Muchas de ellas tienen ingresos elevados, sin lograr realizar un
proyecto económico de vida. Las mujeres de mayor edad repiten
a menudo estereotipos que parecen justificar sus dificultades económicas; en
ellos se vislumbra como el sentido de culpa frente a lo que la sociedad
considera una “ganancia fácil”, lo que es un factor que les impide un manejo
responsable del dinero.
“La plata de la prostitución es maldita: como la consigo la
gasto”. (Angela, 35 años)
“Pero para mí esa plata era maldita, porque yo tenía días
que me hacía 70- 80.000 pesos. Y yo decía: “No, pues, ¡yo con toda esta plata!
¡Ave María!”. Pero mentiras, pagaba la pieza, compraba ropa, la comida y el
hotel y al otro día amanecía sin con qué tomarme una gaseosa. Entonces yo digo
que esa plata era maldita, porque eso era “volador hecho, volador quemado”.
(Patricia, 45 años)
“Lo que pasa es que esa plata de pronto es maldita, porque
es plata que uno coge, por ejemplo… por decir algo, yo anoche me acosté con un
cliente de 200.000 pesos y ahora a las cuatro de la tarde ya no tengo un peso,
o sea, esa plata como llega así se va”. (Nubia, 44 años)
“La mayoría de mis compañeras dice: “La plata de la
prostitución no es bien habida, es como la plata robada”. Hay mujeres muy
berracas que ahorran, porque tienen otros ingresos. De pronto hay mujeres que
son prostitutas pero tienen su casa con su mamá y su mamá les da el apoyo de
que aquí vive y aquí va ahorrando y aquí yo le cuido el hijo y que aquí yo una
cosa, mientras que una tiene que pagar toda esa “broma”, una tiene que pagar
que arriendo, una tiene que pagar que cuidado del muchachito, una tiene que
pagar quién arregle la ropa, uno tiene que pagar todo”. (Rocío, 37 años)
Lo cierto es que el oficio brinda seguridad económica
para un tiempo muy corto de la vida, siendo la ganancia ligada a la edad joven.
Entre las MEP pertenecientes al programa que han dejado la prostitución, la
mayoría lo ha hecho por razón de la edad, porque ya no ganan o no se sienten
apreciadas; por tener una pareja fija, o por la angustia que provocaba en ellas
pensar que algún día los hijos puedan descubrirlo. “Me da pena estar allí a los
pies de las jóvenes”, dice Claudia. “Se lo prometí a mi hijo el día que nació”,
relata Luz Marina. Otras porque están cansadas de la violencia: “No, la calle
no es para mí, a mí no me gusta, no aguanto la angustia todas las noches. En
donde me hago es una cuadra muy caliente, puede pasar de todo en cualquier
momento”, afirma Marina, 24 años.
5.11.
La visión de la
prostitución que expresan
Entre los dolores más intensos que relatan, está por
cierto el que se debe a estar consciente de ser juzgada, marginada, considerada
entre las peores mujeres y mamás.
“A nosotras siempre nos decían “aquellas”, siempre nos
señalan, nos apuñalan, nos hieren a morir y si nos atienden en un hospital es
porque tenemos un SISBEN. Si nosotras no tuviéramos ese SISBEN, nosotras no
éramos merecedoras de entrar siquiera a la puerta de un hospital. Salimos de un
hospital y a la calle nos tiran como a unos perros”. (Patricia, 45 años)
“Muchas veces nos infunden que porque estamos en la
prostitución somos una basura, una escoria de la sociedad y sí seremos escoria;
pero por ahora que he tenido tantas oportunidades de estudio entonces yo digo:
“Hombre, yo valgo mucho, a pesar de que estoy en esta vida, yo valgo, cómo así,
yo soy un ser humano, yo valgo mucho” (Flor María, 38 años)
“A ver, yo no tengo nada contra los hombres, ellos son muy
lindos, muy queridos pero creen que porque uno está en un bar es un objeto, que
es, vulgarmente, el piano de ellos y eso es muy difícil”. (Rocío, 37 años)
En la prostitución, algunas
utilizan su propio nombre, otras escogen otro, que a menudo es el nombre que
siempre habían deseado tener.
“Yo tengo un nombre feísimo, pero en la calle me hago llamar
Mónica, siempre me ha gustado este nombre”. (Mónica, 21 años)
“Mi nombre era Diana en ese entonces, porque el nombre mío
yo no lo encochiné; todas me conocen como Diana”. (Diana, 41 años)
“El nombre yo nunca me lo he cambiado; cuando me
preguntaban: “¿Cómo te llamas?”. Yo siempre contestaba: “¡Gladis!” (Gladis, 33
años)
Pero los relatos y recuerdos de la
prostitución no son siempre tristes, como se cree, y no revelan necesariamente
angustias. Las mujeres mayores que ya han dejado la prostitución, recuerdan con
lo malo también lo bonito de las épocas pasadas. Se acuerdan de haber sido
lindas, atractivas, se acuerdan de los bailes y las habilidades que tenían en
la relación con el cliente.
“Yo molesté tanto, guerrié tanto, pero a pesar de que en mi
guerra de prostitución yo, eran muy pocas las veces que me acostaba con un
hombre. Porque yo salía por divertirme, por bailar, por tomar, por pasar
rico... A mí me iba muy bien con las fichas y todo eso y siempre intentaba no
tener que salir con nadie. Yo era más o menos como tan bonitica y me ganaba
mucho la simpatía de la gente”. (Esperanza, 35 años)
“Al que tiene el don hay que dárselo, y yo fui una persona
muy apetecida, demasiado, yo tenía un cuerpo, mejor dicho, que todas, la
cinturita, las buenas nalgas, buenas piernas, mi cara, pues, y yo toda la vida
he sido así, sencilla, el maquillaje a mí casi... natural, tenía una piel muy
bonita. El turno mío era de 10 de la mañana a 6 de la tarde, y había días que
no me quedaba hasta las 6, porque a las 12 del día ya tenía la plata y entonces
yo me iba. A mí nunca me gustó trabajar de noche, no me gustaba porque el trasnocho
acaba mucho con un uno; y en realidad ahora tengo 40 años y nadie cree que yo
tengo esa edad”. (Yolanda, 40 años)
“En los bares uno vive a la moda bien rico, bien pintado,
bien organizado, con la minifalda o los blue jeans bien apretados. Uno llega
allá, se sienta y espera que lo llamen a uno, toma un traguito, fuma un
cigarrillito; nos contamos historias de hombres casados, nos reímos y nos vamos
a parrandiar: esta es la vida de la mujer de bar. De pronto ya las que queramos
irnos a acostar con un hombre, nos vamos ya, él nos paga una cantidad de dinero
que uno le pide, nos quedamos un rato con él, después él sale y volvemos al bar
y viene otro y es lo mismo”. (Teresa, 39 años)
“La atmósfera de los bares es como una rumba cada día…
lunes, martes, miércoles... usted vive en una rumba constante. Usted vive la
música, usted la canta, si hay el cliente usted baila y se siente felicidad en
ese momento... En la prostitución, mi gozo era sentir que yo era tan sexy, tan
linda... sofisticada y de éxito”. (Gloria, 44 años)
Las mujeres que han dejado de ejercer, recuerdan cómo
la prostitución les posibilitaba un estilo de vida que han tenido que
abandonar; además, la vida con un compañero estable o un esposo, las lleva a
descuidarse.
“Yo era una que me mantenía cada ocho días en el salón de
belleza, mantenía donde la modista, o sea me ha gustado toda la vida mantenerme
bien. Yo me mantenía muy bien puesta, a toda hora con tacones, medias veladas,
las minifaldas, o sea me ponía minifaldas muy decentemente, ¿si me entiende? Me
mantenía pintaíta, organizaíta, mi cabello bien cepillado, yo llevo el calor
del baile como que en la sangre. Y uno se entra a vivir de lleno con un hombre
y se deja, de serio. Yo, por lo menos a mí me pasó así, porque ya es muy
incómodo estarle pidiendo al hombre, que para la pinturita, que para el
desodorantico, que para el champú, que para los protectores”. (Marisol, 41
años)
La relación con el cliente no es pasiva ni
necesariamente violenta; y para las MEP se trata en cambio de saber manejar
algunas reglas y astucias.
“Uno es muy avispado, entonces le dice al cliente: “Bueno,
compra mediecita y nos la tomamos en el hotel”. Después lo emborracha a él para
que no tenga mucha relación y más bien se duerma ya. Y cuando se duerme bien
borracho le quita uno los vestidos, el pantaloncillo y uno cuando ve que él se
está despertando, uno se quita la ropa y cuando él comienza a buscarlo a uno:
“Ah, no, no después de todo lo de anoche, no querido” y mentiras que no le ha hecho
nada a uno”. (Elvia, 43 años)
“Yo fui piperísima a morir, sino que cuando salía de
programa era muy esquiva para tomar, porque me daba miedo que me enrollaran por
ahí, me mataran”. (Rocío, 37 años)
“Yo no les ponía límites explícitos a los clientes, sino que
todo se los convertía en charla. Yo les decía: “Ay mi amor, a mí no me gusta
besarme con nadie; yo lo acaricio, lo sobo, lo toco, pero no permito los
besos”. Y les decía: “Bueno corazón, si nos vamos a demorar mucho, espero que
se manifieste muy bien conmigo, porque imagínese yo estoy perdiendo tiempo”. Y
había clientes que eran, pues…. Tenía tres clientes que los atendía, me
conseguía 60 o 70 pesos y me iba pa’ mi casa”. (Patricia, 45 años)
“A mí nunca me gustaba amanecer con el cliente, a mí nunca me
gustaba amanecer con nadie, ah, porque es que no, no era lo mismo atender una
persona, aguantarse uno toda la noche que lo estén tocando, que lo molesten,
no, no, a mí no me gustaba amanecer con nadie”. (Cecilia, 36 años)
Pero las jóvenes ya asumen una manera diferente de
relacionarse con el cliente, ya no son la cabaretista de hace tiempo sino unas
profesionales del sexo: imponen casi siempre el condón, el tiempo de
permanencia en la pieza y el tipo de servicio antes de hacer el negocio; y
piden siempre la plata adelantada.
“No, a mí no me pueden pedir de todo, por ejemplo, yo no
hago sexo oral. Cuando el cliente se acerca, yo le digo todo y que sólo con
condón y si no quiere se puede buscar otra”. (Marina, 24 años)
5.12.
Historias
marcadas por varias formas de violencia de género
Las vivencias que se dibujan a través de cifras y
relatos no pertenecen solamente al ámbito de la prostitución; las MEP son
primero que todo mujeres, en un medio socio-económico y cultural que se
caracteriza por ser machista y marginalizante.
Las formas de violencia de género que han sufrido en el
transcurso de su vida, más allá de haber causado algunas decisiones, han dejado
huellas profundas y exigen una elaboración. Algunas, por ejemplo, han sido
violadas a muy temprana edad, por un pariente, un amigo o un conocido.
“Todo lo que recuerdo de mi papá son unas manos que me
tocaban.... Yo sé que un día mi mamá lo echó de la casa, porque lo cogió
mientras violaba a mi hermana”. (Fanny, 23 años)
“De mi niñez tengo marcada una cosa… Cuando estábamos
entrando a la adolescencia mi hermano no me dejaba conseguir ni novio ni amigos
y cuando nos dejaban solos se quitaba la ropa y me mostraba el pene por largos
ratos... pero realmente no recuerdo si algún día hubo penetración”. (María, 27
años)
“A mí me violaron dos muchachos del barrio. Esa es una etapa
que yo he querido borrar y no la puedo borrar, o sea, quiero sacármela, a pesar
de que yo he perdonado... Pero es muy difícil, porque son cosas, etapas que a
mí me pasaron y que ya me marcaron para toda la vida. A veces quisiera no
hablar de eso, pero de todas maneras cada vez que yo hablo de ello, me siento
como limpia”. (Sofía, 35 años)
“Un día me encontré en el barrio con el novio de mi hermana
y él estaba con un amigo. Me invitaron a tomar un refresco y nos fuimos a una
discoteca. El lugar era como a media luz... Yo no recuerdo, o sea, yo sé que me
tomé una Coca-Cola y de ahí ya no sé más. Al otro día desperté en un hotel y la
cama era toda bañada en sangre. Ellos, los dos, se habían ido y yo creo... me
imagino que debieron de hacer conmigo lo que les dio la gana, porque para
pararme de esa cama era el dolor más impresionante de la vida. El recuerdo de
ese momento cuando me despierto, me volteo y miro la sábana ensangrentada es
algo que no puedo sacarme de la mente. Yo tenía 12 años”. (Dolly, 33 años)
Muchas de ellas eran “chicas malas”, ya antes de entrar
en la prostitución: porque se rebelaron a la autoridad paterna o a un destino
de pobreza que las hubiera llevado a repetir la vida de sus mamás; porque
fueron exigentes con los hombres o no consideraron que el matrimonio pudiera
ser lo máximo en sus vidas; porque amaban la rumba, la vida por la calle y la
libertad, y no aguantaban las reglas fijas; porque eran mujeres negras o
desplazadas o pobres en búsqueda de éxito y con los mismos sueños de las chicas
de la “sociedad bien”. En otras palabras, porque no se conformaron a su destino
de mujer, madre y ama de casa.
“Cuando me fui de la casa, empecé a trabajar en un
restaurante de Barrio Triste. ¡No tenía a dónde más ir! Mi mamá se me había ido
para Venezuela, mi papá tenía otro hogar con su esposa y sus hijos y yo no
quería vivir con él. Entonces a los 13 años empecé a trabajar como mesera. La
señora se manejaba muy bien y me llevó a vivir a la casa de ella. Pero yo me
ponía a analizar la vida de las muchachas que trabajaban en esos bares, con sus
delantalcitos pequeñitos y todo eso, entonces a mí se me fue creando la idea
de, ah, “me voy a meter a trabajar mejor en esto”. Yo allá trabajaba por la
comida y la dormida entonces yo no veía plata y quería ganar plata. Entonces
empecé a trabajar ahí, ya cogía plata todos los días y me fue gustando ese
trabajo; ya cuando cumplí mis 15 años, yo ya estaba en la vida rodeada de
tantas cosas, ya había conocido varios hombres y todo eso”. (Diana, 46 años)
“Yo quedé embarazada a los 15 años pero no quería ese niño.
A mí siempre me han encantado los hombres pero para un hijo no me sentía lista.
Mas mis padres insistieron para que me casara y me organizaron la casa y todo.
Pero esa no era vida para mí, con un muchachito a esa edad que yo quería
todavía jugar y pasar rico. Por esto mi matrimonio fracasó rápido”. (Olga, 29
años)
El papel de un hombre fue devastador en la vida de
muchas mujeres y de sus hij@s; también cuando ellas deciden estar en un camino
de empoderamiento, la llegada de un compañero puede derrumbar todos los
esfuerzos hacia la autonomía.
“Él me decía que me quería y que se quería casar conmigo y
cuando quedé embarazada pensé que nos íbamos a casar. ¡Eh!, imagínese lo que se
me ocurrió. Esa misma tarde que retiré los resultados, fui de visita donde una
amiga que se había casado y ella me mostró el vestido de novia. Yo toda
emocionada le dije si me lo vendía y ella me lo vendió en 20.000 pesos. Era
bellísimo y yo pensé que él se casaría conmigo... Me fui para la casa para
darle la sorpresa y la sorpresa me la dio él a mí, porque me dijo que cómo se
me ocurría si él nunca se iba a casar, ni nunca se iría a vivir con una mujer.
Por muchos años seguí amándolo y esperando que se casara conmigo, ¡imagínate!”
(Marta, 31 años)
“Yo viví algunos años con el papá de mis hijos e intenté
formar un hogar; pero él nunca me colaboraba con los niños, solo me quitaba
todo, me aporriaba, entonces no, esa no era vida para mí”. (Dora, 27 años)
A pesar de todos los duelos con los hombres, el sueño
de tener un compañero a su lado es muy frecuente, porque significa tener apoyo
y seguridad económica, cuando están cansadas de la prostitución.
“En cada borrachera yo le decía a mi Diosito: “Ay, Diosito,
por qué no me regala un hombre que sea, qué le hace que sea pobre, qué le hace
que no tenga, o sea, que no tenga plata, pero que me quiera, que me valore, que
me saque de esta vida”. Diario, diario, inclusive hace poquito quemé un
cuaderno en que yo escribía mis cosas borracha. Diario, diario le pedía al
Señor, es que yo me sentaba borracha, yo borracha le pedía al Señor que me
diera un hombre que me quisiera, que me valorara, diario se lo pedía”. (Nubia,
44 años).
Pero la vida al margen de la comunidad y de sus
patrones culturales, la costumbre a desafiar normas y conductas, les posibilita
tal vez más que a otras mujeres de su misma capa social apropiarse de formas de
conciencia de género. Se sienten diferentes de las amas de casa, menos
disponibles a negociar con los sentimientos.
“Muchas dicen que la liberación femenina, pero aquí en
Colombia yo no veo liberación femenina. La liberación es el derecho a ser
mujer, es el derecho que tengo yo como mujer. Yo tengo un derecho como mujer y
¿cuál es? Yo quiero ser respetada y querida por el hombre que vive conmigo y
por todos los que me rodean. A mí me da tristeza de mis hermanas. Ellas piensan
que son señoras porque tienen un compañero al lado y como sea no lo quieren perder.
También si él les pega, para ellas está bien, tienen miedo de él pero no
quieren que se vaya. En este país todas tienen miedo de que el compañero se
vaya y las deje solas con los hijos”. (Yaneth, 38 años)
5.13.
La prostitución: una
opción de vida, económica y culturalmente
Las MEP tienen deseos normales, como los de todas las
mujeres. Quieren estudiar, vestir bien, viajar, conocer y tener un nivel mínimo
de bienestar; rechazan una vida de continua lucha para sobrevivir.
Algunas quisieran encontrar un empleo: pero no
cualquier empleo, sino uno que les garantice estabilidad y satisfacción.
“Yo soy bachiller y estudié auxiliar en sistemas pero no he
podido conseguir empleo. He regado hojas de vida por todas partes y nada. Me
gustaría ser secretaria en una empresa grande, tener seguro de salud y primas
de Navidad. Pero trabajo no hay y si encuentras no te dan todo esto”. (Paola,
26 años)
Las mamás, primero que todo quieren poder garantizar un
futuro a sus hij@s.
“Quiero darle estudio a mi hijo y que sea un hombre de bien
y yo por qué no conseguirme un esposo que me quiera bastante, es que vea yo no
me he vuelto a enamorar, sólo he amado a un hombre”. (Yenny, 23 años)
Frente a los sueños, escasas son las alternativas
practicables. Para la mayor parte de ellas la elección está entre un trabajo
extenuante que no permitiría tampoco comprar comida para la familia y la
prostitución, con todos los riesgos que el oficio comporta.
Si en Colombia, delante de las barreras
que obstaculizan la realización del propio proyecto de vida, para una mujer la
prostitución se presenta como elegible, esto ocurre porque se trata de una
opción culturalmente posible y económicamente rentable. A pesar de la crisis
económica, el desempleo y la pérdida generalizada de poder adquisitivo de los
sueldos, los servicios sexuales siguen haciendo registrar una demanda
suficientemente alta. Ciertamente, el aumento de la oferta y la llegada de
nuevos perfiles tienen el efecto de bajar los ingresos para algunas y en
algunos casos, pero continúa la conveniencia económica de ejercerla.
“Había un cliente que ya lo conocimos todas. Todas sabíamos
que cuando era día de pago y él entraba en el local era una fiesta. Ofrecía
trago a todos, se emborrachaba y algo nos daba a todas y cuando no lo hacía
éramos nosotras a alargar las manos en sus bolsillos. Ya lo conocíamos todas.
Me acuerdo que una tarde vino su esposa a insultarlo, porque ella estaba en la
casa esperándolo y no tenía comida para los hijos y estaba cansada de ver que
seguía gastándose toda la plata en los bares. Nunca me olvido de este episodio
e imagínate mi sorpresa cuando un día, después de algunos años, veo en un bar
donde estaba trabajando a aquella mujer. “Mi marido lo he dejado. No podía
seguir haciendo aquella vida tan dura. Ahora estoy aquí también yo. ¿Qué otra
cosa me quedaba para hacer?”. (María del Carmen, 36 años).
Pero en fin, las MEP se llevan encima una “culpa”,
impuesta por una sociedad machista, moralista y fuertemente caracterizada por
disparidades; una sociedad que rechaza fenómenos que, aunque le pertenezcan,
siguen siendo tabúes; y quien paga con el rechazo es el anillo más débil de la
cadena, ciudadanas y seres humanos que cargan con una doble forma de
marginalidad: ser mujer y ser prostituta.
PARTE II: Algunas historias de vida
La sombra de la luna
Gloria tiene 44 años pero los que
cuenta son muchos más. Las arrugas en su rostro, las lágrimas, el sueño de sus
risas hablan de dolores y dichas que supo vivir intensamente. La vida de la
mamá fue un ejemplo para evitar; la casa, un lugar de obligaciones para
huírselas. La calle se volvió su espacio de libertad y la prostitución fue una
oportunidad de afirmación y reconocimiento. Su deseo de viajar la llevó al lejano
Japón, en donde no conocía el idioma ni el valor de la plata. Desde allí y
desde la prostitución, volvió hace casi diez años a su familia y a sus hijos y
ahora es una empresaria exitosa; pero Gloria siempre ha sido una mujer
inteligente y capaz, aunque sólo con este trabajo haya logrado el respeto de su
familia y de la comunidad.
***
Nosotros éramos ocho hijos y
yo era una niña muy loca. Mi papá tomaba mucho y era muy irresponsable pero mi
mamá era una señora, muy dedicada al hogar. La imagen que tengo de ella en la
mente es “embarazada”, “embarazada”, “embarazada”. Imagínate, entre todos los
hermanos nos llevamos como un añito. Mi papá como que la cogía, tan pronto que
estaba en la dieta.
Pero antes de seguir, hay un secreto grande que tengo
que contar, un secreto que mi abuela le contó a mi otra hermana el día que se
murió y que mi hermana nos lo contó a nosotros, porque decía que siempre
atacábamos a mi mamá sin saber nada de su vida.
Mi mamá fue única hija. La abuela trabajaba en casa
de ricos y el jefe estuvo con ella y tuvo una hija con ella: mi mamá. En ese
tiempo era como un escándalo estar embarazada sin marido y ella se fue para
fincas. Después de uno o dos años que nació la niña, se metió a una finca de
carbón y por ahí se consiguió un marido, que es mi papá. O sea, mi abuela vivía
con el señor y la niña fue creciendo y llegó a la edad de 11 años. Mi abuela no
metió a mi mamá a estudiar, sino que la dejaba dormidita y se iba a hacerles la
comida a los peones. Y la niña también andaba por ahí con ella, cuidando de las
gallinas y de la casa.
Vamos a ver que cuando menos se pensó, el marido de
la abuela estuvo con la hija, o sea con mi mamá. ¡Eso dizque fue un escándalo
porque ella era una niña de 11 años! Yo no sé qué pasaría, como que mi mamá en
esa época no le contaba a mi abuela… era una niña… quién sabe qué crianza tuvo
con ella, qué confianza. En fin, cuando menos pensó, la niña salió embarazada
de 12 años del hermano mío, que ahora cumple 55 años. Pero, mire y vea el
sacrificio de ambas. Mi abuela al ver que mi mamá quedó embarazada entonces
pidió quién era y allí mismo el papá se declaró enamorado de la muchachita.
Entonces, cuentan las tías que nosotras chiquitas vivíamos con mi mamá, mi
abuela y mi papá y que mi papá, cuando estaba borracho, tenía que estar con las
dos.
Quién sabe qué sufriría también mi abuela con el
intento de respaldar la hija. O sea, ella diría: “Ya ella está embarazada y
yo se la entrego”, pero el hombre siempre con su mala cabeza quería estar
con ella también. Cada que se emborrachaba eso era un escándalo de los tres,
pero más de mi abuela, que defendía los derechos de ella y no se quería dejar
utilizar. Nosotros más o menos nos acordamos... a pesar de que éramos tan
niñas, que mi papá les pegaba a las dos. A mi abuela una vez le partió una
botella y la llevaron para el hospital. A nosotros dizque nos metía en un
escaparate grande así viejo, nos encerraba y se iba a tomar. Él andaba en un
caballo... ay, yo me recuerdo como si fuera ayer…
Bueno. Después como que la
cosa se separó; ya íbamos creciendo y mi abuela empezó a trabajar en casas de
familia y se quedaba allí toda la semana.
Yo era ya la mayor de las
mujeres y cada vez que mi mamá tenía bebé, yo tenía que cargar con aquel que no
había caminado todavía. O sea, había un bebé como de nueve mesecitos así
gordito y mi mamá ya estaba casi pa’ tener el otro. Y entonces, donde se me
cayera ese bebé ahí mismo me pellizcaba. Por ejemplo, yo estaba jugando catapis
cargando el muchachito y cuando se me caía mi mamá ahí mismo me castigaba. En
su ignorancia ella pretendía que yo le ayudara a criar al niño o a la niña, ¡y
yo pues siempre con mi sentido de niña!
Bueno, fuimos creciendo así,
mi mamá teniendo más niños, yo le ayudaba y mi papá celaba allí en Guayaquil. A
él le pagaban los viernes y esos días llegaba la noche y mi mamá nos acostaba
sin comida. Apenas recibía el sueldo, se iba a echar en un bar y por aquella
noche no había comida. Mejor dicho se emborrachaba, se metía con todas esas
mujeres y andaba muy enamorado de ellas. Yo recuerdo que cada vez que mi mamá
iba al hospital a tener bebé, siempre se iba en ayunas y a nosotros nos dejaba
sin comida. ¿Cómo iba a dejar así, su esposa, su compañera?
Bueno, yo llegué a once años
viendo esta situación, entonces, mi mamá me mandaba pa’ la escuela, pero no me
daba la moneda pa’ comprar. Entonces yo me iba con las muchachas por ahí y
entonces les pedíamos a los viejitos: “¡Ah, regálame un banano” y el
viejo verde, que siempre ha habido nos decía: “¡Ah sí, pero, si me mostrás
tal cosa!”. Y ya una con la otra decíamos: “Mostrale vos”, “mostrale
vos”. Seguro que, a lo mejor, me juntaba con las peores. Para no tener que
cargar los muchachitos, me perdía por ejemplo a las doce del día y me iba a
fumar marihuana con unas amiguitas.
Después, cuando llegaba a la casa me bañaba, me
limpiaba, me hacía una trenza así, me jalaba así y a lo mejor ya en esta forma
de-mostraba... o sea, quería decir a mi mamá que me iba a portar bien.
Pero, ¿sabes por qué desde los
siete años yo me volaba? A mí me pegaban tres pelas diarias, si no me largaba
no me faltaban: todo era tratar de que no me pegaran.
Hasta los diez, once años,
yo me orinaba en la cama y ella me pegaba. En ese tiempo no se decía “Mi hija
se orina, qué es esta actitud que tiene; no, yo tengo que ver lo que le falta a
ella”, no, me pegaba.
Desde niña siempre me oriné,
siempre me oriné, siempre me orinaba, siempre, siempre. Entonces la primera
pela era la de la mañana cuando estaba orinada, la segunda era la de cuando me
ponían a lavar platos y si quebraba un pocillito o un vaso ahí mismo la pela.
Bueno, otra cosa que me
pasaba a mí era ésta. Yo era muy sapoteona, cualquier cosa comía y quedaba
siempre con hambre; entonces me iba a comer lo que mi mamá le guardaba a mi
papá, pero no me la comía del todo. Yo me imagino que mamá tenía problemas con
mi papá si él no encontraba comida. Una vez para castigarme mi mamá me rompió
las manos con las piedras, me acuerdo que se me reventaron con heridas y me
quedaron como sopladas. Entonces ahí mismo yo me le perdía.
Entonces eran tres pelas que
no me fallaban. Primero porque me orinaba, después porque no me gustaba hacer
oficios y después porque… Siempre yo me acuerdo, toda la vida, y esta
experiencia la cuento a mi hija. Había un inodoro muy atrás, ponían una
bacinilla donde se orina uno y yo era la que la tenía que sacar y la sacaba a
las dos, tres de la tarde, cuando ya estaba fermentado. Mi mamá me decía
siempre que la sacara temprano pero yo no lo hacía, entonces ella un día me
hizo tomar eso. Me puso la pata aquí en la garganta y yo abrí la boca y tragué
todo, por boca y narices. Entonces me volaba y me perdía todo el día.
Entonces, vea, yo siempre he sido la más… o sea fui…
mi mamá dice la más loca. A veces yo le digo: “Vea mamá, esa es falta de
comunicación con los hijos pero si usted no tenía eso, yo no se lo pedía,
porque si usted no tenía cómo me lo iba a dar”. Y mi mamá dice: “No, eso
no es así”. Aun todavía mi mamá no entra en razón de que una necesita comunicación
con los hijos. Mi mamá dice: “¿El psicólogo? El psicólogo es la
correa, porque yo a ustedes los crié todos así y todos, bien o mal, están allí”.
Pero yo digo que estos cambios de que nosotras sepamos dirigirnos a los hijos
es tan importante. Porque nuestras mamás nos amaban pero no lo demostraban. Así
era de sencillo.
Mi hermana era diferente; ella era juiciosa, ella le
limpiaba los zapatos a mi papá, le ponía la camisa, le montaba los frijoles.
Porque él era de estos hombres que necesitaban que las hijas les arreglaran lo
que necesitaban, las hijas y no la mamá, ¡mira el machismo! Mi hermana hacía
todo lo que ella ordenaba y a ella casi no le pegaba. Pero yo no, yo me iba a
la calle, no, no hacía nada... yo digo que sería mostrando mi rebeldía, que no
estaba de acuerdo con eso... ¡quién sabe!
En la calle yo era feliz, como que encontraba más
afecto que en la casa. Si mi papá no me dejaba salir a los bailes, yo me
brincaba por el balcón y entonces ellos me pegaban y me encerraban y yo volvía
y me perdía, tres, cuatro, cinco días aquí en Guayaquil y cuando regresaba era
otra pela. En fin, empecé yo a rodar, me salí de estudiar, ya le cogí gusto a
la droga... marihuana y pepas.
Cuando quedé embarazada, ni le conté a mi mamá yo iba
con mi barriga y no le decía a nadie... ¡imagínate cómo fui tremenda! Había un
señor muy enamorado de mí, y él sabía que yo estaba embarazada y mi mamá no
sabía. Yo le decía que el hijo era de él, pero mentira que yo sabía de quién
era y yo le decía solamente para sacarle plata. Y entonces él fue donde mi mamá
y mi mamá supo por él. “Vea, yo vengo porque quiero casarme con Gloria; vea,
ella tiene mi hijo”. Y mi mamá: “¿Qué?”, se asustó. Pero claro que
yo digo que mi mamá tenía que esperar eso, ¡yo andando tanto a la calle por ahí!
Entonces me echaron de la casa, ahí mismo, automáticamente, ¡pero yo ya estaba
enseñada a andar la calle!
El papá de mi hijo era el muchacho que vendía droga
por allá. Yo tenía por ahí 13 años y él como 21. Al principio, yo estaba con él
solo para la marihuana, después, me pegué de él porque, como que me daba miedo
de la vida, me daba miedo hasta de los perros. Cuando yo estaba fuera por la
noche, hasta la sombra de los perros o de la luna me daba miedo. Los perros
ladraban como a la luna y me daba miedo... me daba un miedo hasta la sombra
mía. En las noches de luna llena, uno mira hacia atrás y se ve la sombra de uno
y a mí me daba miedo; entonces me mantenía con él. Pero resulta que el papá del
niño mío era ladrón, robaba carteras, entonces pasaba mucho tiempo en la
cárcel.
Aquí había un inspector de policía que… Ay, le estoy
contando una historia que solamente los viejitos saben de qué estoy hablando.
Había un inspector de policía que quiso hacer mucho por la juventud de aquí; se
llamaba Asa Lombardas y puso una cosa: treinta días para la persona que
estuviera por allí en la calle, sin hacer nada. Por esto lo llamaban
“trentazo”. A todos lo que veía fumando marihuana los cogía: “Ah, ¿no tiene
sino que hacer esto? ¡Váyase un mes para la cárcel!”. A él lo mataron. Y
entonces yo me tenía que bregar aquí en Guayaquil para que no me mandaran a
pagar los treinta días. En cambio, ese muchacho pasaba cada rato treinta días,
porque robaba carteras. Cuando lo cogían, yo me quedaba aquí en residencias y
me acostaba con los hombres, para mí, para pagar la residencia, muchas veces
para ir a llevarle a él y para visitarlo. Cuando empecé la prostitución tenía
14, 15 años.
En ese tiempo había como una
delincuencia, pero una delincuencia como sana. O sea, les gustaban mucho los
tangos, había como... no sé si usted ha visto, aquí había como una tradición en
Colombia y en Medellín del tango. Aquí se murió Carlos Gardel; así el tango
siempre ha tenido mucha importancia y en los bares se encontraba mucha amistad
y alegría. O sea, eran delincuentes, robaban, fumaban marihuana pero había como
un respeto de hombre a hombre; o sea, no era como la delincuencia de ahora, que
matan por cualquier cosa. No, podía haber una puñalada pero tenía que ser por
una razón grande. Había como reglas, algo así, una clase de delincuencia
diferente. Imagínate ahora cómo se volvió la situación, que uno tiene que tener
miedo también para mandar los muchachos al colegio.
Como a los 19 años me fui
para Barranquilla, a trabajar en los barcos. Primero en Barranquilla, después
en Cartagena y Santa Marta, “pirateando”. Eso se llama piratear; piratear es ir
a los barcos y por allí había montones de barcos, filipinos, japoneses,
griegos. Llegaban ahí y se quedaban mientras que cargaban, se quedaban unos días
pero había unos que se demoran hasta seis meses pa’ salir. Hay barcos
extranjeros pero también barcos de nosotros, organizados propiamente para
atender a los clientes, como si fueran casas de citas en el mar.
En el primer barco donde
llegué nos tenían encerradas, siempre encerradas. Afuera ponían las fotos de
nosotras desnudas y el cliente escogía a quien quería. Hasta el barco nos
llevaba un canoero, en alta mar. A más de una las botaban, las ahogaban, porque
a ellos también les gusta la plata, o sea que también hay que darles plata, si
no te botan al mar. Y quien se da cuenta cuando una ampara por allá, sin
familia, sin nombre, sin cédula. No era como ahora, que una tiene su cédula, su
identidad; yo pasé diez años y más sin documentos pa’ arriba y pa’ abajo, y no
me hacían falta.
Eso es un mundo que mucha gente no conoce, y como
estaba lejos de la policía; allí había droga, ahí había de todo, de todo, de
todo, hasta enfermos sexuales, y había mujeres que en medio de la droga se
dejaban quemar, se dejaban hacer todo y salían con su plata, como había también
buena gente que nos regalaba Coca-Cola, blusas, cosas de por allá, de su país.
Yo fui en un barco griego y me regalaron cosas bonitas.
En el primer barco donde yo fui, nos daban vestidos
lindos; fue la primera vez que me puse un traje de baño muy elegante, nos daban
comida buena pero no nos dejaban salir. Había un balcón donde nosotros salíamos
a oscurito, hombres tomando y entonces cuando uno menos pensaba había el hombre
que nos estaba esperando en la pieza. Eso es horrible, eso era una
incertidumbre: “¿Cuál cara voy a ver?”. Al final un cliente me ayudó a
volarme de ahí, me dijo: “Vea, yo le voy a tirar un lazo”, nos bajamos
como tres de una ventana y nos fuimos.
En los barcos, más que todo estaban las viciosas. Los
clientes buscan a esta chica que está bajo el efecto de droga, porque es más
amable, mejor dicho, hablando vulgarmente, uno con droga aguanta tres, cuatro,
cinco veces al hombre por la misma plata. Allá uno trabaja directamente con el
cliente, o sea, el cliente nos pagaba a nosotras, pero nunca ellos pagaban lo
que era. El dueño vendía licor y buscaba a las mujeres que bailaran y hicieran
show. Ahora a mí me da una risa pero yo tenía un estilo para ser sexy, yo me
iba quitando la ropa y... ay, era una muy llamativa para el dueño, pero él no
me daba a mí ni un peso, me tenía allí, de pantalla.
En Barranquilla trabajé también en un sitio inmenso
que se llamaba “La casa verde”, grande como una cuadra. Imagínese que era del
embarcador y allí llegaban todos los que arrimaban al puerto, todos iban allá.
Un día vinieron allá unos japoneses y nos ofrecieron de llevarnos a Japón y
yo... ay... estaba lista... ¡mejor dicho! A mí, no sé, no me daba miedo ni de
viajar, así yo no supiera idioma, así no supiera nada, ¡quería ir a conocer!
Y entonces los japoneses preguntaron: “¿Quién se
quiere ir?”. Y yo, ahí estaba yo apuntada. Una señora nos dio plata y había
esa alegría... que el pasaporte, que los papeles... pero todo era falso, todos
los papeles eran falsos.
No llegamos directamente a Tokio. Yo hice tránsito en
Los Ángeles, esperando el avión. Pasé emigración y todo y un negro americano me
metió en un hotel. El tránsito demoró un día y la noche.
Conmigo vinieron otras cinco compañeras; me acuerdo
de una, a ella le gustaban las mujeres, se llamaba Doralba y se hacía llamar
Dori. Yo me acuerdo de mis compañeras, tan bellas ellas, vivían como en un
mundo tan... ¡A una la mataron delante de mí! La mató un japonés todo tatuado...
todos los que nos transportaban a nosotras de un teatro a otro eran tatuados.
En los primeros días ellos nos dividieron en grupos de a dos y a mí me mandaron
con la muchacha que mataron. Ella era de Cali, era una muchacha rebeldona, pero
se peleaba con ellos por la plata. Lo que pasa es que siempre hay muchachas que
se quedan calladas pero hay otras que se quejan. Yo, como estaba tan perdida en
el “vicio”, a mí que me dieran lo que me dieran, yo caminaba. A mí
supuestamente, me servía lo que era pero a lo mejor ella venía con sus
instintos de responsabilidad. Y entonces empezó a decir: “No, esta plata no
es, dame la plata que me dijiste o no salgo al show”. Ese día nos íbamos
para Osaka y él iba bravo en el carro; la muchacha allí al lado y entonces él
le explicaba que la iban a matar y yo la miraba y yo no sé… yo me había
inyectado… yo no sé. A veces le reclamo a la vida que por qué no tuve esa
conciencia que tengo ahora; ahora yo digo, algo me pasaba que yo ni dije ni
pensé. “Ah, no la voy a dejar matar, no hagan eso”. Eran como sombras
las que yo veía. La metieron a las malas en la habitación y cuando yo entré
ella estaba muerta. La mataron con una almohada en la cama, la dejaron allí y a
mí me transportaron por otra parte. Me acuerdo que viajamos en un carro casi
una noche y un día por debajo de la tierra, caminando por unos puentes con
calles bonitas. El Japón tiene muy perforado debajo de la tierra, con unas
autopistas hermosísimas. Con las otras muchachas nunca me volví a juntar.
En Japón hay dos formas de ejercer la prostitución:
paradas de pie o en teatro. La de teatro es de mafia y a mí me tocó trabajar en
ésta. A mí me tiraron a un teatro y: “Coma usted”. Nunca me dieron plata
para comer, ni nada. Yo sabía que si quería ganarme algo para comer tenía que
hacer el show, o sea acostarme con todos los que querían. ¡El oficio en los
teatros era tan raro! A pesar de tantas cosas, yo nunca he sido capaz de hacer
el sexo... o sea de realizarme delante de otra persona. Me parece como tan
íntimo, tan privado... ¡Pero los japoneses no! En el centro del teatro hay una
pista y se sube el hombre en esa “pantalla”, se monta encima de la mujer y la
pista dando vueltas. El hombre se realiza, se desarrolla y se baja y después se
monta el otro mientras todos los demás están mirando alrededor de la pista.
Así funciona allí. La plataforma es redonda, todo el
local es oscuro y hay una luz que refleja la plataforma: no se ven sino el
hombre y la mujer. Pero uno que está encima de la plataforma, ve los hombres
allí, sentados en las sillas…
Yo digo: “¿Cómo es posible? ¿Será que los
clientes de los teatros son los más depravados?”. O sea, a pesar de las
experiencias que he vivido, yo necesito de un ambiente íntimo, que ame, que me
sienta bien, que en ese momento yo soy importante para él y él importante para
mí. Yo digo que realizarse en el sexo es tan mental y tan encerrado que no se
puede hacer delante de todo el mundo. Yo no me explico, son cosas que todavía
de la vida no entiendo.
Allá cada ocho días me daban un sobrecito pero nunca
supe ni cuánto valía el yen ni cuánto ganaba. Los cambiaba en dólares y nunca
me di cuenta tampoco del valor del dólar, nunca, nunca. Pero cuando llegué sí,
traje unos dólares, tampoco me acuerdo cuánto traje, pero sí traje, como para pasar
un mes tomando o más.
Al Japón yo hice tres
viajes. La primera vez me quedé como nueve meses y después decidí salirme,
porque hacían muchos asaltos en los teatros y entonces uno tenía que correr
mucho con la maleta, entonces yo dije “me voy a ir”. Me dejaron ir, pero
yo tuve que decir que estaba muy enferma. Yo iba siempre con tiquete de ida y
vuelta. Después vine, me pinté el cabello de verde y a la señora de la agencia
le gustó mi presentación y me dijo si quería ir otra vez; porque si a ellos no
les gusta el trabajo no vuelven a ayudarle. A uno cuando sale le dan 2.000
dólares, pero solamente para mostrarlos en la frontera y allá mismo otra
persona se los quita a uno.
Aquí en Medellín había una
agencia de viaje que la ayudaba a una; ahora la señora ya no está allí, se
llamaba Leonor; una le mandaba las fotos y ella la ayudaba. Nunca supe cuánto
ganaba y ahora, hace por ahí unos siete años, fui a la agencia y ya la señora
no estaba.
La segunda vez regresé
después de seis meses, la tercera vez fue cuando estuve veinte días en
Yokohama, en la cárcel. Como ya me tenían seguimiento, me cogieron por
documentos falsos y prostitución. Me detuvieron veinte días en la cárcel y
después me deportaron. En Japón es un delito entrar como turista y hacer
prostitución. En la cárcel nunca me maltrataron pero sentí mucha soledad; ¡fue
terrible! Ahí sí, fui consciente del sufrimiento, la comida que no me gustaba,
no sabía manejar palitos… ¡muy
dura la soledad!
Yo estuve también en Panamá
como dos meses y en Curazao, en Campo Alegre, como tres.
Cuando me deportaron, volví
a Medellín y ya me quedé definitivamente, pero seguí en la prostitución: más
que todo en bares, casas de citas.
¡Si yo tuviera que contar todas las escenas que he vivido!
Vea, a uno no le pasa nada porque Dios es grande o quién sabe para qué lo tenía
reservado. Hace muchos años, por ejemplo, aquí en Medellín nos fuimos a una
finca. Oiga, pues... ¡con unos hombres! Yo trabajaba en una casa, ahí por la
Avenida Oriental. A eso le dieron bala, mataron la señora y se acabó.
Estábamos allá y fueron dos
hombres por nosotras y le pagaron a la señora para dejarnos salir; quién sabe
cuánto dinero le darían. Y a nosotras dizque nos pagaban allá. Y entonces nos
llevaron a una finca adentro, muy lejos de Medellín y... ¡qué raro! Era una
casa bien bonita, con muebles y todo y no vivía una familia, solo había como
ocho hombres. Y en una pieza había un radio de comunicación… y había todo el
bazuco que quisiéramos. Yo nunca había visto tanto, de unos costales; ¡todos
metíamos! Y había un hombre en una cama y lo cuidaban. Nunca supe quién fue. Él
como que era el jefe porque él fue quien pasó a todas, los otros como que le
cuidaban a él. Estuvimos allá como quince días, sin cambiar la ropa ni nada,
nos bañábamos e íbamos así, desnudas por toda la casa y el hombre todos los
días hablaba algo por radio. Yo no sé qué decía, como que: “Hoy vamos por el
mercado, sí, hay que salir a mercar” y: “Sí, vuelo, vuelo” y no sé
qué. Ahora que estoy ya en mi conciencia sé que era algo raro.
Estuve también en Ciénaga,
Magdalena, un departamento de la costa Atlántica, en un pueblito. Allí es pura
guerrilla. Hay como una casa donde duermen las mujeres y allá no te pagan pero
tampoco te cobran la dormida. Los clientes te dan mucha plata, pero es muy
peligroso, porque baja la guerrilla y hay también paramilitares. Allí no se
podía meter droga, porque la guerrilla y los paramilitares no permitían. Los
hombres no dormían en el sitio donde nosotras dormíamos, estaban en otro lado,
porque si uno amanecía con el cliente y era alguien que había hecho algo,
cuando iban a buscarlo para matarlo, mataban la mujer con él. ¡Uno vivía allí
en una tensión!
Aquí los clientes no
utilizan los condones, nunca, nada, los clientes no querían. En Japón sí, la
gente está muy educada. Una sale con la canasta y con todo organizado. Siempre,
siempre.
Los clientes son de todo tipo y te pasan cosas muy
raras con ellos. Hay toda clase de gustos. Por ejemplo, había un odontólogo que
me pagaba para hacerme sexo oral, pero primero me quería ver la boca un rato.
Me la miraba, me la miraba, me la miraba y después me hacía el sexo oral; y a
mí me extrañaba eso. Y me preguntaba: “Usted ¿cuántos años tiene?” y yo
me quitaba como diez pero no sabía que la edad se conoce en los dientes...
entonces él quién sabe qué diría: “Esta me está tomando el pelo”.
Había después un señor gordo, gordo, gordo, dueño de
un depósito de pintura, gordo. Y se iba pa’ que lo bañara una... Eso fue en
Barranquilla en un sitio que se llama “La 54”, frente al coliseo; era gordo y
pa’ darle la vuelta necesitábamos dos personas para bañarlo. Pagaba pa’ bañarlo
y después de eso se acostaba para que le hicieran el sexo oral.
Ahora las trabajadoras sexuales, con tantos conocimientos
que hay, están más educadas, saben que hay que poner reglas al cliente. Yo fui
una niña que hice… mejor dicho … sexo anal, sexo oral, todas esas cosas las
hice, como por darle gusto al cliente, como por ser la mejor de todas las
muchachas.
La única regla que les ponía era: “Dame tanto y
primero adelante”, tenía como esa conciencia y: “Págame la multa”,
porque también había multa; pa’ poder yo salir con el cliente, tenía que darle
5.000 pesos o 2.000 al dueño.
Otro cliente en Barranquilla era un vendedor de
lotería. El día que venía siempre pedía de estar con él. Y había un sistema tan
raro. Me metía el dedo en la lengua, como en la parte rasposita y me corría el
dedo y se iba masturbando. Entonces yo me cansaba, y a último sentía la boca
seca… ¡qué cosa tan extraña!
Los clientes te pedían de todo. A mí me pidieron
incluso de hacer sexo con un niño de cuatro años. Imagínese usted; vea, lo que
yo le voy a decir, lo que dije lo viví; le está hablando una mujer que se ha
vivido la vida, porque yo sinceramente le digo que no hablo porque me contaron.
Había un club en Medellín, la casa de Marta Pintuco, que tuvo una fama de
elegante y yo fui una artista allá, cuando era niña, antes de irme. Hubo un
hombre que llevó un plato así de droga y él era tan enfermo que quería estar
con una señora de 80 años. Me decía a mí: “Yo ya he comido peladita de diez
años, de ocho años, he probado de todo; ya quiero estar con una viejita de 80
años”. ¿Usted sabe lo que es? Y yo vi toda esa situación. Yo en la
prostitución viví toda clase de situaciones. Todo, todo, todo...
Cada persona en su prostitución es diferente, yo he
escuchado historias de compañeras mías muy tristes, pero todas las compañeras
son diferentes y hay unas que tampoco sufrieron tanto. Conozco una que ve en el
ejercicio de la prostitución como un valor, o sea, ella dice: “La
prostitución es sólo para berracas mientras hay mujeres tan cobardes que
prefieren pedir limosna que bajar a la calle”. Cada quien tiene su historia
diferente. Unas más trágicas, otras hasta chistosas, pero hacemos lo mismo. La
prostitución es divisible, pero hay cosas donde es lo mismo… todas sufren lo
mismo… porque la mujer que se acuesta con un hombre y es consciente que le van
a dar 50.000 pesos pa’ las necesidades de sus hijos, tiene que sufrir lo mismo,
porque más que un perro, como decimos nosotros, allí, que: “Hágame esto,
hágame lo otro”.
Pero la atmósfera de los bares es como una rumba cada
día… lunes, martes, miércoles,… usted vive en una rumba constante. Usted vive
la música, usted la canta, si hay el cliente usted baila y se siente felicidad
en ese momento. Una vive en una atmósfera de música, si llega el cliente que
sabe que es de una, entonces una toma, una pega la amiga más amiga, la pega
para que él gaste y se da como una fiesta y llega una bien borracha, toma mucho
licor y así vive como una fiesta.
En la prostitución, mi gozo
era sentir que yo era tan sexy, tan linda y una se vuelve muy sofisticada,
sexy, de éxito. Al hombre, por muy pobre que sea, le gusta la mujer que sobresale.
Entonces era una felicidad, yo me sentía tan satisfecha, tan acogida, tan... y
como a pesar de todo yo siempre he tenido carisma para las personas... Entonces
yo me acuerdo que me sentía como tan importante y las señoras del negocio
también: “Gloria pues…”. Yo era muy pacata, más en el negocio pero
también con la gente; yo nunca me peleaba con las compañeras, yo sé que tenía
un conflicto, era como formal y amable pero trataba como de retirarme y… no sé,
era una felicidad de sentirme así.
Me gustaba ver que mi
conversación era interesante y eso me pasaba con los clientes, cuando nos
poníamos a conversar. A pesar de todo yo siempre he tenido carisma para las
personas... entonces yo me acuerdo que me sentía como tan importante y las
señoras del negocio también lo decían.
Conocí el proyecto hace
muchos años. Yo fui en esa inducción y no me gustó, pues así... y venía y me
iba. Entonces, yo venía y escuchaba a las doctoras pero... Las doctoras no eran
como tan enteradas de nosotras, eran más bien... cómo le dijera... más bien
ocupando un puesto, hacían las cosas como pa’ cumplir. Es que las cosas pa’
cumplir se identifican mucho. Y las doctoras eran así, eran más bien: “Qué
hubo, cómo están, vamos a dar la inducción, pero ustedes tienen que cambiar”.
Nos hablaban mucho del
asunto del trabajo, y yo pensando en el sueldo que me podía ganar con esos
trabajos que nos mostraban decía: “Ay, tan poquita plata, no, no”.
Todavía yo estaba con el cuerpecito más o menos así... Pero veía que empezaba
la decadencia, que había que pelear el cliente pa’ estar con las muchachas más
jóvenes.
Yo no sé, es que en la prostitución es así, de
momento, de momento aparecen un poco de sardinas, después se retiran y así.
La felicidad mía es de poder tener mis hijos a mi lado
y sentirme una buena mamá. Mi hija tiene 12 años; cuando la tuve ya me había
ido una vez a Japón. Yo estaba trabajando en un bar en Barranquilla y ahí me
enamoré de un muchacho que trabajaba en esa mueblería. Él me decía que yo era
una mujer muy inteligente. Me fui a vivir con él y trabajé en “Calzado Lindo
Pie”. Le ayudé a colocar un calzado y él me decía que yo era muy bonita. A él
le gustaba mucho que la mujer emprendiera, fuera lo que fuera pero
emprendedora. Él me decía: “Venda zapatos usted también, tráigalos para la
casa”. Bueno, en fin, trabajé como tres meses en ese calzado, empecé el
embarazo, me conseguí una pieza en una casa de familia y allí tuve una vida más
o menos calmada. Me quedé como seis años sin ejercer la prostitución.
Pero entonces él se metió a trabajar droga, viajaba y
traía droga de Villavicencio y yo lo esperaba en la casa. Trabajaba, me
encargaba de la casa y cuando él estaba viajando lo esperaba. ¡Estaba enamorada
y me sentía realizada! Pero él empezó a viajar más seguido y yo me quedaba sola
ahí en la pieza. ¡Volvió y se me despertó el demonio de la droga! Entonces yo
le robaba droga a lo escondido para meterme; perdí el trabajo, volví y caí en
lo mismo. Después nació la niña. Todas las hermanas de él son profesoras y me quisieron
mucho a la niña. Entonces siendo su única sobrina, todas las hermanas hicieron
la fuerza para que me la quitara Bienestar Familiar. El ICBF les dio la patria
potestad a ellas y entonces hasta el año pasado estuvo con ellas en
Barranquilla pero siempre yo tenía comunicación con ella. El año pasado la
psicóloga del colegio dijo que necesitaba de la figura materna y les recomendó
a las tías que me la devolvieran.
Aunque haya vivido hasta el año pasado con las tías,
mi hija siempre me respetó como mamá, mamá desordenada, que ella misma veía que
me le perdía hasta seis años, seis años sin visitarla en la misma Barranquilla,
pero nos hablábamos por teléfono. Pero yo sabía que estaba muy bien, porque la
gente me lo decía. Yo supe que le hicieron primera comunión y un día me
mostraron la foto.
En los últimos años recuperé también la relación con
mi hijo mayor, que está casado y tiene un bebé. Ellos no saben; en cambio mi
mamá siempre supo, y también mis hermanas.
En el barrio tengo una relación muy buena, me
aprecian y yo también los aprecio, los trato con mucho respecto. Hay una señora
que me dice: “¿Quién lo iba a creer Gloria, que vos saliste hasta buena
mamá? ¿Quien creía que vos ibas a dar hasta buen ejemplo?”; pero yo sé que
me quiere y no me molesto. Y la señora que está al frente, es lo más de
chistosa y me dice: “¿Qué hubo, Gloria? ¡Eh, antes se ganaba usted la vida
con el sudor de la arepa y ahora se la gana usted con el calor de la arepa!”.
Pero todo me va bien y me compran las arepas.
¿Cómo te llamas? ...¡Gladis!
Gladis, mujer fuerte y equilibrada: una niñez feliz
interrumpida por un acontecimiento que quiebra la unidad de la familia, una
violencia que la separa de su mamá para siempre, la continua pérdida de
personas de referencia.
Entra en la prostitución para poderse permitir una vida
independiente y cómoda y permanece en ella por una etapa de su vida en la cual
dice no haber tenido sueños, deseos y proyectos. Pero tal vez no es así, como
parece por el brillo de sus ojos mientras cuenta de cuando Pablo, amigo y
amante de hace muchos años, se la llevaba de paseo por toda Colombia.
Después del embarazo del segundo hijo, decidió no tomar
más trago, dejar la prostitución y emprendió un negocio de venta de comidas,
que no le aporta ni siquiera un sueldo mínimo. “Creo que atrás no vuelvo,
porque cambié mucho”, dijo cuando esta entrevista fue grabada —en marzo de
2001—; seis meses después volvió a la prostitución. Su lucha para sobrevivir la
estancó. En la calle conoció un hombre del cual ahora está enamorada y le
permite tener independencia económica y la posibilidad de disfrutar espacios de
recreación y sociabilidad. La presencia de él le está posibilitando por ahora
no recurrir a la prostitución.
* * *
Todo lo que yo recuerdo de mi niñez es que fue muy bonita, agradable,
con mi papá que estuvo en mi casa, nos daba gusto, el estudio, todo lo que
nosotros quisiéramos; muy bonita hasta que mi papá tuvo un accidente. Toda la
vida él tuvo un localcito en el primer piso de nuestra casa, era una salsamentaria,
vendía de todo, vendía tragos por la noche, cafés y desayunos por la mañana; mi
mamá hacía almuerzos en la cocina, vendía de todo... hasta el accidente de mi
papá.
A él le dieron una puñalada por robarle, porque tenía unas gafas con la
montura en oro y entonces por robarle las gafas lo apuñalaron; yo tenía como 12
años. Entonces ya lo hospitalizaron y estuvo en la clínica como dos meses.
Mientras mi papá estaba en la clínica, en mi casa estuvo un muchacho que
vivía como a una cuadra de mi casa. Era un conocido de mi papá y como mi mamá
por el accidente tenía que estar viajando para la clínica, él se quedó
manejando la tienda. Cuando mi papá se alivió y salió del hospital, ya como que
tenía muchas alas en mi casa, o sea mandaba, ordenaba, que “esto no me
gusta”, que “esto así”, que “hágame esto así” que “hágame
ese otro”.
Mas sin embargo mi papá se recuperó y volvió a la tienda. Pero ya el
negocio había bajado un poquito porque había que pagar la clínica y no se pudo
surtir bien la tienda. Entonces el muchacho se mantenía todos los días en mi
casa y justificaba su presencia diciendo que era novio de mi hermana. Bueno,
pero mi hermana conseguía otros novios y amigos, pero él seguía en mi casa.
Entonces resulta que el muchacho era amigo de mi mamá. Para ese tiempo
ella apareció en embarazo y yo veía a mi papá muy triste, que se la pasaba
llorando, y un día le pregunté: “¿Papá, qué le pasó?”. “Ah, mi hija, es que
el doctor me dijo que después del accidente quedé estéril”. Yo no le paré
bolas, pues no le entendía en este momento de qué se trataba.
Cuando mi mamá apareció en embarazo, empezaron las discusiones en mi
casa. Mi papá se alejaba mucho por la noche, mi abuelita se metía pero nosotros
no entendíamos. Hasta que mi papá vino y nos dijo que como que la tienda no
estaba dando resultados, se iba a trabajar en el centro, que un hermano le iba
a conseguir un negocio para trabajar allí. Pero entonces seguía subiendo a la
casa.
Mi mamá se encargó de la tienda y el muchacho seguía allí. Mi papá subía
cada 8 días, los domingos, por allá al mediodía. Nos llevaba regalitos, nos
llevaba yogurt, frutas, y mi mamá no nos dejaba comer. Nos decía que no, que él
nos iba a hacer maldades con eso, que no le recibiéramos nada, que él era muy
descarado, que nos había dejado.
Cuando la niña nació mi papá fue a conocerla, le llevó dos vestidos y
jamás volvió. Ya nosotros éramos más grandes e íbamos a visitarlo aquí al
centro. Él nunca nos dijo nada ni nunca negó la niña. Mi hermana, que era
mayor, ya entendía mejor las cosas y me dijo que ella no quería seguir en la
casa. Entonces se consiguió un novio en seguida de la casa. ¡Y empezó el
problema! Se trataban mal, se gritaban...
Después yo al ver todos esos alborotos hablé con mi madrina que vivía en
el barrio La América y ella me dijo: “Si quiere, véngase para acá”.
Estábamos como en vacaciones de junio; yo me fui seis meses para allá y cuando
regresé el papá de la niña estaba furioso.
Estaba muy, muy bravo, porque me había ido sin pedirle permiso a él. Yo
le dije que no tenía que pedir permiso a nadie. Ahí mismo se fue quitando la
correa y me dio tremenda pela. Él me pegó pero yo le tiré... Recuerdo que
estaba almorzando y le tiré el plato, el vaso, la silla y todo lo que tenía.
Porque no aguantaba que él me pegara, porque mi papá nunca me pegó. Entonces ya
empezamos el alboroto: que si yo tenía que salir, tenía que pedirle permiso a
él; iba a ir a la biblioteca, tenía que pedirle permiso a él; me salía a pasear
y le tenía que pedir permiso a él. Entonces yo me disgusté mucho con mi mamá y
le dije que arreglara ella su situación, porque nosotros éramos muy grandes y
sabíamos quién era mi papá para que él de un momento a otro llegara a
ordenarnos.
Él no vivía en la casa con nosotros pero venía todos los días, sino que
se iba una o dos horas, se apoderaba de la casa y quería hacer y deshacer. La
niña le tenía el pánico, lo veía llegar y se escondía bajo de la cama, se metía
en el baño, le tenía mucho miedo. Entonces empezaron los problemas, los conflictos
con él.
Un día llegué del colegio y no había nadie y la tienda estaba cerrada.
Yo abrí la puerta de la casa, entré, cuando lo vi dormido. A mí me daba rabia
que él se acostara en la cama de mi mamá. Entonces yo entré en la pieza, saqué
la ropa mía, y él empezó a regañarme porque había llegado tarde. Y yo le dije:
“Ah, ah, conmigo no se meta; respete, váyase, nosotros sabemos quién es mi
papá”. Entonces él, allí mismo, como era más alto, cogió otra vez a
pegarme, me mordió los brazos, las manos, me cogió a la fuerza y me violó.
En este momento en que él estaba abusando de mí llegó mi mamá. Yo estaba
llorando a los gritos, estaba súper alborotada. entonces mi mamá empezó a pegarme, empezó a gritarme que si
eso era lo que yo estaba buscando, que si me gustaba por qué no le había dicho
antes. Se armó tremenda y yo llorándole y le decía que por qué no miraba lo que
había hecho él.
Después de eso dejé de estudiar y me fui para donde mi madrina. A nadie
le conté lo que me había sucedido sino que dije que estaba muy aburrida en la
casa y que quería irme. Tuve que dejar el colegio y el próximo año no entré a
estudiar porque mi mamá no me quiso llevar los papeles. En donde mi madrina me
quedé varios años y allí hacía lo que yo quería.
En aquellos años estuve muy encerrada. Hacía todo lo que se hace en una
casa: lavaba la ropa, preparaba la comida y los domingos salíamos a pasear.
¡Todo normal! Como si estuviera trabajando pero ellos me daban todo lo que yo
necesitaba. No me insistieron en el estudio y yo tampoco quise seguir
estudiando.
Tenía amigos, pero si un muchacho se me iba a arrimar y empezaba a
abrazarme y besarme, no... ¡hasta ahí llegaba! Sólo la amistad, porque ya como
que les cogí fastidio a los hombres, les tenía rabia y no me dejaba tocar de
nadie.
Me acuerdo de un muchacho que me decía que yo era lesbiana, que me
gustaba mucho conversar con los hombres, pero decía que yo era “mucho tilín
tilín y nada de paletas”.
Luego mi madrina se murió. Allá eran tres hombres y dos mujeres. La
mayor se casó, la niña se fue para Bogotá, entonces quedaba yo con los tres
hombres. Yo ya busqué a mi papá otra vez y él me dijo: “Si quiere, se viene
para acá; yo estoy trabajando en un hotel, puede trabajar acá”. Me fui para
allá, trabajaba en las noches, me tocaba tender camas. Me pagaban bastante,
como 5, 6.000 pesos diarios hace como 15 años.
Por ese tiempo la prostitución no era tan abierta como ahora, que las
mujeres se paran en la calle y no sucede nada. En ese tiempo era como más
reservado. Las señoras estaban en el hotel. Entonces yo le preguntaba a mi
papá: “Papá, ¿por qué entran un rato y no se demoran y salen?”. “Ah, es que
llegan cansados, se recuestan un ratico y ya”. Yo tampoco le paraba como
muchas bolas a esto, hasta que... Bueno, conocí amigas, amigos, mucha gente
para un lado y para el otro.
Entonces, cuando mi papá se murió busqué otro hotel y trabajé allí
varios años. Ya yo estaba mayor y... y empecé a irme con conocidas del hotel...
Ellas me decían: “Venga, vámonos para Barbosa, vamos para tal parte”; y
trabajando dos, tres años en hoteles ya yo conocía todo eso. Yo no lo hacía acá
en la ciudad por la familia, porque me conocían, varios tíos tenían hoteles,
entonces me iba para los pueblos.
Yo iba a Barbosa, a Santuario, a Rionegro, a Marinilla, iba a los
pueblos que se podía ir el sábado y volver el domingo. En la casa decía que me
habían invitado algunos amigos a pasear y me iba, trabajaba y traía mi plata.
Pero cuando llegaba no mostraba la plata que me había ganado, no. Sacaba 5, 10
mil pesos, iba sacando de a poquito. Llegaba, me bañaba, me cambiaba de ropa y
era otra persona.
En los pueblos, a veces me iba bien, a veces mal, porque había muchas
muchachas jóvenes y bonitas... Otras veces me daba como fastidio estos olores
del campo. En los pueblos usted va a un negocio y le dan desayuno, almuerzo y
comida y usted no sale de ese puesto. Si usted se toma una cerveza le dan una
ficha que son 200 pesos, o sea, como una monedita de plástico; entonces usted
por cada ficha reclama 200 o 500 pesos. Entonces uno a los clientes les gasta
cerveza; si toma aguardiente le vale 1.000 pesos por cada aguardiente. O sea
que una por fichas podía recoger plata sin irse a acostar con ellos. A mí me
gustaba pedir aguardiente, porque yo le decía al muchacho que me echara agua y
no se veía. Entonces él me daba agua, limonada o soda y yo tragaba agua, no me
emborrachaba, me ganaba las fichas, me hacía dos o tres “ratos” y me volvía.
En esos entonces en Barbosa conocí un señor que era de aquí de Medellín
y que me ofreció un trabajo. Entonces no volví a salir para los pueblos sino
que me hice amiga de él. Al frente del restaurante trabajaba el que ahora es
esposo mío. Él era chef internacional y a mí me escogió como ayudante de
cocina.
Con él yo duré cinco años. Me enseñó a cocinar y viajaba mucho con él.
Él dictaba clases de culinaria, entonces nos íbamos para Cartagena, Bogotá,
Cali... Pues, con él fui a muchos sitios. Cuando salía a viajar íbamos en
avión... tengo recogidos como 30 pasajes de avión, todavía los conservo. Cuando
andaba con él me vestía bien y yo vivía muy bien, tenía empleada, tenía lo
mejor. Me puse a vivir en un apartamento sola y él me daba todo lo que
necesitaba... o sea, me cambió la vida en un cien por ciento.
¡Para mí empezó otro mundo! Él era mayor que yo; yo tenía como 18, 20
años y él tenía 49 y nadie pensaba que era mi amante, porque me llevaba muchos
años. Ya con él empezó una relación de muchos años; quería saber de mi familia,
qué me pasaba y por qué me mantenía sola. Entonces con él volví a relacionarme
con mi mamá, porque en todos estos años yo había estado muy alejada de mi casa.
Yo inicié otra vez la prostitución porque el chef también se murió
cuando yo tenía 22 años. Él vivía con su familia y tenía cuatro hijos. Yo tenía
mi apartamento y él venía por la noche, se quedaba un rato conmigo y después se
iba para su casa. Una noche me llamó y me dijo que estaba como aburrido, que le
hiciera la comida que ya iba para la casa. Llegó y se puso a contarme que había
peleado con la hija, que eran muy descarados, que él ya como estaba de viejo y
que ellos le sacaban todas las obligaciones a él, que tenía que mantenerlos por
todo, y lloraba, lloraba, lloraba; entonces yo le dije: “Yo todavía no le he
hecho la comida, espere que se la hago”. A él le gustaba mucho la carne
asada, papitas, ensalada, una comida común y corriente sin nada de especial.
Así me puse a preparar la comida y él se quedó dormido.
Él nunca amanecía en mi casa. Esa noche llegó a las ocho, por ahí como a
las nueve y media se durmió, y a las diez pasaditas yo empecé a moverlo para
que se despertara, porque se le iba a acabar de enfriar la comida. Entonces yo
empecé a tocarlo y nada, no se movía, no se movía, nada. Cuando de pronto yo
empecé a darle en la cara, empecé a moverle la mano y él tieso, tieso. Me dio
ese susto, yo lo levantaba, pero nada. Se murió de repente, ni me di cuenta en
qué momento se murió. Entonces a mí me dio muy duro.
El apartamento era muy pequeño, pero yo no encontré la puerta pa’ salir,
no encontré el teléfono, me puse como loca a gritar. El dueño del apartamento
abrió con su llave porque yo no encontraba la llave para abrir, no encontraba
nada. No hacía sino gritar.
Llamaron la policía y allá empezó el problema. Me esculcaron el apartamento
por toda parte, me detuvieron dos días por la muerte de él mientras hacían la
investigación. En la necropsia se dieron cuenta de que había sido un ataque,
entonces ya empezaron a perseguirme los hijos.
El papá del hijo mío fue el único que me ayudó, me creyó y me ayudó a
salir de los problemas. Él trabajaba con un tío que era abogado, entonces me
ayudó a salir de la cárcel.
Yo deseché todas las amistades que tenía y ya me hice como a un lado.
Entonces después de la pérdida de mi papá, lo perdí también a él. Me hacían
falta los lazos afectivos y ya me dediqué a tomar trago y... volví otra vez a
la prostitución, volví aquí al trabajo en el centro. Trabajaba así a ratos en
el hotel de camarera y cuando me decían: “Vamos a hacer un rato”, yo me
iba.
Yo seguí viviendo en el mismo apartamento sola, y cuando el papá de mis
hijos tuvo un problema con una hermana me dijo que si le dejaba guardar la ropa
un tiempo allá, que mientras encontraba apartamento. Así vivimos como dos años,
él por su lado y yo por el mío, o sea, dos piezas, y él llegaba, lavaba su
ropa, hacía su comida, pagábamos el apartamento juntos pero éramos sólo dos
amigos que muchas veces ni conversábamos en la noche ni nada. Porque yo siempre
llegaba tomada.
O sea, yo para poder trabajar tenía que tomar. Recordaba la violación y
para estar con ellos tenía que tomar. Entonces empezaba por allí a las tres de
la tarde, empezaba con una, dos cervezas, después empezaba con dos, tres
aguardientes, hasta que un día me dijo: “Ay, no, pero usted ya está
alcoholizada, todos los días bebe. No, vea, hay cosas mejores para hacer, por
qué tiene que estar todos los días bebiendo”. Él me ayudó mucho a salir del
trago, me llevaba a otros sitios, a parques, a otras partes. Entonces yo fui
como dejando el trago a un lado. Luego me puse a vivir con él y quedé
embarazada de mi hijo mayor, que hoy tiene siete años. En ningún momento él se
dio cuenta de mi vida anterior.
A veces pienso que sería de mi vida si él no me hubiera ayudado a salir
de este conflicto tan horrible, de estar bebiendo, de estar en este ir y venir?
Él trabajaba como asesor tributario y estudiaba contabilidad en la
universidad; pero cuando mi niño tenía año y medio él tuvo un accidente, se
cayó de una buseta. Se le encharcó el cerebro de sangre y estuvo 20 días
inconsciente. En ese momento pensé que también él se iba a morir. Entonces yo
quedé con la obligación del niño, tenía que pagar arriendo, la clínica y volví
y caí otra vez a la prostitución; volví y trabajé, ya sí aquí en el centro,
porque no me podía ir pa’ ninguna parte. La mamá de él me cuidaba el niño,
entonces me venía en la mañana, iba a la clínica un rato, volvía para el
centro y trabajaba, aquí en Palacé, volvía para allá y le daba visita a él. Me
iba otro rato para visitarlo y después me iba para la casa. Él siguió muy
enfermo de la cabeza y no pudo volver a trabajar.
Yo le decía que trabajaba en los hoteles y si tenía ocho horas de
trabajo decía que eran doce horas; o sea que trabajaba cuatro, cinco horas en
el hotel, después me hacía dos o tres ratos y me iba. O sea, siempre trabajé en
la prostitución pero siempre me desempeñaba en otras cosas. No como ahora, que
ya definitivamente no quiero.
La decisión de salir de la prostitución la tomé yo misma por los
talleres de crecimiento personal, de autoestima, de capacitación. Un día un
viejecito me dijo por la calle: “Cómo se ganan fácil la vida estas mujeres”,
y yo me dije: “No, no, esto no es tan fácil”, y “No, esto no es para
mí, ¡cuál que vida fácil!”. Esta palabra me marcó a mí mucho y empecé a
pensar en recapacitarme, pensé otra vez en estudiar, y ya son dos años que
estoy en un proceso muy bonito y creo que para atrás no voy a echar nunca jamás
porque he cambiado mucho.
Fue cuando quedé embarazada la segunda vez, hace dos años, cuando dije:
“No más, no más, no más, voy a hacer un cambio en mi vida”.
En principio del embarazo yo me decía: “Ah, ¡no! ¡Yo qué hice! No, yo
con esta vida de hoteles que llevo”. Me cuestioné mucho, pensé abortar pero
no lo hice y tomé otra decisión. Ya me compré la fritanga, empecé a hacer
empanaditas y tamales y empecé con las ventas.
Hace año y medio, cuando nació mi hijo, mi mamá me dijo que por qué no
me iba para allá, porque con dos niños pagar el arriendo es difícil y ella
sabía que yo sola era la que sostenía la casa.
Ya hace tiempo con ella volvimos como a hablar otra vez, pero sin
embargo yo guardo como ese sufrimiento de la niñez y todo. Yo no vivo como
pendiente de eso, sino que es como con una relación fingida con ella, pues le
sonrío, le hablo, pero guardo como ese resentimiento con ella. Bueno,
actualmente mi hermanita tiene 18 años y al papá de ella ya lo mataron. Cuando
mi hermanita tenía como ocho años, él las abandonó y se casó con otra mujer y
no volvieron a saber nada de él hasta este año que supimos que lo habían
matado.
Sí, este año que lo mataron yo descansé, como que ya se acabó este
sufrimiento, esa cosa, porque yo lo veía y es como un odio hacia mi mamá y
hacia él, porque ella no nos valoró a nosotras como hijas sino que se hizo al
lado de él.
En mi familia nadie sabe que ejercí la prostitución, de pronto mi mamá
sospecha por lo que yo estuve mucho tiempo en el centro y por los hoteles.
En un tiempo me asustaba que mi esposo lo descubriera, porque él me
conoció como fui yo de loca. Ahora que yo cambié, de pronto no, porque él ve el
cambio y todo y me ayudó mucho a salir del alcohol porque yo bebía mucho y él
me sacó de estar bebiendo tanto.
Creo que a la prostitución me llevó la ganancia fácil, la ignorancia, la
falta de autoestima, como la forma fácil de ganar dinero, no pensando en las
enfermedades. Era un dinero facilito que uno se ganaba; en un día uno se puede
hacer 30, 40, 50 mil pesos. No era nada bueno para mi vida.
Yo no lo hacía para necesidades económicas sino para ambicionar más; me
gustaban las comodidades, pagaba un apartamento carísimo en el centro, vestía
bien, comía bien, me mantenía bien; entonces era como únicamente por
ignorancia, por aparentar, por estar bien, no pensaba en mí como hoy en día.
Creo que entré en la prostitución por otra razón, porque cuando yo era
niña nosotros vivíamos bien y no sufríamos por nada. Entonces en ese tiempo de
la prostitución yo vivía esos años de mi juventud, de mi niñez cuando a mí no
me faltaba nada. Y además podía hacer lo que ya me daba la gana y no tenía
quién me cuestionara y quién me dijera a mí nada.
Gracias a Dios nunca recurrí a la droga, como nunca me gustó el
cigarrillo ni nada. Siempre lo rechacé aunque vivía rodeada de droga. A mí me
gustaba mucho el trago. Me ofrecían por la mañana un aguardiente y yo ahí mismo
me lo tomaba. Y hoy en día no, me ofrecen y no tomo, no tomo ni una gotica
desde hace dos años.
Cuando mis hijos eran pequeños yo los vestía muy bien, superbonito. Hoy
en día ellos se acomodan con lo que yo les pueda dar.
Un día en el hotel donde trabajaba llegó alguien diciendo que en la
Alcaldía estaban haciendo un proyecto para la mujer trabajadora sexual y yo
dije: “Vamos”, y empezamos unos talleres de autoestima y valoración. Yo
hice los nueve talleres y así fui conociendo gente. Luego me entré a estudiar
peluquería, trabajé seis meses en una peluquería. Las Hermanas en donde me
capacité me cogieron mucho cariño, me invitaban a misas carismáticas, me
aconsejaban mucho. Siempre he estado rodeada como de buena gente y aprende uno.
En el proyecto ha habido muchas doctoras y siempre una absorbe lo más que
puede. Esto porque yo he estado como muy interesada en cambiar, me ha gustado
mucho cambiar, entonces eso me ha ayudado mucho y ya tomé la decisión: “No
más, no más, no más” y ya.
En la prostitución se sufre mucho y no es sólo el hecho de que voy a
dormir con una persona. El cliente habla para un rato, entonces uno dice: “Con
una sola relación le cobro 10 mil pesos y me los paga adelantados”, y
bueno, el cliente te paga adelantado. Pero resulta que ya entramos en una
pieza, tú te tienes que desvestir, y… Primero el hecho de que yo me voy a
desvestir delante de una persona que no conozco me da… O sea, me tenía que
tomar un trago, apagaba la luz, a muchos no les gustaba, y así discusiones con
el uno y con el otro, y los malos olores, y ya cuando están en la relación
ellos quieren más. O sea cuando uno quiere y ama una persona, a uno no le
interesa que pase el tiempo u otras cosas. En cambio en la prostitución, una
está mirando el reloj: “No, ya va media hora, ya va una hora”, y a la
media hora: “Si me va a pagar más entonces seguimos más”.
A mí me ha marcado mucho esto y no quiero más. O sea, cuando yo estimo a
alguien lo estimo con el corazón y no quiero que sufra y le pase lo que a mí me
pasó. Entonces por eso me duele.
Aprendí muchas cosas; yo antes no me preocupaba por nada, vivía el
presente y no más. Tanto que si yo me ganaba 40, 50 mil pesos hoy, me los
gastaba. Compraba lo que necesitaba, compraba el diario, pagaba la pieza,
dejaba 10 mil pesos guardaditos por si este día no hacía nada y me compraba un
bluyín.
Nunca pensé en ahorrar... estaba como dormida, sí. Todo ese tiempo yo lo
viví como dormida y me vine a despertar con el niño pequeño.
A los clientes yo les ponía límites antes, no… no, no, no, les decía: “Vamos
a tener la relación; nada de besos, nada de tocar, ni caricias ni nada”.
Antes de ir a la pieza tomábamos un trago, conversábamos un rato y bueno, y ya.
Al rato de estar conversando con él, cuando se había tomado bastante, que ya él
estaba todo emocionado, teníamos la relación como,... como cuando uno tiene
gana de ir al baño y va al baño y listo, ya pasó. Me acostaba y era como decir:
“Utilízame”, ¡y listo y ya! ¡No me gustaba como el contacto físico con
el árbol! Siempre trabajé con condones, era muy explícita en decirle vamos a
hacer esto, eso y esto. Desde siempre me conscienticé de decirle qué íbamos a
hacer, cómo lo íbamos a hacer y listo. Por estar trabajando dentro de los
hoteles yo veía los problemas y aprendía a manejarlos.
A mí no me gustaba como averiguarle la vida a nadie, únicamente tenía la
relación, hablábamos de música, de otras cosas; no me gustaba porque empezaban
a preguntarme mi vida y a mí no me gustaba que ingresaran mucho en mi vida. Lo
que nunca hice fue negarme el nombre, siempre. Me pedían: “¿Cómo se llama?”.
“Gladis”. Nunca me cambié el nombre y nunca me lo cambio. “¿Cómo se
llama?”, “Gladis”. Un día de estos, alguien me gritará “Gladis”, y
ya.
Hay muchos riesgos, porque uno ve caras, mas no sabe lo que le va a
pasar en una pieza. Te sacan un revólver, como me pasó en una ocasión en
Barbosa, que un señor me sacó el revólver, que tenía que quedarme más con él,
que cómo así, que me pagaba cuando quisiera, que tal cosa, que tal otra, y yo
no sentía miedo, simplemente me seguía poniendo la ropa y: “Mátame, si
quieres mátame”; o sea uno no piensa, uno dice, lo hago por mis hijos, por
la necesidad, pero no piensa en el riesgo. Una cosa que yo le tuve mucho miedo
fue cogerle algo al cliente. Me daba el pánico. Yo podía verle montones de
plata, más bien le decía: “Regálame mil pesos, regálame algo”, pero
nunca le robé a nadie, porque eso sí, me da el pánico; uno escándalo por plata
no. Si le veía más plata, le decía así descaradamente: “Regálame algo más,
vea cómo pasamos de bueno; si quieres nos quedamos otro ratico”; lo
trabajaba para conseguir más plata, para no tener que desvestirme con otro,
porque este ya me había visto, pues lo utilizaba y le sacaba más.
Me gustan mucho los conversatorios porque una está tan herida y cuenta
lo que no es capaz de contar a los demás. Yo no tengo a nadie a quien contarle,
nadie, ni a mi hermana; yo la quiero mucho, pero no... A nadie, a nadie, a
nadie, ni en talleres, ni en terapia, ni a los psicólogos; hace años que yo no
hablaba de todo lo que me había sucedido; no me gusta, o sea, yo recuerdo el
pasado como algo que me sucedió, como una novela, y me gusta mucho ese disco
“Veinte años menos”... ¿no lo
conoces?
A ver, te la canto: “…Quisiera que mi vida regresara hacia al pasado,
tener veinte años menos y volverte a conocer, nunca lo dudaría, por ti me
inclinaría...”. No me acuerdo bien, yo la tengo hasta copiada y todo, es
muy bonita; o sea, como regresar la vida atrás y no haber hecho tantas cosas
que hice, que marcaron mi vida. Si tuviera veinte años menos, haría unas cosas
y otras no, cambiaría unas y otras las dejaría a un lado y no las hubiera
hecho.
Si yo pudiera regresar atrás no habría dejado de estudiar tanto tiempo,
me hubiera casado porque era como una de las metas favoritas mías, tendría de
pronto mis dos hijos, pero ya dentro del matrimonio; habría ido más como de
ciudad en ciudad, trabajando en algo bien bueno, bien elegante, a donde les
guste a mis hijos. O sea, me veo como en el mismo hogar, pero con otra cuestión
económica diferente.
Lo primero que uno tiene que hacer en la prostitución es aprender a
quererse: o sea, a saber: “Quién soy yo, qué soy yo y para dónde voy”. O
sea que una persona descubra esto. “Quién soy yo, qué estoy haciendo para mi
vida y qué será mañana para mi vida”. Hay que pensar y reaccionar de eso.
A ver, en mi futuro me veo con una gran empresa de producción de
alimentos, con la ayuda de mis hijos que ya son grandes. Entonces me veo en una
gran empresa y siempre estudiando, y siempre creciendo y pensando en el mañana
y ayudándole a quien yo pueda ayudar.
En busca de un esposo europeo
Lucero, 30 años, nació y se
crió en el barrio París, uno de los más violentos de la periferia de Medellín.
Varias veces se ha ido a Europa para “buscar suerte”; ejerció la prostitución
en Alemania e Italia a mediados de los años noventa, fue “mula” y “escapera” en
los supermercados. Ya renunció al sueño de la adolescencia de volverse rica y
quiere sólo encontrar un buen hombre europeo con quien criar a sus hijos y
garantizarles un futuro, como hicieron sus dos hermanas. “Los hombres europeos
son fríos y sin alma pero saben ser fieles y respetan la sacralidad de la
familia, mientras que los colombianos te dejan abandonada con la ‘barriga’”.
*
* *
Yo empecé a ejercer la prostitución aquí en Colombia,
por ahí a los 15 o 16 años más o menos. Todo empezó como por una desilusión de
un novio, yo lo tomé así, porque él me dejó, se fue con otra, entonces yo ya
cogía a los hombres como objeto. Yo me le había entregado a él del todo, alma,
cuerpo, vida, y cuando nos dejamos para mí fue algo muy difícil. Aparte de eso,
yo tuve una familia más bien ignorante, un papá alcohólico, una mamá que sólo
era trabajar y no tenía tiempo para nosotros, y el poco tiempo que tenía era
para cuidarnos las heridas que nos hacía de las pelas.
Entonces yo al verme así, que nunca nos dieron un
estrén, un disfraz, nunca nos dieron nada, salía una moda de ropa y uno el más
pobre, el más arrastrado, descalzo; nos mandaban en chanclas de arrastrar pa’
la escuela porque no había más, o de esas botas “tomequema”, esas botas de
plástico, que le dan a uno sino pecueca y con el calor le queman a uno todo. Al
verme así yo un día le dije a mi mamá que no quería estudiar y me salí de
cuarto de primaria. ¡Mi mamá me pegó una pela por eso! Ella se puso muy triste
al ver que yo no quería salir adelante y también por esto me maltrataba; mi
papá de mal en peor; mis hermanos... no, un conflicto, entre hermanos, los
peores tratos.
Yo era muy flaquita, muy ñurida, feota; sí, yo era
toda desnutrida, el pelo no me crecía, sería del sufrimiento, del maltrato; a
toda hora vivíamos comiendo arroz con gordos, gordos con arroz, huevo con
arroz, arroz con huevo, todo el día comiendo lo mismo.
Nosotros somos siete mujeres y un hombre. A ver, hay
una que sufría de ataques epilépticos y en un ataque se enloqueció y se perdió;
hay otra que se la llevaron dizque pa’ Venezuela, hace como unos 18 o 19 años y
nunca jamás volvió. No sabemos de ella, no sabemos si está viva o muerta.
Después está Marta, la que vive en Alemania con su esposo; la niña de la casa
es la que vive en España y se viene a casarse ahora con uno de allá. Ella nunca
se prostituyó, siempre le tuvo miedo. Como es tan deprimente, nunca se atrevió,
pero sí se fue a robar, de “escapera”. Ahora, gracias a Dios consiguió ese
amigo y él dice que quiere sacarla, no de la pobreza, pero sí de la miseria en
que vive.
Otra hermana se murió de cáncer hace un mes, ella
tenía 38 años. Ya en mi casa quedamos sólo dos: yo y mi hermano.
Entonces a los 15, 16 años
yo conocí unas amigas. Ellas me decían... como yo ya había tenido relaciones
sexuales... o sea, un día me llevaron por allá. Me llevaron a una casa en el
centro, no me acuerdo bien dónde... Yo estaba tan... ¡pues tan inocente! Me
acuerdo que era un cuchito, un señor que él me daba 20.000 pesos... y era
mucho, como decir ahora 500 mil. Yo me acuerdo que me gané esa plata y le di a
mi compañera como 5.000. Empecé así y al ver tanta plata ya se me fue creciendo
el tamaño… “Huy, plata, por ahí se consigue plata”, ¡y comencé!
Me acuerdo que se la llevé a
mi mamá y ella toda intrigada, que yo de dónde había sacado tanta plata. Yo le
iba a dar pa’ que mercara, entonces ella me dijo que le tenía que decir de
dónde había sacado tanta plata. Y yo: “Ay, amá, me la conseguí por allá,
ayudándole a una señora. Y ella: “A mí no me venga con mentiras, si no me
decís, te voy a dar una hijueperra pela y te voy a acabar y me hablás ya”.
Decía que no me iba a recibir plata sucia, entonces yo la guardé y cuando
necesitaba iba sacando.
Al fin un día le conté y
ella se puso a llorar, me dijo que no tomara esa vida, que viera a Marta, que
ella cómo había sufrido por Marta. Marta es la mayor, la que se fue a Alemania.
Y me dijo: “Vea, mija, tantas enfermedades, por ahí la pueden matar”; yo
le dije que a mí no me iba a pasar nada, pero ella sufrió mucho, ella nunca estuvo
de acuerdo. Pero yo no, yo me le volaba y le decía que iba para donde una tía.
A mi hermana sí le conté, le dije que yo iba para... que me llevaban para allá,
donde unos cuchos. Marta me decía que no quería que yo sufriera lo mismo que
ella, que me pusiera a estudiar, que ella me pagaba el estudio. Mi hermana
Marta empezó como a los 11 o 12 años y estuvo mucho tiempo en la prostitución;
ella vivía con nosotros y nunca faltaba con la plata.
Entonces yo les dije que no,
que me dejaran a mí, que yo hacía lo que me daba la gana y ya; y mi hermana
dijo: “Bueno, Lucero, lo único que usted tiene que saber si va a decidir es
cuidarse y saber que existen miles de enfermedades”. En ese entonces no se
escuchaba el SIDA, sino la venérea, y yo le decía: “Yo me sé cuidar”,
pero mentiras que yo no me cuidaba. ¡Uno con tal de conseguir plata! Porque los
clientes decían que no, que entonces iban con otra chica.
Hasta que mi papá se dio
cuenta y se puso peor conmigo y nunca me volvió a hablar. Hoy en día él no me
habla. Entonces ya fui cogiendo un poquito de alas y conocimiento de la calle.
Yo tuve mi primer hijo a los 19 años, de una
violación. Mi hermana Marta en ese entonces estaba viviendo en Bogotá. Ella me
dijo: “Lucero, baje y se queda aquí conmigo y me trae el niño”, y yo: “Ah,
listo”, y me fui. Y allá me violaron... ni sé quién era el tipo. Recuerdo
que estábamos tomando y mi hermana se fue a conseguir trago con el marido de
ella y yo me quedé ahí con el bobo ese, amigo del que vivía con mi hermana. Me
acuerdo que se llamaba Carlos... y ya él... bueno, él abusó de mí.
Cuando ellos llegaron yo estaba... Pues supuestamente
pa’ ellos yo estaba dormida, pero estaba maluquiada de hacer fuerza y de la
borrachera. Al otro día le conté a mi hermana, le dije que ese man me
había cogido a la fuerza, y mi hermana no me creyó. Yo le empecé a mostrar los
aporriones y ella lo estuvo buscando y no lo encontró. Como al mes yo me sentí
enferma, todo el mes me la pasé enferma, deprimida, me sentía muy mal; entonces
le dije a mi hermana y ella me llevó pa’ donde el médico, y de una salió la
prueba de embarazo. Mi hermana me dijo: “Cuidaíto con irlo a botar; usted lo
va a tener, porque es su hijo”. Pero yo nunca dije que lo iba a botar ni
nada. Será porque a nosotros siempre nos han inculcado que pase lo que pase,
después de que ya un hijo esté en el vientre, hay que tenerlo.
Fue cuando mi hijo nació que yo decidí irme al
extranjero. Yo ejercía la prostitución, pero a escondidas de la gente y seguía
saliendo con el mismo novio, ese, ese que me había dejado. Usted sabe que la
mayoría de mujeres somos machistas... ¿No? Bobas, aun todavía… uno tan viejo y
todavía ... Yo sabía que tenía otras mujeres, pero no podía hacer nada, lo
quería mucho y él me decía que si quería lo aceptara así, y uno, pues... bajo
tanta idiotez hace de todo y sufre así. Seguimos hasta cuando yo le dije que
estaba en embarazo, después no quiso volver a salir conmigo, y ya como a los
seis meses se casó. Yo le lloré mucho, muchísimo; quince días antes de irme
para Alemania fui allá a la estación de policía donde él trabajaba y le dije
llorando: “Hernán, si usted me pide que me quede, yo me quedo aquí en
Colombia”, y él me contestó: “No, por mí váyase, yo me voy a casar”.
Marta en ese entonces ya vivía en Alemania. Ella se
fue por trata de blancas, con una señora que le decían dizque Victoria, de
Bogotá. Esa era una red, aún creo que existe. Ella no se fue joven, se fue de
34 años o algo así, pero en su físico muy bien, y trabajó allá la prostitución.
Cuando se fue tenía tres hijos. A ella le cobraron mucho, como 14 millones,
hace diez años, y ella pagó una parte y después se vio muy enferma porque le
dio peritonitis, y entonces conoció al que es actualmente su esposo.
Él era un cliente y al comienzo a ella no le gustaba,
porque lo veía tan feo... Uno de los grandes defectos que tienen ellos es que no se bañan
y huelen muy maluco, fuman mucho, la mayoría de ellos. Cuando ella lo conoció,
él era como muy cochinito, entonces ella le enseñó y ya él es aseado, ya es
bien, ya no toma ni fuma.
Entonces ella mandó por mí, fue como en el 94, sí, en
el 94. Yo dejé el niño mayor de un año y regresé a Colombia cuando él tenía
tres años. Cuando llegué a Alemania estuve ocho días en la casa de mi hermana,
hasta cuando ella me dijo: “Bueno, Lucero, se va a quedar ocho días aquí y
después nos vamos a Frankfurt, porque usted sabe que hay que guerrear”, y
yo le dije: “Ah, no, pa’ las que sean”. Y mi hermana me dijo: “Lucero,
aquí hay tres cosas pa’ hacer: robar, prostituir o narcotráfico; usted verá”,
y yo en medio de mi desespero… Ella no me dijo hágale, pero que había solamente
estas tres opciones, y yo le dije que me iba a tirar pa’ las que fueran.
Entonces cumplí ocho días de estar allá y me tocó salir al ruedo; pero yo
pensaba que la prostitución era como acá en Colombia...
Mi hermana me prestó el pasaje justo, no me cobró ni
más ni menos y yo se lo devolví como a los tres meses. Pero para las otras era
diferente, a las otras estas mafias… Imagínese que una vez la que mandó a mi
hermana le iba a cobrar más de lo que era, y mi hermana toda asustada: “Ay,
pero Victoria, usted qué me va a cobrar toda esa plata a mí, si yo ya la
pagué”, y ella le dijo que si no le pagaba mandaba a matar la familia.
Me fui para Frankfurt. Yo siempre pensé que la
prostitución era como aquí, pues que uno se acostaba con un hombre y ya. Pero
allá no... Ah… te piden que mamar, que sexo anal... Cuando a mí me salen con
todas esas cosas pa’ mí fue algo... Cómo le iba a mamar a un tipo de esos...
gas... para mí fue muy difícil. Empezando porque yo nunca, a pesar de todo,
mostré mis piernas aquí; siempre tuve un complejo de inferioridad, siempre me
creí la más flaca, la más fea. Yo aquí en Colombia siempre apagaba la luz, y si
les gustaba así bien, sino que fueran por donde otra. Nunca, nunca, ni me
dejaba besar los senos, me daba el asco más grande. Ni la boca... gas... Nunca
aquí en Colombia, nunca me había pasado lo que me pasó allá, no, aquí no; aquí hay
hombres que lo piden, como en toda parte, pero aquí no hay tanta perversidad
como allá. No, allá son perversos.
En Colombia yo iba a casas de citas, los bares nunca
me han gustado, me parece un ambiente muy bajo. Yo siempre he preferido una
prostitución más reservada, ya en un bar eso es uno bajarse de todo, no tener
escrúpulos de nada.
En Alemania la prostitución se ejerce en la calle, en
los carros y en los prostíbulos. Estos son sitios de prostitución, no más. Digamos, es un edificio de cinco
pisos y en cada piso hay 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 piezas pequeñitas, y en cada
pieza hay una mujer, parada en la puerta, y a cada hombre que llega uno le
tiene que “fletiar”. “Fletiar” es hablarle las vulgaridades más grandes, qué le
hace y qué no le hace. Las colombianas que había allá me explicaban qué tenía
que hacer. Colombianas allí hay muchas, cantidades, eso allá está lleno. Y ya,
yo el primer día que trabajé me fue dizque supuestamente muy bien, me gané casi
4 millones de pesos en un día, pero quedé... mejor dicho, no me podía ni
sentar... me dolían mis ovarios, me dolía todo.
Yo no me atreví nunca a hacerle sexo anal a un
hombre, nunca, nunca... Yo siempre hacía lo normal; pero una vez un turco, un
albanés, me violó por detrás. O sea, yo me alcancé a quitar, y lo saqué en
pelota de la pieza, y le tiré la ropa abajo al primer piso, como yo estaba en
el quinto piso. Él una vez intentó subir y yo le tiré una cocada de agua
caliente, hirviendo, y nunca más volvió. Pero sí, me puso a botar sangre varios
días, me reventó, fue horrible, para mí fue una experiencia inolvidable.
En ese entonces yo pagaba diariamente por mi pieza
250 marcos. Si uno no los pagaba lo cascaban, ponían los yugoeslavos… Como hay
una mafia de yugoeslavos allá, y, huy, lo cascaban a uno, ¡le daban a uno
tremendas pelas! A mí nunca me dieron porque yo, yo mantenía mis joyitas... yo
decía: “En caso de verme embalada, las empeño y pago”, y siempre perdí
mis alhajas por eso, por pagarle a un perro miserable. Ellos subían y cascaban
las mujeres y las mujeres tenían que atenderlos gratuitamente a ellos, a los
dueños.
Siempre allí en Alemania, una vez estábamos
trabajando cuando llegan unos alemanes que necesitaban cinco chicas, para irse.
Él era un cliente muy bueno que yo tenía, me pagaba muy bien; él no iba a
puyar, sino como a que yo lo cascara…. O sea, era un maniático, me pedía que le
pegara con un fuete, con un látigo. Entonces él dijo que necesitaba cinco
chicas para una parranda entre amigos; yo le dije que yo no, pero que si él
quería le conseguía las peladas. Cinco muchachas se fueron con ellos y al otro
día las encontraron muertas. Las torturaron, las cortaron, les hicieron de
todo. A él nunca lo volví a ver. A los diítas, un alemán entró con una muchacha
y él dizque con un bisturí le rajó un seno, la cara y el cuello... O sea, ellos
son maniáticos que se desarrollan viendo la sangre.
Yo conocí a una chica a la que un señor le pagaba por
afeitarle el cuerpo, las manos, las partes vaginales, y él empezó dizque a
motilarla pues, con una cuchilla, una tijerita y le mochó el clítoris. A ver, a
las mujeres también les proponían mucho pegarles, que se dejaran pegar y muchas
lo aceptaban; también que hicieran el sexo con un animal. Hay muchas
colombianas que se someten a eso para ganar plata.
Ahí le piden a la mujer locuras, pues, hacer cosas
raras, diferentes al sexo, cosas que van más allá del sexo. Había un señor que
gozaba comiendo caca y otro que iba nada más dizque a chuparme el dedo gordo
del pie. Me pagaba por eso no más, y me ponía a andar por todo el piso y él se
chupaba el mugre de los pies y ya. Y me pagaba por eso.
Una vez llegó un pelaíto, ¡ay me dio tanta tristeza!
Era como de 12 o 13 años y fue dizque a que yo lo atendiera. Él nunca había
tenido una relación sexual y yo... vea, yo lloré, porque yo dije: “¡Ay, no,
yo hacerle algo a este niño!”.
Él venía siempre con cuatro, cinco amigos, todos de
la misma edad y casi todos los días iba; yo no sé de dónde sacaba plata. Allí
la tarifa era 80 marcos; imagínese que un día me iba a dar una cadena de oro
que se la había dado el papá. Yo le decía que no, no, no, y él me decía: “Sí,
por favor, por favor”. Desesperado. Y un día le dije: “Sabe qué, yo le
voy a regalar a usted un rato, de media hora pa’ que no vuelva”. A mí me
dio tan duro eso, que yo había abusado de ese niño, para mí eso fue un abuso.
¡Qué pesar, buscando por ahí enfermedades!
O sea, hay muchas cosas, todo es tan deprimente que
yo no sé… Yo digo que nunca en mi vida ayudaría a una mujer a llegar a esa vida
y menos allá. Porque allá no tienen alma para nada, esa gente es fría, no le
importa el dolor ajeno. A mí me parece que... pues, no todos, pero la mayor
parte de los europeos son así, porque no sólo son los alemanes, sino también
los holandeses, los italianos... Los italianos son muy gigoló, la
mayoría pues, a ellos les gusta que la mujer los mantenga y trabaje para ellos.
Yo conocía un italiano que mandaba mujeres colombianas a Japón y Alemania. Los
italianos siempre piden mujeres colombianas, porque en Italia gustan mucho las
colombianas.
Los italianos son diferentes también como clientes.
El alemán la suelta más fácil que el italiano, el alemán casi nunca recatea, o
sea, no exige. Por ejemplo, uno les da 15 minutos y el alemán se puede salir a
los 6, 7 minutos y no pide los otros minutos. En cambio el italiano no, él
quiere que si yo le dije 15 son 15, contabilizados y todo; si yo le dije que le
hacía el sexo oral tanto tiempo, yo tengo que hacérselo tanto tiempo o si no él
se enoja.
Sí, los hombres europeos buscan hacer perversidades,
locuras, pues, hacer cosas raras, diferentes al sexo. Aquí en Colombia la
mayoría de hombres se refugian de los problemas del hogar con las mujeres
prostitutas, pero allá no. Aquí son diferentes, pero lo cierto es que aquí
matan por cualquier cosa, por cualquier cosa matan a las mujeres, porque se les
perdió un billete o por cualquier cosa. Lo que hay aquí es mucho machismo, son
muy dominantes en la relación y es lo que ellos digan y no más.
A mí también me llevaron a Italia, a Milán y a
Catania. En Catania me quedé dos meses apenas; allá hay muchas mujeres
colombianas, muchas, están en San Berillo. Eso es muy feo, horrible, eso parece
la Calle del Cartucho... ¡Ave María! Hay mucha envidia, hay mucha competencia y
violencia entre las mujeres mismas. Para alquilar una pieza yo pagaba como 150
mil pesos diarios. Para compartir el gasto pagábamos la pieza entre dos,
entonces salía una y entraba la otra.
Ahí trabajábamos y ahí mismo dormíamos por ratos.
También en Frankfurt me tocaba vivir en el mismo chochal donde trabajaba. Y
después había que pagarles a los que nos cuidaban, ellos pedían en pesos
colombianos, como 120 mil pesos diarios. Mi ganancia diaria más o menos era por
ahí unos 600, 700 mil pesos y a ellos había que darles 120 mil pesos, todos los
días, trabaje o no trabaje, y además de esto había que gastar para la comida y
la vivienda. Uno pagaba mucho ahí, por eso fue que yo me vine, porque a lo
último uno estaba trabajando nada más pa’ el dueño de eso.
Allá en Catania era horrible. Me acuerdo de una
muchacha que se enloqueció, es algo que yo nunca olvido. Tenía deudas aquí en
Colombia y tenía muchos problemas ahí y de un momento a otro se descarrió
completamente, loca, loca, loca. Ella era de Bogotá y esa deuda a ella la mató,
la enfermó. En ese entonces ella debía por ahí unos 70 millones de pesos, que
es mucho; imagínese, uno saber que por 70 millones, que uno no se gastó, que no
se los ha ganado, vayan a matar la familia, los hijos, el marido.
En Milán también me fue mal, allá trabajé tres meses.
Trabajaba por la calle y en los carros. Una vez nos iban a matar a una muchacha
y a mí, un par de locos. Pero nosotras siempre andábamos con bisturí, con gas:
nos tocaba. Otra vez unos policías nos hicieron correr y nos decían en
italiano: “¡Alto, alto!”. Y ¿quién se iba a parar? Nosotras corriendo y ellos a
tirar esas balas de gas. Nos alcanzó a caer ese gas y eso es muy horrible, pero
nosotras corra y corra; por allá había un amigo que nos cuidaba, un italiano, y
como a cuatro o cinco cuadras él tenía las portezuelas abiertas esperándonos, y
¡tan! Nos montamos ahí, arrancó y los policías no se dieron cuenta pa’ dónde.
En Milán yo ejercía por la autopista y era muy
peligroso. Los policías nos soltaban los perros y nos hacían correr mucho. Pero
no nos llevaban al calabozo, ellos no, lo que hacían era por espantarnos, por
asustarnos. También en Catania era lo mismo. Ellos eran más que todo por
asustarlo a uno y eran totiados de la risa. Nosotras corríamos y cuando nos
volteábamos para mirarlos eran por allá riéndose. Ellos son maldadosos. Una
amiga se quebró el pie en unos tacones.
En Alemania también nos molestaban. Imagínese que yo
me tinturaba el cabello, para diferenciarme un poquito; yo trataba de ser como
estilo alemán, pillaba más o menos las manías de alemanas. Y en la calle viven
encima de las colombianas. Porque ellos dicen que nosotros somos “como
las moscas, que donde se paran cagan”. El colombiano tiene grandes fallas, o es
como todo, porque el dominicano también; sino que ya nosotros estamos más
marcados en todo. En Colombia hay tanta violencia, mucho secuestro; pues es el
país que más sale por noticias, por todo lo que pasa, entonces por unos pagamos
todos.
La discriminación para los colombianos existe por
todas partes, siempre, siempre, en toda parte donde llegué. Una vez estaba en
España, en una discoteca donde trabajan mujeres. Y llegó un español y vio una
muchacha colombiana. Yo estaba con un amigo pero no estaba trabajando y nos
sentamos a tomar un vodka. Cuando había una muchacha al lado y ella empezó...
pues a seducirlo y él le decía: “Tú me places, pero sólo para puyarte”.
¡Ellos son muy humillativos, ellos dicen que Colombia es el país más porquería
que puede existir, en donde hay más muertos que vivos!
Al ver ese trabajo tan deprimente, yo me enfermé; a
mí me pegaron una enfermedad, el herpes, y me sentí muy deprimida, olía muy
maluco. Yo pensaba: “No, esto no es para mí, yo me voy pa’ Colombia”. Le
dije a mi hermana y ella me contestó: “¿Cómo así que se va a ir en
derrota?”. “Pues, qué derrotada”, le dije yo. “No, derrotada no, yo me
voy a poner a goliar entonces”.
Conocí un señor que me propuso irme a vender con él esmeraldas
a Holanda, y mentiras que era pa’ cargarme, y yo le dije que listo, que yo me
le cargaba con lo que fuera, pero que me pagara; y él me pagó para el primer
viaje 4 millones, para que yo pasara de Alemania a Holanda con droga. Cargué en
el estómago como medio kilo, no más. Ah, eso lo ponen a uno una semana antes a
comer uvas ventiadas, solo uvas, y cuando uno tiene esa droga, uno no puede
tragar ni saliva.
Me daba miedo que eso se explotara; uno siente mucho
miedo, pero uno ya pierde tanto el miedo de muchas cosas, que a uno no le
importa nada, sino conseguir y mandarle a la familia. Porque el desespero de
uno es saber que uno tiene familia y que están aguantando hambre, necesidades;
entonces uno no mira las consecuencias, sino que uno mira la plata, no más.
Esa vez pasé la frontera en un tren, sola, y la
policía se montó y yo estaba leyendo la Biblia ahí. Yo sentí que ellos llegaron
y se subieron con perros, pero yo no abrí la boca, porque los perros son
malvados, ellos sienten. No abrí la boca para nada y me hice dormida, cuando un
policía: “Halló, halló, polisai, pasport”, y yo: “Ok”. Yo no
contesté nada y presenté el pasaporte. “Una requisa”, me decía él y yo
no entendía nada.
Me miraron el maletín, me miraron dentro de la
chaqueta y me dijeron que gracias, y yo me senté y seguí como si estuviera muy
tranquila; pero mi corazón latía fuerte y yo pensaba que me iba a dar un
infarto; Dios mío, yo pensaba de todo. Cuando llegué a la estación de
Ámsterdam, me estaba esperando un muchacho colombiano. Él llegó primero que yo
y cuando me vio por allá me dijo: “¡Hola!, ¿cómo estás?”. Me abrazaba,
me daba picos, me hablaba pues así para que la gente pensara que era mi novio: “¿Cuándo
llegaste? Te estaba esperando, qué alegría, qué alegría de verte, te estaba
esperando; usted es la mujer que yo más amo”. Cuando llegamos a la casa él
me dio un aceite y ese te da cólico y eché pa’ fuera todo eso.
Me dieron 4 millones, pero yo no volví a hacerlo,
pues así no; ya me la cargaba encima del cuerpo, en el estómago. Como yo era
tan delgadita, la machacábamos, así quedaba en harinas, y la hacíamos en una
bolsa ancha, la hacíamos en especie de faja y me la colocaba; y como era en
invierno me ponía cuatro o cinco camisetas, chaquetas y no se veía; pero la
cargué también en la vagina. Iba de un país a otro, a Bélgica, a Italia, a
Milán, a España, a Valencia. Lo hice por seis meses y gracias a Dios nunca me
pasó nada.
Ya a lo último él quería que lo hiciera por dos, tres
millones y yo le decía que no, y en el último viaje me dijo que me pagaba
después y yo le dije que no, que entonces si yo caía a una cárcel, quién iba a
ver por mi hijo; le dije: “¡Ah, listo, suerte, entonces consígase otra
mula!”.
Él es colombiano, aún vive en Holanda, con una
chilena. Él hacía tráfico de droga y de esmeraldas. Nosotros vivimos como
marido y mujer en Holanda ocho meses y nunca me dijo que tenía mujer en
Holanda, pero ella estaba en la cárcel. Lo conocí un día mientras estábamos en
fila en un banco y me invitó a tomar un capuchino; cuando, bueno, yo me dejé ir
y le conté de mi vida. Cuando nos pusimos a conversar él me dijo que yo tan
linda, que no me merecía estar en esa vida, que yo no me merecía que cualquier
hombre llegara a mi cuerpo, que ese cuerpo tan bonito... Entonces yo le dije: “Déme
usted trabajo”, y él me dijo que sí, que me daba trabajo.
Me enamoré de él, porque él fue muy detallista
conmigo, fue muy bien, pero él quería aprovecharse de mí, ya quería utilizarme;
entonces yo le dije que no, que yo estaba cansada de ser “inodoro” de todo
mundo. Volví a la prostitución, pasé de un país a otro y al final me cogieron
robando en un almacén en Suiza y me deportaron.
A mí me ofrecieron también de alquilar el vientre;
una alemana me ofrecía 25 mil marcos pero yo lo rechacé. No, uno entregar un
hijo yo creo que no... Y ella me decía: “Lucero, usted como es bien pobre,
bien necesitada y esa plata le sirve para su bebé. Es que ese no va a
ser hijo suyo, porque es el semen de Jaime y es el semen mío”. Yo le decía:
“De todas maneras, se alimenta de mi sangre, sale de mis entrañas”. Ella
me insistió, hasta lloró; pero yo nunca lo acepté, no fui capaz, y pienso que
nunca lo aceptaría.
De Colombia yo me fui con mi nombre y con mis
papeles, con visa de turismo, y allá conseguí otros papeles, con otro nombre.
Sólo el pasaporte me valió mil marcos, el permiso de estadía 750 marcos: era
todo falso y me valía solamente seis meses. En Holanda no, en Holanda pasé así,
no me cobraron nada, porque yo iba con ese muchacho. Me quedé ocho meses, pero
ilegal, sin permiso de estadía. A Suiza entré también así y nadie me controló
los papeles.
En Roma no trabajé, me fui a pasear; me gustó mucho
por las parrandas, conseguí un amiguito y nos íbamos a parrandiar. En España
también fui a rumbiar: fui a Mallorca con unos amigos, estuve en las playas de
Marbella; en Francia fui a París, estuve en Disneylandia. ¡Ay, qué hermosuras
por allá! La playa de allá no es en arena, sino en piedritas.
El invierno era muy duro, pero yo tenía un abrigo de
pieles que me valió 3 mil marcos y allá quedó, y me ponía botas hasta la
rodilla.
Hace seis años volví a Colombia y hace tres años tuve
otro hijo, de un tipo del barrio. Cuando volví aquí seguí en la prostitución,
pero salía muy esporádica y reservadamente. Tenía mis tres, cuatro clientes;
tenía citas con ellos por ahí cada 15 o 20 días y me conseguía por ahí 150, 200
mil.
Cuando tuve el segundo niño ya me puso a reflexionar
cómo había criado el primero, que lo dejé solito, por estar consiguiéndome plata,
y para que él viviera bien. O sea, yo pensaba en lo material que le debía dar,
pero no le estaba dando lo que él necesitaba verdaderamente, que era amor,
cariño, el cuidado que los hijos necesitan. Entonces yo siempre decía que el
día que yo tuviera una oportunidad buena, yo me retiraba de esto.
Desde hace casi dos años dejé de ejercer. Seguí con
los estudios, me conseguí el bachillerato, me capacité en sistemas, pero de
empleo nada. Lo único que he podido conseguir es trabajar con una señora que confecciona
prendas en su casa para las empresas; pero me paga muy poquito y no hay trabajo
siempre. La semana pasada me gané solamente 35 mil pesos.
Cuando mi hermana se enfermó de cáncer todo fue muy
horrible. Ahora, en los últimos meses las drogas para ella valían como 400 mil
pesos mensuales. Era Marta la que nos mandaba la plata desde Alemania.
Ahora me voy a ir otra vez; mi hermana me consiguió
un trabajo, para cuidar niños. Me dan 500 mil pesos libres de todo y tengo que
ahorrar lo más que pueda, para devolverle la plata de los pasajes y llevarme a
mis hijos para allá.
Aquí no hay esperanza de nada; me voy para que mis
hijos tengan un futuro y, ¡quién sabe! Algún día puedo encontrar un compañero.
¡Aquí los hombres son muy machistas, no te dan cariño, son irresponsables, y
uno no puede vivir toda la vida así!
¡Ellos nos dan el trabajo y ellos mismos nos
lo quitan!
Marina, 24 años y una hija; es una muchacha afrocolombiana hermosa y
llena de vida. Ejerce la prostitución en San Diego y llega a ganar más de un
sueldo mínimo mensual en una noche. Sus clientes son “gente bien”, “hombres de
corbata y maletín”, como dice Marina; y son los mismos profesionales,
funcionarios públicos, policías, quienes solicitan al Estado o “deciden” sobre
la represión de la cual están haciendo objeto a las chicas de San Diego.
* * *
Desde que tengo uso de conciencia, mi mamá no me ha querido nunca.
Nosotros fuimos nueve hermanos y yo soy la más joven. Mi papá era agricultor
pero él se murió cuando yo tenía cuatro añitos. Y yo digo que mi mamá no me
quiere porque ella no me cuidaba bien, me obligaba a hacer las cosas; si no las
hacía me echaba, me decía que me fuera. ¿Entonces? Esto es cuando no lo quieren
a uno, ¿no? En cambio, hay una hermana que es todo para ella.
Mi mamá, cuando era pequeñita, no me compraba zapatos, no me peinaba, no
me bañaba, tenía que cuidarme mi hermana. No me dejaba salir para las
fiestas... Yo por esto me quedé con la idea de que ella no me quiere. De todas
maneras yo a ella la ayudo y le mando 60.000 pesos mensuales.
De esto hablé sólo con una hermana y ella dice que mi papá estaba
siempre conmigo, siempre pendiente de mí, entonces por esto ella no me quiere.
Pero no me importa que la gente no me quiera, porque ya me acostumbré. Ayer era
mi cumpleaños y solamente una amiguita me llamó. Ni mis hermanas que están
conmigo se acordaron. Nadie. Yo me levanté, me fui a estudiar, nadie en el
colegio. Volví a la casa, nadie. Llegué y ni siquiera me dieron almuerzo.
Imagínate.
Yo soy de un pueblo de Urabá, y aquí en Medellín vivo con mis hermanas;
pero con ellas no tengo una relación buena, digamos que hablamos poco, lo
necesario. La relación entre hermanas es pésima y ellas no saben lo que yo
hago; ellas saben que trabajo en un bar por la 33 y que el dueño del bar es mi
novio y me da plata.
La verdad es que yo fui novia un tiempo de un señor que es dueño de un
bar por la 33. Él me conoció en San Diego y parece que le caí bien y volvió y
volvió y volvió. Después me armó la película que me tenía que salir de allá,
que él me daba la plata que necesitaba y hasta ahí llegó.
Esto dicen todos los hombres y no lo hacen. Ellos te dicen: “Ay,
venga, sálgase de aquí que yo la mantengo”; y yo “¡Ah sí! Y entonces
venga, ¿dónde está la plata del arriendo y la plata de la comida?”. Y allá
se paran y no dicen más nada. Le dicen a una muchas cosas, pero nada.
A mí los hombres me utilizan. Por ejemplo Pablo, cuando necesita plata
me busca, cuando tiene problemas económicos me llama, si no, nada. Él tiene
esposa e hijos y trabaja: maneja un colectivo de la casa de él. Pero él tira
vicio, entonces me aburrí y lo dejé.
Tuve otro novio que me utilizaba, porque si yo lo necesitaba él nunca
estaba, pero si quería estar conmigo, ahí aparecía. No me parece justo. Por
esto le dije “chao” también a él.
En mi pueblo yo estudié sólo hasta los primeros años del bachillerato.
Después tuve mi primer novio, pero era mucho mayor que yo, tenía por ahí unos
cuarenta años y era viudo. Él era ingeniero en una mina que había por ahí, que
ahora se acabó. Pero a mi mamá no le gustan los blancos, los detesta con toda
el alma y no lo quería. Pero yo lo quería mucho y me escapaba del colegio para
estar con él, a la escondida. Hasta que mi mamá se dio cuenta y me fui pa’
Barranquilla, porque él es de allá.
Pero allá se volvió la cosa muy maluca, porque yo no conocía nada, él no
me sacaba; los papás eran evangélicos y la hermana también. Me tocaba quedarme
en la casa, levantarme temprano a despacharlos a él y al papá y ya me quedaba
en la casa, organizaba todo y hacía el aseo. Él se iba a rumbiar y llegaba con
la camisa pintada y yo no podía decir nada. Y tampoco me daba plata para que me
viniera. Todo lo que necesitaba se lo tenía que pedir a la mamá de él, ¡todo,
todo! Él bebía demasiado y decía que no me podía dar plata porque yo me iba,
por el trato que me daba. Tenía que ponerme los vestidos hasta el cuello, o sea
que me cambiaron en todo y yo no quería.
Hasta que llegó el día en que me aburrí y dije “¡No más!”. Me
vine para Medellín y estaba embarazada y yo no lo sabía. Tenía 18 años. Un día
ellos se fueron para la finca y la mamá y la hermana no podían hacer el mercado
porque iban para la iglesia. Entonces me dieron la plata para que yo fuera. Yo
esperé que todos se fueran, cogí mi bolso y me fui.
Cuando me di cuenta de que estaba embarazada yo no me devolví para
allá. Cuando llegué a Medellín me quedé tres meses donde una señora y ella me
consiguió trabajo en una casa de familia.
Me fui a trabajar y ahí me quedé. En esa familia trabajé dos años, y
querían a mi hija, la trataban como una nieta. Me encontraba bien, fue lo
primero que encontré; claro que no me gustaba, porque a mí no me gusta que me
manden. Pero bueno, tenía trabajo para mantenerme a mí y a mi hija. Me pagaban
120.000 pesos, y de ahí me salí porque peleé con el hijo de la señora. Peleé
con él porque le presté plata y él no me la quería devolver, entonces un día
nos peleamos duro, nos agarramos del pelo y yo me fui. La señora me llamó, me
dijo que volviera, pero yo no, no quise volver. Yo soy así, cuando me voy me
voy.
Entonces, me fui a trabajar donde otra y ahí me pagaban 150.000 pesos.
Pero, esa señora me la montaba con todo. Me levantaba a las 4 de la mañana y
eran las 10 de la noche y no me había podido acostar y tenía que esperar hasta
que el marido de ella llegara para darle la comida. Si el marido no llegaba me
la montaba a mí. Los fines de semana que él se desaparecía, ella estaba furiosa
conmigo. Se volvió superinsoportable. Además que ahí no podía tener a mi hija,
me la cuidaba una señora y yo le pagaba 60.000 pesos y tenía que llevar la
leche y la ropa. Pero la señora no me la cuidaba bien y la niña era
supremamente delgada. Ahora la tengo en un hogar particular, donde unas monjas,
pero esto me vale mucha plata.
Esa señora donde trabajaba yo la detestaba, me hizo la vida imposible un
año y tres meses que estuve allá. Cuando el marido llegaba tarde, ahí mismo me
hacía levantar a mí, porque tenía que darle la comida. Entonces decidí irme y
ni siquiera me despedí de ella.
Eso fue hace un año y así me quedé sin trabajo y se me acabó la plata.
Me fui a una discoteca por Colombia y me quedé allí trabajando por un mes como
mesera, pero ahí no iba casi gente. Un día, un sábado, le llevé la devuelta a
un señor a la mesa y mientras me iba él me agarró de la pierna. Yo tenía una
falda, el uniforme de allá, pero a mí no me gustan las faldas por eso. Entonces
yo me volví y le di un cachetón. Y el dueño me despidió.
Entonces una amiga me dijo que me fuera a trabajar en esto, que ella me
enseñaba y que podía ganar mucha plata. Esto fue en enero, entonces llevo nueve
meses trabajando.
El primer día me fui con una compañera. Ella me vio que estaba allí que
lloraba y me dijo: “No, tranquila, que acá no te va pasar nada. ¡Además que
yo te voy a arreglar todo!”. Y yo le dije: “Ah, sí, pero de todas
maneras no es fácil... ¡Uno estar con una persona que no conoce!”. Pues
claro. Y así fue.
La primera vez que me fui con un hombre fue en marzo del año pasado. Él
me dijo que conmigo solamente, pero yo le dije a mi compañera: “No, yo con
él no me voy sola. Si es con usted sí, pero sola no”. Y entonces el señor
le pagó a ella y a mí, 40.000 pesos para cada una. El señor le dio la plata a ella
y nos fuimos para una casa del Poblado… ¡Y yo con este susto! Me tocó estar con
ella y yo le decía: “¿Pero cómo voy a estar con usted si a mí no me gustan
las mujeres? ¡A mí me gustan los hombres y no me gusta el señor!”. Pero te
toca y después me fui acostumbrando.
Él era alto y muy hermoso y estaba resucio, resucio, resucio. Estaba
resucio porque según él había venido de una vuelta a Bogotá. Esa noche yo no
tenía ni cinco y ese señor me pagó 40.000 pesos, nos pagó la plata a mí y a
ella y me dijo: “Yo te doy plata pero tú tienes que quedarte conmigo”. Y
yo: “Yo por la misma plata no me quedo, yo me devuelvo con Yenny”. Y me
pagó 180.000 más los 40 y me quedé hasta las seis de la mañana. ¡Y me fue bien!
Ya se me pasó la pena porque empecé a tomar, a tomar, a tomar... A la
siguiente noche siempre lo mismo y siempre tomando. No me gustaba sin tomar:
¿uno estar con una persona que no conoce? ¡No! Entonces borraba el casete y se
me olvidaba que no lo conocía. Tomaba dos, tres medias o más, todo lo que se podía.
Pero ya no, ya dejé de beber, porque se estaba volviendo costumbre. Pero me
fumo marihuana. Un bareto me vale 700 pesos y es suficiente para volverme
alegra, para borrarme el casete, me pone alegre hasta cuando me vaya a mi casa,
me duerma y ya. Es que yo no quisiera, no quisiera estar con nadie pero tengo
que estar.
Una vez me pasó una cosa fea. Me fui con dos hombres a las tres de la
mañana. Les pedí la plata y la entregué al amigo mío vigilante que trabajaba
allí donde yo me paraba. Cuando llegué al apartamento ahí habían ocho hombres.
Yo me fui con los dos que me habían pagado y después intenté salirme pero me
pararon. Me sacaron el arma y me dijeron que si no estaba con los otros, no iba
a salir de allá. Pero yo no les lloraba sino que el que tenía el arma me decía
de ir con él. Y yo no me dejé, él me dio aporreones y yo no me dejé, no me
dejé, no me dejé.... Hasta que no empezó a decir: “Perra, ¿por qué no buscas
otro trabajo? ¿No te da pesar de tu mamá, que si ella se da cuenta se va a
poner muy triste?”. Y yo: “Lo que tú haces es malo, porque tú matas, tú
robas, tú no haces lo que yo hago, porque yo estoy con los hombres y ellos me
dan plata y no les hago nada malo”.
Mira, cuando uno se pone a llorar y tiene miedo, ellos lo dominan, pero
si tú....
Yo cuando tengo plata no trabajo, bajo sólo cuando la necesito. Como no
trabajo todos los días, semanalmente me saco 200, 250.000 pesos. Pero no quiero
más trabajar en la calle, como que no es lo mío, no me gusta. Pero lo tengo que
hacer, porque no hay trabajo.
Yo la prostitución no se la critico a nadie porque hay muchas como yo
que lo hacen para las necesidades, pero no me gusta las que lo hacen para darle
plata a los novios. Y las que lo hacen para gastarse la plata en vicio. Yo
digo, hágalo un poquito y sepas hacerlo, ¡no se gaste toda la plata!
En San Diego la tarifa es 30, 40.000 pesos para una relación completa;
20.000 para sexo oral y si no los tienen, 15.000. Y para una masturbar, 10.000
pesos.
Lo que dicen las muchachas es que San Diego es la mejor plaza que hay
porque ahí van los señores que tienen plata allá, los señores que la llevan;
entonces uno baja un ratico y se hace lo que necesita. En cambio bajar al
Raudal o a la Veracruz o al Sótano no, allá cobran mucho menos. Cuando eso
empezó se cobraba 50.000 pesos y los señores no se llamaban, se paraban de una
vez.
Allí en San Diego uno no puede ir sola, hay que ir con una amiga y tener
todas las instrucciones de las viejas. Si no, uno no sabe defenderse de los
señores ni de la policía, y te llevan cada rato para el calabozo. Allá un grupo
de menores tiene un trato con unos policías, a estar con ellos una vez a la
semana y así no las tocan. O sea, si está el comandante se las llevan, pero las
sueltan rápido, no las dejan amaneciendo. Pero si no está el comandante a ellas
no le van a decir nada, pasan derecho y van para donde las
otras.
Allí ya se está volviendo muy duro, cada rato hacen batidas. En la
semana de la Copa América molestaron mucho y siempre se quedaba allí un grupo
de ellos. Ahora están haciendo batidas todos los días; entonces las muchachas
bajan tarde, por la madrugada. Lo que están haciendo es que llevan también los
clientes para la estación de ahí, se los lleva el tránsito.
Yo no estoy con todos los hombres, yo voy sólo con los que me gustan.
Por ejemplo Mateo, este señor es superquerido. Él es un señor de la sociedad y
le gusta estar conmigo porque yo no lo amargo, yo le llevo la corriente, o sea,
todo lo que él dice está bien. A él le gusta la parranda y le gusta que le llevan
las ideas.
Los clientes buscan salir de la rutina diaria, estar con alguien que no
sea su casa, hacer cosas diferentes de las que viven haciendo todos los días.
Por ejemplo a él le gusta estar con los maricas y cuando yo le digo que voy a
buscarle un marica, él me dice: “No, no me deje solo, no me deje solo”.
A él le gusta que me quede con él, me paga sólo por esto. Cuando tiene plata me
da 400.000 pesos, cuando no tiene, me da menos, 200, 300.000 pero me tengo que
quedar con él hasta las cuatro de la mañana. Él nunca ha estado conmigo. Me
dice que me quede con los tacones y los interiores y me mira. A él le gusta que
a él se lo hagan, no de hacerlo. En Estados Unidos él compró un estimulador y
le gusta que le haga con eso y yo se lo hago. A él le gusta que le hagan a él y
lo acompañen, no le gusta estar solo.
Hay uno que quiere siempre sexo anal pero yo esto no lo hago, no me
gusta. Muchos me dicen: “Ay, usted con estas nalgas, ¿qué tiene? ¿Por qué no
le gusta?”. No me gusta porque no me gusta. ¿Qué importa que tenga la nalga
pequeña, mediana o grande?
Hay otros que te dicen que sin preservativo, pero yo no lo hago. Yo
aprendí a colocar el preservativo disimuladamente con la boca, entonces ellos
no se dan cuenta. A mí me da mucho pesar con las muchachas que lo hacen sin
condón.
Hay un señor casado que me quiere mucho, él me lleva a la finca, se
preocupa por mí, no quiere que trasnoche; él quiere que estudie y me pagó una
clase de sistemas; conmigo va por todas partes y no se preocupa que lo vean
conmigo.
Hay otro que quiere que lo maquillen y lo peinen, le gusta que le
presten interiores de mujeres y que lo llamen Verónica. También él está casado.
Me paga 80, 90.000 pesos para hacer estas cosas y para que me quede con él
hasta que se duerma.
Después me ha tocado hombres que quieren estar conmigo, con la esposa
mirando u hombres que quieren ver a dos muchachas haciendo sexo. Me tocaron
papás o mamás que me han pagado para estar con sus hijos de 10, 11, 12 años,
mientras que ellos se quedaban mirando. Mira, la gente más perversa es la que
tiene plata...
Uno de mis clientes es un policía de alto rango; entonces yo le digo: “¿Por
qué nos joden tanto la vida ustedes si después vienen aquí? ¿Con quién estás tú
ahora? Con una muchacha de San Diego. Pero mientras estamos aquí en el mismo
tiempo allá las hacen correr”.
¡Ellos nos dan el trabajo y ellos nos lo quitan! La gente del barrio que
dice que nos tenemos que irnos, son nuestros clientes, y lo mismo las mujeres
que nos critican. Son las mismas que después vienen donde nosotras y nos llevan
a su casa. El otro día vino una señora rica del Poblado y me llevó a su casa.
¡Y qué casa tenía! Le dije que 100.000 y ella me dio de una vez 150.000 y me
llevó a su casa para que hiciera sexo con su esposo. Es la misma gente que le
da trabajo a uno, la misma. Hasta ellos mismos, hasta estos viejos pendejos de
la Alpujarra vienen por ahí, se paran con sus carros de vidrios oscuros y
dicen: “¡Móntese rápido que alguien me puede ver por aquí!”.
Con las otras tengo una relación normal, las saludo y ya. Pero
entre nosotras nos ayudamos. Por ejemplo si hay un cliente que me roba o me
pega o me deja por ahí tirada, yo tengo que comunicarlo a las otras y anotar el
número de placa, el carro, cómo es el señor, cómo tiene el pelo y todo y
contarles a las otras.
Uno se acostumbra a la calle, a vivir en la calle; uno tiene que
acostumbrarse a las leyes de la calle.
Tener mi hija fue muy normal. Fue muy extraño pero después me aferré a
ella. Yo al papá no le permití ni siquiera conocerla. ¿Y si después me la
quitaba? Él intentó y me dijo que la niña podía estudiar y que no era bueno que
tuviera sólo el nombre mío. O sea, él vino para que nosotras nos fuéramos otra
vez para Barranquilla y yo le dije que no iba a volver con él. Es que allá él
se cree con derecho sobre mí. Yo terminé el bachillerato y me gustaría
ser enfermera. Yo no hago este trabajo porque me guste sino porque no tengo
plata y tengo que cubrir mis necesidades.
Las reglas una misma se las
va haciendo
Mónica tiene solamente 21 años y cuando cumplió los 18 ya estaba
ejerciendo la prostitución en Medellín; es una chica muy hermosa y reservada,
de grandes ojos color café.
Desplazada por la violencia desde su pequeño pueblo, vino a la ciudad
como empleada doméstica pero no aguantó las humillaciones que sigue
encontrando, pasando de familia en familia.
Ejerce la prostitución como algo “normal”, así dice ella; pero la
asustan mucho el ambiente de la calle y los peligros que siempre se pueden
presentar.
Su sueño es comprar un lote y construir una casita en un barrio de
Medellín, para llevarse la mamá, que se quedó en el pueblo.
* * *
Mi mamá tuvo seis hijos del matrimonio, y cuando el esposo falleció ella
se consiguió a mi papá y de ese señor no me tuvo sino a mí. De mi papá yo no sé
nada desde los cinco años, mi mamá me dice que se fue y nunca volvió a saber
nada de él.
Mi familia siempre estuvo muy unida hasta cuando fallecieron mis
hermanos. Han fallecido tres y más que todo los hombres. Uno era enfermo mental
y a los otros los mataron los paramilitares en el pueblo en donde vivíamos:
Tarazá. El segundo trabajaba en una mina en Amagá y allá lo mataron. Por lo que
yo me di cuenta porque se iba a robar a una muchacha y ella se lo dijo al papá
y el papá habló con los paramilitares y lo mataron. Ella se quería ir con él
pero como que a la vez no se quería ir porque se lo dijo al papá.
Después de dos meses del entierro de este, mataron al tercero. Lo
mataron porque le decían que era guerrillero, ¡como allá todo lo que veían como
extraño o nuevo en el pueblo era guerrillero!
Se lo llevaron, desapareció un tiempo y después lo encontraron por ahí
enterrado, mitad tapado, mitad destapado. Eso fue hace seis años. Yo tenía 15
años.
Entonces, mataron a mis hermanos y yo ya no pude seguir estudiando y
decidí venirme a trabajar en una casa de familia. Yo me quise ir pero mi mamá
no. De allá mismo me conseguí un trabajo en Medellín, eran personas ricas y
vivían aquí. Trabajé un mes porque me dieron nacidos en las axilas, no pude
trabajar y me tuve que ir para donde mi hermana mayor que vive aquí. Ella tiene
una niña y el papá hay veces le ayuda.
Esa familia me pagaba 80.000 pesos mensuales. Ellos son ricos muy
humillativos, ellos no me decían: “Cójase el cabello”, por ejemplo,
sino: “Cójase las greñas bien cogidas” o “Esa ropa no le queda bien,
esos son chiros viejos”. O sea, me decían que mi ropa era demasiado fea,
demasiado vieja pero yo no tenía con qué comprar nada. Me decían que yo era una
muerta de hambre; y así fue todos los días en un solo mes que les
trabajé.
Entonces me salí de ahí y me fui a trabajar más barato, todavía 70.000
pesos, pero fue para coger trabajo. En esa nueva casa había dos niños y el
matrimonio; el esposo era un borrachín empedernido. Él trabajaba en “Licores de
Antioquia” y a diario llegaba con la garrafa y mantenía la licorera en la casa.
La señora trabajaba, la niña mayor estudiaba y yo me tenía que quedar en la
casa con la pequeña. Allí trabajaba mucho, las manos se me pelaban por líquido,
la señora no me compraba guantes porque no tenía plata. Había unas escalas que
tenían que quedar blanquitas, si no me las volvía a hacer lavar. Tenía los
brazos siempre llenos de granos. Y ahí me quedé como cinco meses, resignada con
todo.
Después me fui a otra casa en donde vivían dos hermanos que eran de
edad: una mujer y un hombre. A ella se le había muerto una hija, entonces la
señora lloraba todo el día y cuando tenía crisis me cogía y me daba duro contra
la pared. Cuando le pasaba la rabia me decía que la disculpara, que era que
estaba así por lo de la hija. El señor llevaba a los amigos y se sentaban en el
comedor, ¡y hablaban unas vulgaridades! Prendían el televisor para verse unas
películas de porno. En ese entonces me parecían cosas muy extrañas porque no
sabía nada de este trabajo que tengo ahora.
Allí duré también como tres o cuatro meses y ya me salí. Ya me fui donde
mi hermana, me di cuenta de que ella estaba trabajando en eso.
Estaba sin trabajo y yo siempre he tenido mis obligaciones con mi mamá,
porque no hay más nadie que le dé algo a ella. Entonces le dije a mi hermana
que yo sabía dónde trabajaba ella, que me llevara también a mí. Ella me dijo
que le contara quién me había dicho y yo le dije: “No le puedo decir pero
necesito que me lleve a trabajar”. Entonces ella me llevó al Sótano y me
explicó. Yo tenía casi 18 años. Cuando cumplí los 18, ya estaba trabajando.
Claro que los primeros días me iba rapidito y despreciaba a los hombres.
Cuando me decían que me fuera con ellos, yo ahí mismo me salía corriendo, hasta
que me acostumbré.
El primer hombre que me tocó era joven y bonito, pero era grande y tenía
un pene demasiado grande, ¡imagínese! Entonces yo le iba a devolver la plata
porque no era capaz. Él me dijo que me ayudaba y todo eso. Me tocó hacerle con
la mano y terminó así, porque yo no era capaz. Después me fui acostumbrando.
Yo había tenido sólo como dos o tres relaciones con un muchacho en el
pueblo... ¡y él no lo tenía tan grande! Mi primera vez fue en Tarazá con un
soldado. Allí hay muchos soldados y los muchachos del pueblo no me parecen
bonitos pero los soldados sí eran bonitos. Había muchos y los cambiaban cada
rato.
En el bar “El Raudal” trabajé como un mes, ahí se cobraba 10.000 pesos.
Después vino una señora que nos dijo que necesitaba unas muchachas y me fui a
trabajar a un pueblo que se llama Santuario y allá me quedé mucho tiempo. Me
iba bien, en dos, tres días me sacaba 200, 250 mil pesos. Me iba sólo los fines
de semana y los otros días estaba donde mi hermana. Pero ella un día me dijo
que estaba empezando a beber mucho y que me llevara mis cosas. Entonces me las
llevé y me fui a vivir al negocio.
Mi hermana no bebe, ella toma el trabajo en serio, y me decía que no
confundiera el trabajo con la borrachera; entonces yo me llevé mis cosas pa’
allá. Después volví a Medellín y ella me dijo que podía volver a la casa, pero
sin tomar y sin cosas. Porque yo probé también la marihuana, y cuando ella se
dio cuenta me dijo que si iba a seguir así no me recibía en la casa. Entonces
yo le dije que cambiaba y otra vez me fui a vivir con ella.
Hasta los 19 años yo nunca había tomado. Empecé a tomar un día que me
emborraché por una desilusión de amor. En Santuario me enamoré de un muchacho y
él se iba a casar. O sea, él cuando me conoció a mí ya la tenía a ella, ya
tenía compromiso de matrimonio, mas sin embargo venía donde yo trabajaba y me
llevaba. En el pueblo lo miran muy extraño a uno, entonces nosotros salíamos
muy poco. Cuando me contaron que se había casado, yo me emborraché. Yo tampoco
le hice escándalo porque sabía en qué estaba trabajando. Y él de todas maneras
la tenía a ella, entonces yo, ¿qué iba a decir? ¡Nada! O sea, la que estaba
enamorada era yo y no él.
Ya tomo de vez en cuando y sólo cuando quiero. Ya tomo cuando estoy
alegre o por cambiar el ritmo del trabajo. Por eso no me gusta trabajar en los
bares porque allí hay que tomar; en cambio en la calle toma sólo la que quiere.
Así dejé “El Raudal”, por tiempos estuve viajando para La Dorada,
Villeta, Girardota. Después me volví para acá para Medellín, y me dijeron que
Guayabal era muy bueno, pero que tocaba trasnochar. Empecé a ir viernes y
sábados, no más. Ya voy a diario. Allí se cobra de 12 a 15 mil pero le dan a
uno como una colaboración de pieza en el hotel, de 3.000 pesos.
El año pasado me fui para el Vichada. Una muchacha le dijo a una amiga
mía que a ella le había ido súper bien y si queríamos ir también nosotros. Yo no
tenía plata en el momento pero presté para los pasajes y para todo lo que
teníamos que llevar: papel higiénico, pastillas, alcohol. Porque nos dijeron
que allí no se encontraba casi nada y lo que había era demasiado caro. Hasta
Villavicencio llegamos en bus y de allí en avión. El pasaje del avión valió
como 200.000 pesos.
Nosotros pensábamos que íbamos a un pueblo, pero cuando llegamos si
había por ahí diez casas era mucho. Cerca no había pueblos, el más cercano
estaba a tres horas de allí en canoa. Cuando llegamos, fuimos al negocio,
almorzamos, nos ubicamos en las piezas; cuando ya llegó un miliciano y nos
recogió las cédulas. Llevó eso a pasarlo por el computador a averiguar si
teníamos algo que ver con el ejército o los paracos.
Nosotros no sabíamos que teníamos que quedarnos tanto tiempo. O sea, nos
habían dicho que teníamos que quedarnos tres meses pero pensábamos que era una
condición que ponía el patrón. Pero entonces resulta que era la guerrilla la
que decía que tenían que ser tres meses, obligatorios. Que para dejarnos venir
tenía que ser un caso de muerte de un familiar y no tener deuda.
A una muchacha que se fue con nosotros le mataron el hermano, pero como
ella tenía tanta deuda no la dejaban ir. Entonces las que estábamos allá le
dijimos que le cubríamos la deuda, que era casi un millón de pesos. El pasaje
todavía no lo había pagado, la comida tampoco y se había metido en deuda de
anillos de oro y de lociones. Nos endeudamos para que ella se viniera y ya aquí
nos devolvió la plata.
Allí había dos negocios y nosotras no podíamos hablar con las del
negocio de arriba; porque ellos decían que peleábamos, y si nos cogían peleando
nos castigaban. Allá es tierra demasiado caliente entonces el castigo era
ponernos a bolear machete, a desyerbar, y la multa era de 500.000 pesos.
¡Entonces, quién les hablaba a ellas! Uno medio las saludaba a las que conocía
y ya.
Había un día que era día cívico y había que desyerbar, botar la maleza, ¡con
un solazo! Y la que no trabajaba, le daban multa y la obligaban a trabajar más.
Yo siempre he sufrido dolor de cabeza y con ese sol la cabeza se me quería
estallar; mas sin embargo tenía que seguir porque si no nos castigaban.
Cuando nos fuimos para allá no sabíamos nada de ese pueblo, solo
sabíamos que había guerrilla; en mi pueblo también hay guerrilla pero no así
que tienen el mando ellos. La muchacha tampoco nos dijo que era lo que ellos
dijeran. Y nosotras tampoco le pedimos más explicaciones.
Nos mantenían siempre vigilando, porque allí llegaron unas muchachas y
se hicieron pasar por prostitutas y eran paramilitares, entonces las mataron a
todas.
En esos días, recién llegadas, pasó un avión fantasma fumigando y
disparando y todo mundo empezó a correr por todas partes para esconderse.
Cuando entran los paracos en lugares como éstos matan a todos, porque todo
mundo es guerrillero y el que no, es raspachín.
Allí no va el ejército, no hay policía, la policía es la guerrilla. Allí
casi que no llega información de nada. No hay electricidad y solamente los que
tienen planta tienen luz.
Allá hacían unas fiestas y nos obligaban a ir porque llegaban gentes de
todas partes. Entonces no dejaban abrir el negocio porque había que estar en
las fiestas, que la gente gastara y todo esto. Por la noche había fiesta en un
local que se llamaba “La Gallera” entonces cerraban todos los lugares, porque
el comandante decía que tenía que estar abierto solo ese lugar. El dueño tenía
poder dentro del negocio pero si el comandante decidía que teníamos que ir y él
no nos dejaba, le cobraban multas.
Allí son puros milicianos o raspachines, hay mucha gente que va a raspar
coca. Los clientes nos pagaban 50.000 pesos. Pero todo valía muy caro. La pieza
nos la daban sin pagar pero si íbamos a hacer una amanecida, nos cobraban por
ahí 25, 30.000 pesos, pero nosotros le cobrábamos al cliente 100, 120, 150.000
pesos.
Casi ajustamos los tres meses, al comandante lo manteníamos azotado que
nos queríamos ir. O sea, vivíamos muy aburridas allá. En el negocio se dañó la
planta que alimentaba la luz y la música y entonces éramos a las diez de la
noche con velitas en la pieza de una, sola, hablando.
En tres meses de trabajo me traje como 3 millones, igual que si hubiera
trabajado aquí. La experiencia me sirvió y yo nunca volvería.
Yo estuve también en zonas en donde están los paracos, en Doradal, por
ejemplo. Pero allá yo no soy capaz de trabajar. Yo prefiero la guerrilla a los
paracos, la guerrilla no obliga a las mujeres que tienen que estar con ellos
porque son guerrilleros. A ellos los castigan si hacen eso. En cambio los
paracos hacen lo que quieren; si ellos dicen: “Tienes que venir conmigo
gratis”, tienes que hacerlo; si te dicen: “Sin preservativo”,
también. ¡Es lo que ellos digan! ¡Como ellos dicen que son todos comandantes!
Llegan con las armas a los locales y entonces lo miran a uno con esa
prepotencia y si no vas con ellos, te matan. Los otros por lo menos no se
pueden meter con las mujeres; el guerrillero tiene que pagar y si no paga se va
donde el comandante y tiene que pagar y más lo castigan.
Entonces después del Vichada me devolví para Medellín y seguí trabajando
aquí en Guayabal. En este momento estoy viviendo donde mi hermana.
Por ahora me estoy quedando hasta las seis de la mañana. Cuando vivo
sola me quedo hasta las dos, y cuando estoy cansada me voy. Pero, ahora que
vivo con mi hermana, el papá de la niña no quiere que llegue en la noche a
dañarle el sueño a la niña, entonces me tengo que quedar y esperar que amanezca.
Así me quedo allí a hablar con la señora que vende tinto o con una muchacha que
trabaja en el hotel. Ella me quiere mucho y, si no está, el dueño me deja
acostar en una habitación.
La prostitución la quisiera dejar porque de verdad es que uno se
arriesga mucho. Esa cuadra es muy caliente: allí llega gente de las bandas más
grandes de aquí de Medellín. Hubo un tiempo en que todos los días mataban a una
persona. Entonces el ambiente es pesado y uno siempre está con el miedo que se
van a dar bala. ¡Y una trabaja con miedo! ¡Y más que todo en la noche!
Entre los clientes hay unos buena gente, muy bellas personas, lo invitan
a comer a uno, lo tratan muy diferente de lo que uno es. Otros no, otros lo
tratan antes de lo que uno es. Se hacen los groseros, hasta tratan de pegarle a
uno. A mí no me han pegado pero sí han intentado. En estos días un muchacho
estaba afuera. Yo nunca salgo de falda, siempre con bluyín, una blusita corta,
y me maquillo para trabajar. Me decía que estaba muy linda pero que de todas
maneras era una perra, una rebuscadora. Entonces yo le dije: “Usted, ¿qué
hace donde nosotras si somos así como dice usted?”. Me dijo: “Sólo vengo
a tomar, pero no por ustedes, por las perras”. Entonces yo me fui y él me
cogía del pasador del pantalón y me jalaba muy duro. Le dije que me dejara
hasta que me sacó la piedra, y me fui a llamar uno de los muchachos que cuidan
la cuadra y ellos le pegaron y le dijeron: “Si usted es marica entonces no
venga aquí, porque aquí es zona de mujeres y no las trate mal”.
Claro que son enemigos que uno se echa, sin embargo no tienen derecho a
maltratarle a uno.
Cuando uno no tiene problemas llega a la casa más tranquilo; pero cuando
se hizo plata y tuvo problemas entonces uno se va como con angustias. Porque
ellos te asustan mucho, siempre te amenazan: “Yo voy a volver, me la vas a
pagar”. Una vez un señor vino y estaba borracho y quería que le hiciera
sexo oral allí por la calle. ¿Usted se imagina el sábado a las diez de la noche
allí? ¿Con toda esa gente? Entonces le dije que si quería teníamos que ir al
hotel, y cuando llegamos me sacó el fierro, me dijo que a él no lo iba a
lidiar, que yo no sabía quién era él. Me tocó salir corriendo desnuda de la
habitación.
Afortunadamente, hasta ahora no me han pasado cosas graves pero hay
muchos clientes que es lo que ellos digan. Yo aprendo mucho de lo que veo, de
lo que les pasa a las compañeras. Las reglas, una misma se las va haciendo. Por
ejemplo, yo siempre utilizo condón y si no quieren no voy.
Yo nunca me voy en carro con ellos, ¡me da miedo! Un día a dos les
propusieron que se fueran y entonces ellas les dijeron que les adelantaran la
plata para dejarla guardada en el hotel. Cuando llegaron al sitio, les pusieron
fierro en la cabeza, les hicieron de todo, entre varios les hicieron sexo anal,
y después les pidieron que les devolvieran la plata. Ellas tuvieron que
regresar, tomar la plata y devolvérsela. ¡Y tuvieron suerte! Porque se las
llevaron por un morro arriba de donde nos han contado que a las muchachas las
tiran y ni siquiera encuentran los cuerpos.
No, hay tantas cosas que no me gustan. Cuando estuve operada, me quedé
mucho tiempo en la casa y cuando llegó el día que tenía que ir a trabajar me
daba pereza. Yo decía: “Ay, no quiero ir”. Pero uno después se pone a
pensar que el sueldo mínimo es muy poquito y 200, 250.000 en cinco días, ¿quién
se los hace? ¡Uno, sólo uno!
Claro que también hay cosas buenas. Por ejemplo, una se hace muchas
compañeras allí. Yo soy de muy pocas amigas, charlo muy poco con la gente, soy
como mal geniada, pero entonces allá hay mucha gente que le conversa a uno;
tengo una muchacha que es muy confidente y muy amigable. Los taxistas son muy
queridos, hasta le fían a uno. Los hoteles son muy buenos, cambian las sábanas
todas las veces, están pendientes de escuchar si nos pasa algo en la
habitación, te golpean a la puerta después de 15 minutos. Esto le ayuda mucho a
uno porque los clientes, si es el hotel que dice que se acabó el tiempo, no
dicen nada y lo aceptan.
La policía allí no nos molesta, mantienen mucho orden en la cuadra pero
no nos dicen nada, ¡como allá es la Policía de Itagüí! Ellos no son como la
Policía de Medellín. Cada media hora están pendientes de que no pase nada, y
los muchachos que cuidan la cuadra, si dos se pelean, los sacan y les dicen que
se vayan para otra parte. Claro que hay que respetar las normas. Los locales
están abiertos sólo hasta la una y después tampoco los hoteles te pueden vender
trago, pero desde que no haga nada de eso nadie te molesta.
En San Diego ya es diferente, allí no las están dejando trabajar y les
pegan, les pegan muy duro porque ese sito no es para la prostitución.
Nosotras para la gente somos lo peor, porque los hombres van allá y le
dicen a uno: “Usted es una mamacita, usted es muy linda, usted me la
va a hacer bien juiciosita”. Pero cuando pasan con otra gente te dicen:
“Usted es una perra”.
El trabajo a mí me parece normal porque hay veces que una mujer se
acuesta con un hombre que conoce y lo hace sólo porque necesita plata. Por
ejemplo yo conozco una muchacha que no trabaja en esto pero es peor que yo. Se
acuesta con todos los hombres, se conoce todos los hoteles de la ochenta; en
cambio yo soy muy reservada, yo hago lo que hago en el lugar de trabajo pero no
pico aquí con el uno y con el otro.
Vivir en Medellín me gusta. Mi pueblo me gustaba hasta cuando llegaron
los paramilitares. Llegaron y mataron en un año por ahí 150 personas. En un
pueblo, 150 personas es mucha gente; entonces todo mundo empezó a tener miedo.
El ambiente que se vive allí es horrible, uno no sabe si los que están subiendo
son guerrilla o son paracos. La guerrilla no le da tanto miedo a uno porque
siempre existieron allá. Se tomaban el pueblo, llenaban la plaza. A los policías
no los mataban, se llevaban el uniforme y los dejaban en calzoncillos, pero no
los mataban. Cuando llegaron los paracos empezaron las matanzas; entonces ese
pueblo ya está solo, aburrido, la gente no sale hasta tarde, a las diez de la
noche ya todos están encerrados; entonces ya no me gusta.
Yo no tengo novio o amantes; soy muy de malas para los hombres o tal vez
muy exigente. No me gustan los hombres que no me den plata, que no me cachoneen
cosas. Yo me conseguí un muchacho muy bonito y me di cuenta de que trabajaba
vendiendo compacs por la calle y ganaba muy poco entonces ya como que se me
fue. Un día lo vi tirando vicio y esto fue el fin.
¿Qué quiero de un hombre? Antes que todo, que no sepa que yo trabajé en
esto, que sea bonito y que sea detallista y quiera a mi mamá. Porque si no
quiere a mi mamá entonces no me quiere a mí tampoco.
Quisiera también irme a vivir sola, pero no he podido encontrar a nadie
que me arriende sin pedirme tantas cosas. Aquí te piden fiador o un contrato
laboral. A veces yo digo: “Para qué plata si no puedo vivir como yo quiero”.
Después quiero estudiar para trabajar en algo diferente. Yo estoy
estudiando la modistería y me gusta estudiar, porque yo digo que en caso tal
que tenga una casa me puedo meter a trabajar. Por ejemplo, si yo la voy a
construir, voy a construir un saloncito para la modistería de manera que uno
mismo trabaje y se le pueda dar empleo a otra persona.
En un mes yo me hago como un millón de pesos, trabajando cinco, seis
días a la semana, pero entonces, como se la gana uno se la gasta. Porque hay
que pagar arriendo, la comida, la lavada de la ropa....
Yo intento ahorrar pero cuando vienen las necesidades uno se gasta todo
lo que tenía ahorrado. Hace dos meses me enfermé y me tuvieron que operar. Entonces
me quedé dos meses en la casa, tuve que pagar las drogas, las radiografías, los
pasajes para ir a los controles. ¡Entonces saqué y no eché!
A mi mamá yo le mando cada 15 días por allí 60, 70.000 pesos de mercado
y otro tanto en plata. Cuando ella necesita ropa o interiores ella me dice, o
yo le mando sin que ella me diga. Cuando vivía con ella éramos muy pobres y
comíamos arroz blanco; pero ahora no soy capaz de saber que mi mamá se queda
sin comida. Claro que ella recibe porque no sabe, si supiera en qué trabajo no
recibiría nada de mí.
Mis hermanos también son muy pobres y, ¿cómo no les doy si necesitan? Mi
hermana, la mayor, vive en el pueblo y tiene nueve hijos; su esposo tiene un
sueldo que no les alcanza ni para comer. Entonces, ¿cómo no voy yo a comprarle
mercado o la ropita para los niños? Cuando yo voy allá gasto mucha plata, me
gasto más de un millón de pesos. Mi hermano lo mismo, vive en un barrio de
Medellín. Cuando mi sobrina hizo la primera comunión le regalé el vestido y una
torta grande.
Y después hay que guardar porque hay tiempos malos. Por ejemplo, la
semana pasada me hice 200 mil y esta semana apenas 50. Entonces, los pasajes…
Si se necesita alguna cosa hay que sacar de la que se tiene ahorrada. Yo
siempre guardo así, no mucho, pero voy guardando.
Si yo llego a ahorrar compro un lote y construyo una casa y ya sí
trabajaría por un mínimo. Aquí en un barrio popular un lote puede valer más o
menos 6 millones de pesos. Y me llevaría a mi mamá porque ella dice que si es
en casa propia ella se viene a vivir conmigo. Mi mamá no se quiso venir, ella
es una viejita muy terca. Yo le dije que si se viene aquí a mí me sale menos
caro, porque ella cocina, me ayuda en la casa y estoy más pendiente de la salud
de ella.
Yo quiero que ella se venga conmigo, aunque tengo miedo de que descubra
lo que hago. Ella es una señora muy católica y nos enseñó siempre que esto era
mal… Ella no me pregunta porque está tan viejita; yo le digo cualquier cosa y
ella me cree. Hay varias personas del pueblo que me han visto aquí en Medellín
trabajando, pero desde que ella no me vea y no esté segura de las cosas no me
puede decir nada.
PARTE III - Apéndice
Metodológico: Los componentes y las áreas de actividad del programa
Trabajo de Campo
¿Qué es? El trabajo de campo es una
metodología que surge desde la exigencia de ir a los sitios que la población
sujeto habita, como manera de ganar confianza, conocer a fondo el fenómeno y
realizar intervenciones más eficaces.
Organizar parte de las actividades del programa en los
mismos lugares en donde la prostitución se ejerce, permite impulsar de la forma
más amplia uno de los pilares estratégicos del programa: la reducción del daño.
Objetivos
Mantener un proceso permanente de investigación sobre el fenómeno.
Dirigirse a la población
sujeto con acciones de información, sensibilización y escucha, en la óptica del
empoderamiento y la reducción del daño.
Mantener la presencia en
la comunidad, realizando acciones de información, sensibilización, mediación,
aportándole además a las negociaciones de conflictos que puedan surgir entre la
población sujeto y su entorno laboral; establecer relaciones de manera
particular con los diferentes actores que se mueven en el medio: clientes y
dueños de los sitios.
Actividades
Respecto al primer
objetivo
- Caracterización de los
sectores
- Observación de las
dinámicas y perfiles de cada sector
- Contactos y escucha.
Respecto al segundo objetivo
- Información sobre el
programa
- Escucha y análisis de
las necesidades
-
Información/conscientización sobre: derechos, autocuidado, salud
- Orientación a los
servicios locales, públicos, privados y asociativos.
Respecto al tercer
objetivo
- Información sobre el
programa
- Información y sensibilización sobre:
fenómeno, perfil de las mujeres, autocuidado, salud, derechos.
Equipo de trabajo
El equipo de trabajo tiene que ser conformado por operadora/es capacitados en las áreas sociales y
humanas, que tengan habilidad para la escucha, la observación y las relaciones
interpersonales y una formación mínima en todos los aspectos que son tema de
información y sensibilización: derechos humanos de la mujer, marco legal de la
prostitución, derechos sexuales y reproductivos, autocuidado, autoprotección en
salud, resolución de conflictos y conocimiento de instituciones locales.
Del grupo tiene que ser parte una operadora par,
o sea una mujer que ejerce o ha ejercido la prostitución, capacitada para ser
parte del grupo de trabajo3. La “operadora par” es la
persona que tiene la empatía y pertenencia con la población sujeto y es a ella
a quien más se le facilita la relación con los clientes y los otros
actores.
Metodología
¿En dónde? El trabajo de campo debería significar visitas a todos
los lugares en donde ejercen la prostitución las mujeres; esto no siempre
resulta posible, por razón de la diferente accesibilidad a los sitios o
sectores. Generalmente es posible estar permanentemente en calles, bares y
hoteles o en las terminales de los autobuses; pero es más difícil en otros
lugares como: casas de citas y de masajes, apartamentos o sitios de show de
strip tease, en donde sólo en algunos casos es posible acordar algunas visitas
informativas. Generalmente, el acceso a la información relativa a los sitios
“cerrados”, así como lejanos (pueblos), se realiza a través del relato de las
mismas mujeres que pertenecen al programa.
¿Cuándo? Las salidas de campo pueden ser diurnas o nocturnas.
Hay sectores en donde la presencia de las mujeres se da en horas específicas,
presentando dinámicas y perfiles diferentes. Lo ideal es monitorear cada sector
en diferentes horarios y días de la semana, para sacar una caracterización de
los sitios, que permita planear el trabajo y llegar a todos los componentes de
la población sujeto.
¿Cómo? Para realizar el trabajo en forma más eficaz y respetuosa
con la población, el equipo tiene que respetar las siguientes buenas
prácticas:
A. Antes de acercarse al sector es bueno hacer un
recorrido previo; esto permite tener un primer balance cuantitativo y
cualitativo.
B. El equipo de trabajo de campo tiene que asumir una
actitud respetuosa y no invasiva. Una regla fundamental es no interrumpir el
trabajo de ellas y no hacerles perder tiempo: ellas están allí para trabajar y
esto hay que tenerlo siempre presente.
C. Es oportuno tener en cada sector una o más personas
de contacto, que además pueden desarrollar el papel de “multiplicadoras”.
D. El equipo deberá tener en cuenta normas
claras de seguridad, especialmente en las salidas de noche.
E. Aunque salir a la calle puede significar problemas
de seguridad, en algunas realidades urbanas, no se tiene que ir acompañada/os
de la policía; es importante expresar con la manera de trabajar la identidad
del programa, que existe para brindar un apoyo a las MEP y se diferencia de las
instituciones de orden público.
F. Se debe asegurar a la población sujeto
la completa privacidad y no permitir que sean utilizadas por los medios de
comunicación que, casi siempre, realizan un trabajo amarillista y se vuelven en
contra de ellas. Por esto es buena regla no acompañarse de los
periodistas.
G. Es importante tener un libro de notas de campo para
consignar sobre lo observado, conclusiones y análisis de lo vivido y no dejarlo
a la memoria.
Punto
de Encuentro
¿Qué es? Además de ser el referente físico del programa, es un
espacio para el encuentro de las MEP con las compañeras, el equipo de trabajo y
sus derechos.
Objetivo
En un programa para MEP, organizar un Punto de
encuentro tiene el objetivo de ofrecer un espacio de pertenencia, de
libre expresión y escucha, como componentes del proceso de
empoderamiento.
Ubicación
El Punto de encuentro debe estar ubicado en un
sector central de la ciudad al que se pueda llegar fácilmente, sin gastar mucho
tiempo ni dinero.
Actividades
Información sobre el proyecto
Escucha y construcción de una relación de apoyo
Información, orientación y asesoría psico-social, legal y sanitaria
Información y orientación sobre los servicios locales
Elaboración conjunta de proyectos individualizados de autonomía
Espacios de relación libre o estructurada sobre la base de encuentros, talleres
y conversatorios temáticos: salud, género y derechos (humanos, de la mujer,
sexuales y reproductivos).
Metodología
El punto
de encuentro requiere de un entorno acogedor, y contribuyen a ello: la
presencia constante de la/os operadora/es y horarios claros; una línea telefónica
activa durante todo el día, con el servicio de buzón de mensajes; dispensador
de agua y café; cartelera con información de las actividades y tablero para
escribir mensajes y razones; revistas, libros y juguetes, para cuando asistan
con sus hija/os.
Las mujeres llegan al Punto de encuentro,
después de haberlas contactado en el trabajo de campo, en otras ocasiones las
llevan las amigas, o van informadas por instituciones de la ciudad. El Punto
de encuentro es el espacio en donde se organiza la mayor parte de talleres,
charlas, conversatorios y actividades formativas.
Desde los primeros contactos individuales o grupales,
compartir en el Punto de encuentro, significa poder ver expuestas sus
vivencias en otras mujeres. Las decepciones, la violencia de género, el
sufrimiento, el dolor, las privaciones, la contradicción que sienten por su
oficio, pero igualmente profundas alegrías, amores, sueños y esperanzas. Para
muchas, se trata del único espacio de socialización que tienen más allá de la
calle y los sitios de trabajo.
La información que emerge en la relación que se
instaura aquí, es diferente de la que resulta en el trabajo de campo y hace que
las dos partes del trabajo sean complementarias y fundamentales. En las visitas
a los sitios donde ejercen se recibe más información sobre las condiciones de
trabajo, los conflictos que se desarrollan en el medio y la violencia en la
calle. En cambio, cuando las mujeres llegan al Punto de encuentro,
tienden a despojarse de su oficio, expresan sus necesidades como mujeres, sus
anhelos, sus angustias, sus proyectos. El espacio les transmite confianza y les
posibilita una libre expresión.
Las mujeres que por primera vez
llegan, se acogen en un proceso de conocimiento recíproco que se compone de:
Un encuentro grupal
Uno o más encuentros individuales.
El encuentro grupal es un momento de
expresión entre las mujeres nuevas que ingresan al programa y las que llevan un
proceso en él; éste es orientado por un operador.
En este encuentro ellas intercambian
aspectos sobre su oficio, historia personal y familiar y se comparte que la
filosofía que fundamenta el programa no tiene como objetivo ofrecer una
ubicación laboral o, desarrollar una relación unilateral, en la cual las
mujeres son beneficiarias de servicios.
Entrar a ser parte del programa, significa antes que
todo establecer un pacto, en donde sea clara la meta de todas las que se juntan
allí y en donde cada una aporta, más allá que a su proceso de empoderamiento,
al proceso de todas.
Proceso de Empoderamiento
¿Qué es? Ya se ha dicho que el empoderamiento es uno de los tres
ejes estratégicos del programa y como tal, todas las actividades apuntan y
contribuyen a ello. A pesar de ser un enfoque transversal, el empoderamiento
inspira unas actividades más que otras. Si el trabajo de campo logra la meta de
difundir en la población sujeto herramientas de conscientización, y el trabajo
en la comunidad apunta a romper círculos de marginación y representaciones
sociales que se trasmutan en barreras rígidas, los procesos que se llevan
adelante con las mujeres que deciden entrar y pertenecer al programa son los
que más contribuyen al empoderamiento de ellas mismas e, indirectamente, de
las compañeras que a través de ellas acceden a las mismas informaciones.
Objetivos
• El objetivo
del proceso de empoderamiento es apoyar a las MEP para desarrollar su potencial
personal, reconocer y asumir responsabilidades con respecto a sí mismas. Toda
persona —y toda MEP— tiene capacidad y poder y tiene que considerarse sujeto de
cambio, nunca como objeto de ayuda.
• En el empoderamiento existe una continua
relación entre lo individual y lo comunitario y esto significa que se requiere
que la intervención implique la comunidad a la cual los sujetos pertenecen.
Para la población sujeto,
empoderamiento significa:
• Hablar por sí mismo
• Cura de sí
• Utilizar la información conseguida de la mejor forma
• Apropiarse de su vida
• Utilizar sus propios talentos para reconvertir las experiencias
• Tener poder sobre sí mismo y la comunidad.
Para apoyar el empoderamiento de la población sujeto es
necesario:
• Una
condivisión/adhesión
• Estipular un Pacto
•
Saber reconocer las diferencias y elaborar proyectos
personalizados
• Brindar
oportunidades de reparación.
Actividades
• Asesoría
psicológica, individual y grupal
• Atención
social, individual y grupal
• Atención en
salud
• Asesoría
jurídica
• Talleres y
conversatorios
• Actividades
creativas, recreativas, artísticas y culturales
• Grupos de
autoayuda
• Elaboración
de proyectos individuales de autonomía
• Capacitación
técnica
• Orientación y
mediación con instituciones del mercado laboral
• Capacitación
empresarial
• Apoyo a micro
y famiempresas
• Acceso al
crédito y comodato de maquinarias
• Soporte
económico: mediante entrega de pasajes
• Apoyo a la construcción de grupos
formales.
Metodología
Para lograr el objetivo del empoderamiento, las
actividades que se realizan apuntan al fortalecimiento interior de la población
sujeto, a la afirmación de su autonomía y de sus potencialidades, a la
adquisición de conocimientos y habilidades para su autocuidado y al ejercicio
de sus derechos y su ciudadanía.
Una parte del proceso se concretará en posibilitar el
acceso a algunos de los derechos que por las condiciones socio-económicas de la
mujer y del país les han sido negados hasta ahora: como el de terminar los
estudios, disponer de espacios de formación y conscientización sobre sus
derechos. Para quien exprese una proyección clara hacia una inserción laboral,
es importante la participación en cursos de capacitación técnica, orientación
laboral y autoempleo; disfrutar de espacios creativos, recreativos y
culturales. Por esto el nombre mismo del programa: Espacios de Mujer.
En el marco de la asesoría sico-social, cuando se
requiere por ellas mismas, se realizan visitas a la casa y encuentros con
familiares: hijas e hijos, mamás y papás, compañeros, esposos, hermanas y
hermanos y también amigas y amigos. A veces la solicitud llega directamente por
éstos.
Los talleres y conversatorios se enfocan sobre:
derechos humanos de la mujer, derechos sexuales y reproductivos, maternidad
responsable, elaboración de vivencias y duelos, marco legal sobre prostitución,
asuntos de género, salud, organización como grupos sociales y políticos, y el
fenómeno de la trata de las mujeres.
La orientación psicológica individual parte básicamente
de una necesidad interior sentida, para resolver inquietudes y dificultades.
Las mujeres que llegan a orientación
de sicología lo hacen generalmente por:
Problemas con la pareja
Problemas con los hijos
Ansiedades y angustias
derivadas de situaciones de crisis y de procesos de duelos (pérdidas de
esposos, padres e hijos por muerte natural o por la violencia sociopolítica).
Organización política
Parte del empoderamiento es seguramente la conformación
de gremios que puedan llevar en la sociedad civil y en el debate político los
planteamientos, requerimientos y apuestas de las MEP.
Quedan preguntas a las cuales solamente ellas pueden contestar.
¿En el movimiento de mujeres? ¿Aparte? ¿Con los hombres y transgéneros? ¿En
organizaciones mixtas o de solo prostitutas? ¿En gremios de tipo sindical?
Indudablemente, en Colombia como en cualquier otro
lugar, pedir reconocimiento como trabajo significa salir a la luz pública, ser
inscritas en las instituciones de trabajo como prostitutas, pagar impuestos
como tales. Por eso es difícil lograr un equilibrio y encontrar una ley que de
verdad pueda garantizar de manera rotunda la posición de ellas.
También es cierto que las políticas públicas y las
alternativas legales tienen que salir de una construcción conjunta con las
mismas actoras del fenómeno y no pueden prescindir de su involucramiento activo
y reconocimiento como grupo social con exigencias específicas.
Atención en salud
Una mención especial en el cuadro
tanto de la reducción del daño como del empoderamiento merece la atención y
educación en salud.
Ya se ha dicho que históricamente las MEP han sido
culpadas por las enfermedades de transmisión sexual, y las autoridades han
justificado el control social y legal de las MEP como una medida de salud pú-blica.
Actualmente, el supuesto que las MEP sean portadoras de
SIDA y que las pruebas obligatorias de éste puedan impedir la propagación de la
enfermedad se ha revelado como incorrecto en Occidente. La
situación no está clara en algunos países del Sur, debido a las enormes fallas
que tienen los servicios de salud en dichos países.
De una investigación realizada en Bogotá sobre la
difusión del “Herpes simples”, ha resultado que sólo el 31% de las MEP se ha
enfermado de ello, porcentaje mucho más inferior a aquel indicado en la
población estudiantil (que sería del 63%). Además se ha evidenciado que las MEP
utilizan con mayor frecuencia (67%) el preservativo.
Se escribe en la Carta Mundial de los Derechos de
las Prostitutas:
“Todas las mujeres y hombres deberían ser educados
para hacerse un chequeo periódico de enfermedades sexualmente trasmitidas.
Puesto que los exámenes se han utilizado históricamente para controlar y
estigmatizar a las prostitutas, y puesto que las prostitutas adultas son por lo
general incluso más conscientes de su salud sexual que otros individuos, los
exámenes obligatorios para prostitutas son inaceptables a menos que no sean
obligatorios para todas las personas sexualmente activas”.
En Colombia, la salud de las MEP y su acceso a los
servicios sanitarios se ven profundamente afectados por el estigma social y la
discriminación legal.
Un chequeo realizado en Medellín a mediados de 2001
sobre una muestra de 80 de ellas evidenció datos extremadamente preocupantes.
Resultó afectado por enfermedades crónicas degenerativas el 15% de ellas,
infecto-contagiosas de la piel el 12,3% y malignas el 10,9%. Finalmente, el
23,3% de ellas no tenía ninguna asistencia en salud.
En referencia a esto cabe anotar cómo también la salud
se ve afectada por la política neo-liberal. La Ley 100 que rige actualmente en
Colombia es excluyente y no permite el acceso a la salud para toda la
población. El régimen subsidiado (denominado SISBEN)
tendría que beneficiar a las familias de estratos 1, 2 y 3, pero por razones
presupuestales llega solamente a los estratos 1 y 2. Además, lentitudes
burocráticas que afectan las oficinas de SISBEN, atrasan mucho el cumplimiento
de las metas.
En el caso del régimen contributivo, los
servicios ofrecidos son a veces de bajo nivel, debido a que se acogen como
entidades ejecutoras instituciones que no tienen el perfil. Además, estas están
sujetas al Plan Obligatorio de Salud (POS), que generalmente cubre los primeros
niveles de atención en salud y deja el nivel tres sin ninguna protección
(cirugías, tratamientos largos, enfermedades terminales).
Por todas estas razones, se presenta
urgente la necesidad de implementar servicios de tratamientos específicos,
que respeten estas exigencias:
• Educación de
los profesionales sanitarios respecto a los derechos sexuales y reproductivos y
los problemas de salud de las MEP
• Integración
de “operadoras pares” en los servicios médicos y de asesoramiento para producir
políticas eficaces y para prestar servicios adecuados
• Respetar la dignidad de ellas y promover
la responsabilidad de los clientes en la prevención de las enfermedades en los
contactos sexuales.
Además, tendrían que estar al alcance de toda la población
del país:
• Exámenes
gratuitos, anónimos y voluntarios para las enfermedades venéreas, incluyendo el
SIDA, en instalaciones fácilmente accesibles por toda/os
• Campañas
educativas para prácticas sexuales seguras, sobre todo promocionando la
utilización del condón
• Campañas
educativas a una “maternidad responsable”, puesto que los embarazos precoces y
los altos números de embarazos son un elemento fundamental que afecta y lleva
al fracaso los proyectos de vida de muchas mujeres
• Seguros de
salud e indemnizaciones para toda/os los trabajadores, incluyendo a las MEP.
La mayoría de éstos son las exigencias expresadas por
las TS en la Carta Mundial de los Derechos de las Prostitutas.
Capacitación Técnica y
Orientación Laboral
¿Qué es? Un bloque importante del proceso de empoderamiento es
dado por las actividades de capacitación. Hay una larga tradición en el país en
la cual se empuja a las mujeres a pensar que la capacitación puede ser el único
o principal elemento que posibilita un cambio de vida.
De hecho, las políticas
asistenciales que se han manejado frente a las MEP hacen que ellas busquen una
oportunidad de capacitación frecuentemente cuando una situación o momento de la
vida les provoca angustia e insatisfacción o cuando una persona cercana las
motiva a “capacitarse para salir adelante”.
Muchas mujeres escogen la
capacitación como forma de escape, para estar ocupadas un número de horas,
entonces siguen y siguen capacitándose.
Por esta razón hay que tener claro
cuando se brinda una capacitación, qué objetivo tiene ésta en el proceso de
vida de la mujer.
En algunos casos, se puede tratar de
un componente del proceso de restitución y reparación y no está finalizada a la
inserción laboral: es el caso de las capacitaciones en actividades artesanales,
como la realización de collares, tortas, chocolates, bombas de inflar,
decoraciones varias.
Pero cuando la capacitación apunta a
la inserción laboral y a posibilitar a las MEP respuestas económicas, tiene
necesariamente que ser construida por una entidad especializada y con base en
un conocimiento actualizado del mercado.
Lo cual es cierto por dos razones:
porque la capacitación no es un recurso inagotable y los fondos se tienen que
utilizar para actividades eficaces y eficientes; y porque el fracaso de un
proceso de capacitación afecta la autoestima y el empoderamiento de las
mujeres, a las cuales se permite crearse expectativas que no se cumplen.
En el caso del programa Espacios de Mujer, la
entidad especializada que está realizando el papel de construir los planes de capacitación
técnica e inserción laboral es ACTUAR Famiempresas, que además,
como ya se ha dicho antes, apoya económicamente el programa.
Objetivos
• Posibilitar a
la población sujeto el acceso a oportunidades de capacitación, para expresar
habilidades y capacidad creativas, en la perspectiva del empoderamiento y
reparación
• Ofrecer
planes de capacitación de alto nivel, para preparar de la forma mejor para
ingresar en el mercado laboral
• Ofrecer un
amplio portafolio de servicios de apoyo a la microempresa y famiempresas
• Acompañamiento psico-social a mujeres
que quieran emprender micro o famiempresas o buscar una inserción
laboral.
Actividades
• Capacitación
en actividades manuales, artesanales y artísticas
• Capacitación
técnica en los sectores de: confección, alimentos (panificación, agroindustria,
cárnicos, lácteos), servicios (salas de belleza), comercio y sistemas
• Acompañamiento
en la creación de pequeñas unidades productivas, gracias a la oferta en
comodato gratuito de máquinas y créditos
• Servicios
integrales de desarrollo empresarial: capacitación avanzada en gestión
administrativa y empresarial, motivación y formación empresarial. Asesoría en
el sitio de trabajo, acompañamiento social y participación en eventos de
comercialización (ferias, ruedas de negocios, pasantías y comercialización).
Servicios tecnológicos (alquiler de plantas de producción, servicio de laboratorio
físico-químico y microbiológico para alimentos, diseño industrial, desarrollo
de nuevos productos)
• Orientación laboral, promoción del
autoempleo.
Metodología
Para llevar a cabo un proceso de capacitación
y orientación laboral, es importante respetar las siguientes líneas
metodológicas:
• Empezar por
la búsqueda y evaluación de las habilidades de cada mujer
• Utilizar
metodologías avanzadas de aprendizaje
• Para cada
actividad, realizar constantemente estudios de factibilidad y rentabilidad en
el mercado
• Acompañar a cada mujer con una constante
atención sico-social, que posibilite su empoderamiento, en vista del
enfrentamiento con el mercado laboral.
Primero que todo, cuando una mujer llega con una
solicitud de capacitación, hay que averiguar si se trata de una elección de
ella o si no es más bien una necesidad inducida por las presiones culturales
exteriores o las presiones de amigos o familiares. Por ejemplo, el imaginario
frente a que Medellín es la ciudad textil de Colombia, genera el deseo de
aprender todo lo referente al ramo de las confecciones. Entonces, el proceso
empieza con la búsqueda y evaluación de las habilidades para que las mujeres
identifiquen las condiciones adecuadas de inserción laboral, autoempleo o de
creación o consolidación de famiempresas.
Además, es importante recordar que la capacitación no
puede ir separada de los procesos de empoderamiento.
Dificultades
De todas maneras, no siempre los procesos de
capacitación logran terminar en una inserción laboral. De hecho, por los
factores estructurales del mercado, un óptimo nivel de capacitación no permite
automáticamente la inserción laboral.
Hay una edad de la vida en la cual es normal
preguntarse qué habilidades tengo y empezar a trabajar en algo y adaptarse al
medio, con todas sus limitaciones y formas de explotación. Cuando ya esta edad
ha pasado es todo más difícil, así como es difícil para una mujer que ha sido
ama de casa por toda la vida entrar en el medio laboral cuando los hijos son
grandes. Para mujeres que han actuado de varias formas de rebeldías en sus
vidas, sin reconocer nunca un jefe o una disciplina, es difícil adaptarse a una
situación donde hay jerarquías y muchas veces autoritarismo y explotación.
Entre los factores que dificultan el éxito positivo de
los procesos: la edad, el bajo nivel académico, el temor a enfrentarse al
mercado, y algunas características del perfil como impaciencia, tendencia a
renunciar al primer rechazo o fracaso. Todas las mujeres han revelado en el
proceso una fuerte angustia frente al trabajo, por el temor de ser reconocidas
y discriminadas, por ser o haber sido MEP. Además, un factor de inestabilidad
depende de la asistencia inconstante, debida a dificultades como la falta de
guarderías y de apoyo en la crianza de los hijos, etc.
Otros elementos son: la dificultad a responder a la
rígida disciplina que algunos medios laborales imponen e incompatibilidad con
medios laborales que no propicien sociabilidad y espacios afectivos. Es el caso
del sector de las confecciones, en donde el trabajo se basa en la cuantificación
rígida de la productividad y no deja espacio a las operarias para conversar con
las compañeras, salir a fumar o ausentarse para las necesidades del hogar.
En todo caso, el éxito de una estrategia de inserción
laboral depende prioritariamente de factores estructurales de la economía,
donde las relaciones de fuerza entre capital y trabajo están equilibradas
y el trabajo se ejerce bajo condiciones dignas de sueldo, derechos y garantías.
De hecho, los factores que se han resaltado y que
obstaculizan más los procesos de inserción laboral son dos: los altos niveles
de desempleo y los bajos sueldos. “No me tengo que matar 10 horas diarias
trabajando si en la calle me va mejor”, dice una mujer.
El mercado del trabajo en Medellín es bastante cerrado;
frente a la dificultad de emplear, se elevan siempre más los requerimientos en
los perfiles laborales; por ejemplo, para ser operaria de máquinas industriales
se exige una escolaridad no menor de noveno grado y no tener una edad superior
a los 30-35 años.
El proceso de selección al cual se someten todo/as los
hombres y mujeres en la entrevista laboral, es muy invasivo. Entre los
criterios de escogencia pesan muchos: el barrio en donde viven, informaciones
sobre la familia, informaciones en detalle de toda actividad económica que han
realizado antecedentemente. En este caso, una mujer cabeza de familia que dice
no haber trabajado en varios años, sin tener esposo, queda claro cómo se
conseguía los ingresos. Si a los 30, 40 y más años no se tienen referencias y
experiencias laborales es casi imposible entrar en el medio laboral.
En un mercado que tiene las características antes
dichas, son sólo las mujeres jóvenes, sin cargos familiares y que han ejercido
la prostitución por menos tiempo, las que tienen posibilidades concretas: es
decir, la mayoría están excluidas.
Además, en la cultura paisa a la/os trabajadores se les
exige ser emprendedores, bien presentados, y quien no se uniforma a los modelos
que el mundo del trabajo impone queda excluido.
Conclusiones
En la escogencia de las
capacitaciones a brindar, hay que privilegiar:
•
Capacitaciones para actividades (como la peluquería y venta de comida) que
permitan a las MEP utilizar su destreza social y capacidad de interactuar con
las personas, sin descuidar el trabajo
• Capacitación
en actividades laborales que requieren de una inversión mínima en plata. Por esto
el programa se ha orientado a preferir actividades de producción de alimentos.
Muchas mujeres, no obstante que no hayan logrado una inserción laboral estable,
han ganado herramientas para producir alimentos como empanadas, tamales,
perros, yogures, derivando unos ingresos, aunque mínimos. Otra actividad que se
ha mostrado rentable es la producción de arepas, en donde se están desempeñando
varias mujeres; una de ellas actualmente produce 1.500 arepas diarias y emplea
a una persona, además de ella.
Información y
Sensibilización en la Comunidad
¿Qué significa?
Existe sobre el fenómeno de la prostitución una falta
de conocimiento muy grande, que lleva a repetir y acoger fielmente lo que los patrones
culturales transmiten. Por esto es importante impulsar en la comunidad procesos
de información, formación y sensibilización sobre el fenómeno. La realización
del trabajo tiene que articularse en dos niveles: dirigiéndose a los actores
sociales e institucionales que se relacionan con las MEP y a la comunidad
entera. Entre los temas a tocar, es importante incluir el de la trata de
personas.
Objetivos
• Difundir una
información real sobre dinámicas y características del fenómeno y el perfil de
las MEP, enmarcando el asunto en el contexto socio-económico
• Aportarle al
cuestionamiento de las representaciones sociales juzgantes y
marginalizantes
• Difundir una cultura de inclusión, que
permita superar la marginación que afecta a las MEP.
Actividades
• Talleres
dirigidos a la/os profesionales de OGs, ONGs e instituciones particulares que
se relacionan con las MEP: policía, instituciones de salud, fiscalías,
personerías, ONGs de mujeres y de apoyo a la comunidad, etc.
• Talleres en
colegios y grupos comunitarios: con padres de familia, estudiantes, líderes
comunitarios, etc.
• Conferencias,
foros y talleres de amplio alcance en la ciudad
• Campañas de sensibilización e
información.
El
Método Autobiográfico
Un método que atraviesa
transversalmente a todas las componentes de nuestro trabajo es aquel
autobiográfico. Contar la propia historia de vida por la población sujeto y
escuchar para los operadores sociales es un instrumento fundamental para
realizar las intervenciones. Es fundamental que el relato sea un paso
concertado con las mujeres, a las cuales no se les puede imponer el
contar su historia.
Sobre el plan metodológico de las
intervenciones sociales, el método introduce una “nueva filosofía de la
educación”, que se revela en procesos de orden introspectivo, retrospectivo,
narrativo y no sobre los paradigmas de tipo instructivo.
Las historias recogidas “en la
comunidad” son el instrumento que en los Estados Unidos de los años veinte y
treinta se utilizó en contraste con la investigación sociológica de impostación
positivista. La Escuela de Chicago fue la primera en utilizar el método, en el
marco de las investigaciones sobre el malestar que afectaba los contextos
urbanos y la marginalización de algunos grupo sociales. Desafiando las técnicas
tradicionales, la subjetividad entendida como unicidad y especificidad, empieza
a asumir un valor de conocimiento.
Desde entonces las historias de vida
han adquirido dignidad “científica” y una autonomía epistemológica en la
investigación cualitativa; así que se ha difundido en las ciencias sociales, la
antropología, la historia, la psicología y la pedagogía.
En los proyectos sociales, el método
autobiográfico es una gran herramienta de trabajo.
Para la población sujeto, posibilita:
•
Reflexión y auto-conocimiento
• Práctica de re-composición y cura de sí
• Definición y construcción de identidad
• Auto-apropiación de su propia vivencia.
Para analistas y operadores de
campo, constituye instrumento de:
• Investigación y búsqueda
• Auto-formación
• Apoyo y acompañamiento a la población sujeto.
En la relación entre
operadores y población sujeto, permite:
• Construir confianza
• Establecer un pacto.
Autobiografía como práctica de
re-constitución de identidad y cura del sí
El cuento —o la escritura de sí— es capaz de activar
procesos de autonomización y emancipación, permitiendo a cada uno “tomar la
palabra” y re-apropiarse de su propia existencia; además, significa abrirse y
entregarse a sí mismo y a los otros. Narrar de sí activa el pensamiento
retrospectivo e introspectivo, la capacidad de volver atrás con la memoria, con
los recuerdos, recobrando aspectos de la existencia relegados en el olvido: es
un viaje dentro de sí mismo.
La auto-reflexión biográfica significa apartarse de la
inmediatez de la experiencia, encontrar las dimensiones que quedaron
inexploradas, localizar las etapas salientes y ponerse preguntas nuevas. Por lo
tanto, se configura como una modalidad de aprendizaje sobre sí mismo,
crea memoria y construye climas relacionales capaces de transformar el pasado y
el presente en una posibilidad de futuro.
Ocuparse de la propia historia es cuidar de sí,
muy importante en el caso de mujeres que generalmente tienden a aniquilarse e
invisibilizarse.
En un programa dirigido a MEP, crear el espacio para el
relato significa satisfacer la necesidad de ellas, de tener al frente a alguien
que legitime su historia y que les dé importancia a sus recorridos, sueños,
deseos y miedos. A menudo en el Punto de encuentro se escuchan
afirmaciones como:
No hay nadie con quién pueda hablar de estas cosas (Gladis, 33 años).
Ahora me siento más ligera, es como si hubiese dejado
aquí un peso muy grande que llevaba sobre mis hombros (Nubia, 44 años).
Ya se ha escrito sobre la tendencia que las MEP tienen
a interpretar su vida, dándole los significados que las representaciones
sociales imponen. Por esta razón es importante darle a este proceso todo el
tiempo y la libertad de expresión que requiera.
La operadora17 debe ser preparada para trabajar
este método y emplearlo de acuerdo con las posibilidades. Ella no tiene que
juzgar o interpretar y no expresa conclusiones; en cambio, debe saber manejar
una escucha interrogante, limitarse a poner preguntas que estimulen el flujo
del cuento, acompañar y mantener unidos los hilos de la narración.
Ella debe tener la habilidad de acompañar a la mujer,
respetar y entender sus dolores y, sobre todo, saber comunicar que no es
obligación seguir relatando.
El cuento de la biografía puede llegar al comienzo de
la relación o venir después, así como puede que no se dé; emerger en un solo
encuentro o en varios, mientras se dibujan trozos del pasado. Algunas lecturas
también pueden cambiar en el curso de la relación.
Conclusiones y recomendaciones
Este trabajo quiere ofrecer a los
lectores una experiencia que pueda servir como recurso para orientar otros
procesos y programas.
En el marco de la investigación, es
interesante realizar un estudio sociológico profundizado y metodológicamente
sustentado, a partir de las hipótesis que el perfil de las MEP sugiere. En este
sentido, es importante profundizar las representaciones sociales sobre la
prostitución y la manera en que estas influyen en las actitudes de la comunidad
y de periodistas, investigadores y profesionales que se acercan al fenómeno.
Así sería la única forma de realizar investigaciones que no sean el reflejo de
la clase, sexo y origen étnico de los autores y de sus posturas en el debate
sobre el tema.
Además, es importante desarrollar un
estudio comparativo con una muestra de MEP y una de mujeres populares con el
mismo perfil socio-económico, para profundizar en las diferencias y
similitudes.
Una parte del fenómeno que todavía
no se conoce es la así dicha “prostitución escondida”; entonces, se debe hacer
un esfuerzo para conocer la “prostitución más allá de la calle”: en los sitios
de strip tease, casas de masaje, reservados y demás formas de ejercicio
existente en la actual industria del sexo.
En lo referente al movimiento de las TS en Medellín, es
necesario un trabajo de reconstrucción de la memoria; y, donde se pueda, de
sistematización y evaluación de su historia.
Al concluir este trabajo, nos queda una admisión de
culpa, por no haber hecho partícipes a las MEP con los investigadores y profesionales
en la preparación de este libro. Nuestra justificación depende del simple hecho
que el programa está en su desarrollo y el proceso no ha permitido todavía a
las mujeres dar ese paso hacia la organización política. Ojalá este instrumento
de análisis sea objeto de sucesiva evaluación por parte de ellas o con ellas,
cumpliendo así otra etapa del proceso. Ojalá, también, que a Colombia llegue
una paz que permita a los procesos sociales seguir su curso, y no fracasar; y
que la paz se construya con base en los derechos de toda/os las mujeres y los
hombres que habitan este maravilloso país, porque no se construirá una paz
justa, si no es la paz de todas y todos.
Agradecimientos
Se agradecen a las instituciones y personas de
Medellín que apostan a los derechos de las mujeres que ejercen la prostitución,
acogiendo en sus agendas el posicionamiento de ellos. Al gerente de la
Editorial Lealón (de Medellín), que realizó con atención la corección del
estilo. A las mujeres que ejercen la prostitución, a las que son parte del
programa Espacio de Mujer de Medellín y a todas las otras que siguen su
lucha diaria para la dignidad y los derechos, en Colombia y en el mundo.
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La historia de este programa empieza
cuando el Proyecto “Por una Vida más Digna”, dirigido desde 1998 por la Secretaría
de Bienestar Social del Municipio de Medellín, viene apoyado por la cooperación
internacional y cofinanciado por la “Direzione Generale alla Cooperazione
allo Sviluppo” del Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia y la ONG italiana
Progetto Domani: Cultura y Solidarietà (Pro.Do.C.S.), de Roma. Desde el
comienzo, el programa logró la colaboración de varias entidades de la ciudad e
impulsó la conformación de espacios de coordinación y trabajo en conjunto;
entre ellos, la “Mesa de Prevención e Información sobre Prostitución y la Trata
de Personas”.
En 2002, en el marco del incremento
de las políticas públicas de represión frente a la prostitución, Pro.Do.C.S. y
las otras entidades de la ciudad que apoyan el programa, junto con las mujeres
que pertenecen al mismo, optaron por separarse del Municipio, dejando que el
programa siguiera caracterizándose por una perspectiva de género y el enfoque a
los derechos de las mujeres que ejercen la prostitución.
Actualmente, Espacios de Mujer
es un programa de empoderamiento en el cual participan más de 500 mujeres; y se
está beneficiando de la colaboración y cofinanciación de ACTUAR
Famiempresas, Corporación que se encarga de realizar un plan avanzado de
capacitación técnica y orientación laboral, con el ofrecimiento de un amplio
portafolio de servicios de apoyo a la microempresa y famiempresa.
Carla Corso es actualmente
presidenta del “Comitato per i Diritti Civili delle Prostitute”, Italia. De la constitución
de esta organización se hablará luego, en el parágrafo 3 de este mismo
capítulo. Carla relató su vida en un libro, redactado en conjunto con una
antropóloga: Sandra Landi. El libro se publicó en Italia en 1991 y hace poco se
ha traducido al español: Corso Carla, Landi Sandra, Retrato de intensos
colores, Talasa Ediciones, Madrid, 2000.
Así se definía esta ciudad, como relata Laura Restrepo en: La Novia
Oscura, Grupo Editorial Norma, Literatura, Bogotá, 1999.
También aquí se acoge un término de uso internacional: el “pear operator”,
que se está utilizando en Europa de manera particular en los proyectos con TS,
hombres, mujeres y transgéneros.
A éste pertenecen los trabajadores informales o aquellas personas que
no tienen ningún servicio de salud.